“El metro recorre ruidoso y herrumbroso las entrañas de esta ciudad que late bajo su piel dormida y hoy lluviosa. Abandono la estación de Gran Vía y comienzo a deambular por este Madrid frío que apuñala a quien no tiene una faz de lana cuidando su anatomía. Sopla un viento ficticio e hiriente, urbano y arremolinado, que me sorprende cuando en las grandes avenidas el caño de la sierra viene directo a mis entrañas y a mi piel; más tarde me resguardo en la esquina de un hotel, preparo un cigarrillo y en los soportales le doy algunas caladas. Hace frío en Madrid y llueve, cae una cortinilla fría de agua helada que se posa lenta en mi rostro y tizna de suciedad mi cabello.
El año de la rubia y la Gran Vía
Umbral revisitado
Umbral llegaba al Gijón, o a su dacha, o a los cócteles, y dejaba un aroma erótico y político; una temperatura de dandy y genio, de canallesca y ternura, que atraía a las masas despersonalizadas de las redacciones a atender la creación, en prosa, del mayor escritor del siglo XX español. Umbral bebía, con originalidad, de la leche caliente, el periódico despedazado y el inconfundible recuerdo, sempiterno, de Ramón. Todo matizado por el magisterio chamarilero de Ramón y sus vanguardias, el ensayo sesudo, la retórica densa de Ruano y el dialecto quinqui, casi andaluz previo, que resuena de sus escapadas al universo periférico de Madrid.





