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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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El crepúsculo dorado (2)

[31 Marzo 2011]

Cuando dejé a Vargas la ciudad del cauce bullía de vida. Decenas de personas, hombres en su mayoría, charlaban reunidos en pequeños grupos frente a las puertas de aquellos fríos y míseros hogares de aspecto extrañamente acogedor. En las caras de todos ellos se adivinaban la resignación, la duda, el miedo incluso, pero en ninguno percibí  tristeza. Es curioso como la percepción cambia las cosas. Con gusto les hubiera regalado parte de esa tristeza que a mí me sobraba aunque supongo que eso hubiera sido cruel por mi parte. Ya tenían suficiente con lo suyo. Muchos de aquellos individuos me saludaron conscientes de con quien había estado hablando, ahí abajo Vargas era un hombre respetado y las noticias volaban. Además, tampoco era la primera vez que se me veía por allí. Me detuve a charlar con tres de los hombres de Vargas, viejos conocidos de la guerra. Las guerras son odiosas, eso no lo discuto, tanto que su mero recuerdo produce nauseas, pero si uno sabe sacarle partido una guerra es el lugar idóneo para conocer gente y hacer amigos. La extraña camaradería que surge entre veteranos es distinta a todas las demás, creo que es cosa de la ira, la vergüenza y las pesadillas que le reconcomen a uno tras la guerra; necesitas compartir toda esa basura de la que no te puedes librar con alguien que te entienda y que no te mire como si fueras un monstruo o un bicho raro. Con alguien que no sienta lástima, repulsión u odio por ti. Esas cosas, lo que uno sufre y hace en el frente, generan y alimentan unos vínculos difíciles de romper. Casi eternos. Unos vínculos peligrosos en depende qué casos. El respeto de aquellos tres hombres hacia Vargas venía de la guerra, lo mismo que su trato para conmigo. Lié cuatro cigarros que nos fumamos envueltos en un silencio salpicado de breves conversaciones hasta que un individuo se acercó a nosotros notablemente excitado. La llegada del mensajero vino precedida por una creciente inquietud que se extendió por el cauce y muchos de los hombres que hasta ese momento habían disfrutado del frescor de la noche se escabulleron rápida y silenciosamente, como topos regresando a sus madrigueras ante la presencia de un depredador. El recién llegado nos comunicó que un par de hombres, seguramente miembros de la Brigada de Información Social, avanzaban por el cauce con intenciones nada buenas. Como ya he dicho ahí abajo las noticias vuelan y desde el mismo momento en que los dos policías pusieron un pie en el río la alarma se extendió entre los chabolistas. No es probable que vinieran a por mí pero nunca se sabe, así que di media vuelta dirigiéndome hacia el Puente del Real para volver a la ciudad que mejor conocía, la de arriba.

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Entre los años 1.200 y 800 a.C. el pueblo de los Na-Dené llegó a Alaska desde Asia a través del estrecho de Bering, entre ellos había cuatro grandes familias: los Eyak, los Haida, los Tlingit y los Athabascan. Hacia 200 d.C. los Tlingit y los Athabascan ya se habían separado definitivamente constituyendo tribus y culturas diferenciadas y comenzando una lenta marcha hacia el sur, que duró varios siglos a lo largo de los cuales fueron surgiendo las principales naciones indias norteamericanas. Cuando los españoles hollan por primera vez suelo norteamericano en el siglo XVI, los Navajos ya están instalados en la que actualmente consideran tierra de sus ancestros, el noreste del estado de Arizona. En el verano de 1540 Francisco Vázquez de Coronado se convierte en el primer europeo que contacta con varias de las principales tribus de la zona, en concreto Hopi, Apache y Navajo. Al principio los españoles se refirieron a ellos, y a todos los nativos hostiles que encontraron, como apaches, palabra que proviene del término zuñi apachú que significa “enemigos” Al poco tiempo los conquistadores se dieron cuenta de que varias de esas tribus hablaban lenguas parecidas, todas de origen athabascan, y el término apache pasó a ser usado para identificar a este conjunto de pueblos con una raíz lingüística común. En concreto, las similitudes lingüísticas entre Apaches y Navajos hacen sospechar que ambos pueblos tienen un mismo origen étnico no muy lejano en el tiempo. De los conquistadores recibieron el caballo, las ovejas y las cabras y durante siglos su estatus fue cambiante e incierto para la Corona de España aunque, mal que bien, pudieron mantener su modo de vida básicamente intacto. Con la llegada masiva de colonos estadounidenses a partir de mediados del siglo XIX los Navajo viven sus años más difíciles. Por el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848, el general Antonio López de Santa Anna cedía a los Estados Unidos de América la mitad del territorio de México, incluidas las tierras del pueblo Navajo garantizadas hasta entonces por diversos tratados con la antigua metropoli. La presión de los colonos y del ejército de la Unión terminaría por desatar las Guerras Indias en las que las Grandes Naciones fueron sistemáticamente derrotadas, controladas y recluidas en reservas donde tuvieron que luchar, literalmente, por sobrevivir. Afortunadamente desde principios del siglo XX sus condiciones de vida y estatus legal fueron mejorando lenta pero progresivamente.

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Fallas en Valencia

[14 Marzo 2011]

El cauce seco del Turia parte en dos la ciudad de Valencia, cálida y luminosa, que se desparrama sobre antiguas marismas frente al Mediterráneo, rodeada de una huerta rica y fértil, moribunda, que se resiste a desaparecer. El mar toma la desembocadura del río y, valiente, consciente de su poder, lo penetra unos cientos de metros dando la falsa impresión de que estamos ante un río caudaloso. Hay que remontarse, sin embargo, varios kilómetros tierra adentro para encontrar las verdaderas aguas del Turia que antaño completaban la ruta hasta el mar y que, apenas hace unas décadas, se derramaron furiosas sobre una ciudad que quedó anegada y convertida ella misma en río. Eran otros tiempos. Tiempos mejores para el Turia.
Esta ciudad que es Valencia, es una ciudad alegre, apática en lo cotidiano, a ratos adormilada, despreocupada y casi siempre ajena a sus grandes posibilidades, una ciudad que vive feliz la fiesta del fuego que se avecina, la fiesta del patrón carpintero, San José, y es que fueron los carpinteros los que tiempo atrás colgaban crisoles de fuego para iluminar las oscuras noches de invierno, crisoles que con el crecer de los días dejaban de ser necesarios y allá por marzo, para celebrar la fiesta de su buen patrón, quemaban en hogueras para mayor alegría de vecinos y visitantes que usaban de aquellos fuegos para deshacerse de trastos, muebles y enseres y, quien sabe si también, de las cosas malas que portaban encima.

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La luz iba y venía cada diez minutos, nada raro en aquellos tiempos, y por las rendijas de la maltrecha persiana se colaban unas estrechas y rojizas franjas que teñían de ocaso la mugrienta y descolorida pared. Envuelto en las sombras de la incipiente penumbra el despacho parecía incluso digno. El día, un día típico de mediados de agosto en Valencia, había sido asquerosamente húmedo y el patético ventilador que chirriaba sobre el escritorio sólo servía para remover un aire denso y recalentado que parecía querer asfixiarle a uno.

No me gusta el calor y menos aún la humedad. Para ser sincero la humedad me da asco, le hace a uno ir mojado todo el día y eso me pone enfermo. En aquellos momentos sin embargo, mi menor preocupación era la puñetera humedad. Las costillas, especialmente las del lado izquierdo, me dolían a rabiar y el labio, que ya no sangraba, se me estaba hinchando por momentos pese a los tres puntos que me habían dado. El golpe en la rodilla parecía menos grave, o eso dijo el doctor, pero dolía como el resto, o lo que es lo mismo, muchísimo. El tipo que había intentado derribarme con aquel truco barato lo había pagado caro. Cada vez que pensaba en aquel niñato engominado chillando mientras se agarraba la entrepierna sentía una cruel y oscura satisfacción. A mí me habían dejado baldado pero al menos uno de ellos había terminado peor que yo. Cabrones.

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Entre los siglos XVI y XIX la corona española estuvo presente en todo el continente americano y pese a lo prolongado de ese dominio, son muchas las sombras que envuelven todavía la presencia hispana en el Nuevo Mundo. Mientras que la conquista y colonización de América del sur y central es algo de sobra conocido, la presencia española en los actuales Estados Unidos y Canadá ha caído en un extraño, y ciertamente lamentable, olvido, especialmente entre los propios españoles que desconocen la huella hispana en aquellas tierras. Todo el sur de los Estados Unidos, los actuales estados de California, Arizona, Nuevo México, Texas, Luisiana y Florida, formaron parte del Virreinato de Nueva España hasta bien entrado el siglo XIX, pero lo que no mucha gente conoce es que dicho Virreinato extendió sus fronteras hasta mucho más al norte, por medio de diversos asentamientos y fuertes a lo largo de toda la costa del Pacífico y del centro de Estados Unidos, asentamientos que fueron fundados por marinos, exploradores y aventureros durante todo el siglo XVIII y que llegaron hasta la mismísima Alaska donde toparon con el Imperio Ruso y los intereses expansionistas ingleses. Las actuales localidades de Valdez y Cordova en Alaska o las islas canadienses de San Juan, Lopez, Fidalgo o Cortes, son una pequeña muestra de la pervivencia de un gran número de topónimos españoles en la costa norte del Pacífico. En la bandera de Arizona los trece rayos de sol, que representan los trece condados del estado, son amarillos y rojos en recuerdo de la bandera española y en el escudo oficial de la ciudad de Los Ángeles, el mismo que llevan los coches de policía que hemos visto en innumerables películas, aparece la bandera de Castilla León por el mismo motivo. También en el  Capitolio de Texas, sede del gobierno de dicho estado, luce el emblema de Castilla. En Estados Unidos hay localidades de nombre Madrid en los estados de Alabama, Colorado, Iowa, Nebraska, Maine, Nuevo México, Nueva York y Virginia. Estos son sólo unos pocos ejemplos que sirven para recordar que la presencia española en Norteamérica dejó una huella mucho más profunda de lo que imaginamos.

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