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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Que siga lloviendo en París

[17 August 2011]
Cada vez que Gil entra en ese coche, un cosquilleo me hace sonreír. Será la ilusión, la alocada y justa ilusión, pero uno se mete en el papel del guionista frustrado que decide lanzarse a por su sueño, el de ser novelista, aunque para ello haya que mandar a paseo un proyecto de matrimonio, con sus correspondientes suegros, y lo peor: dejarse llevar por una aventura nocturna y quimérica, de incierto final, como todas las aventuras. Como la vida misma. ¿Quién no ha esperado nunca a que suenen las campanas?
Iba engañado al cine. Esperaba una comedia romántica. Y no se trata de eso. O es eso y varias cosas más. Por lo pronto, es una película deliciosa, una más, de ese tipo tan inteligente que es Woody Allen, que con inigualable maestría sabe mezclar el humor y la emoción. Pone el neoyorquino en pantalla a un protagonista cuya ingenuidad, lejos de irritar, atrae, arrastra a un delirante paso atrás en el tiempo, que se va convirtiendo en un combate cuerpo a cuerpo con la nostalgia. La búsqueda de una supuesta edad de oro, transformada en metáfora de la existencia.

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Suele ocurrir cuando me tomo una cerveza al mediodía, con el estómago vacío, o por la noche, muy de noche. Me adentro en un raro estado de lucidez. No es que me emborrache, entiéndanme, sino que veo las cosas más claras, o como son. Vamos, que me entra una mala leche muy esclarecedora. En otras ocasiones, no crean, me da por reírme, incluso por emocionarme.
A esta especie de éxtasis urbana contribuye en buena medida mi visita esporádica, pero ya demasiado repetida, al SAE, o al INEM (o al paro, para los amigos). Es como un ritual, poco gratificante. La alarma del móvil avisa: “sellar”. El documento de identidad, el papelito que caduca y que hay que cambiar por otro. “Buenos días”, “buenos días”. “Tome, aquí está”.  ¿Alguien sabe para qué coño sirve este sitio? Para registrarte, supongo, para que sepan que sigues ahí, que aguantas, quién sabe si algún día te llaman, si alguna vez el servicio emplea. Si todos estamos igual… tú tranquilo.
De camino a la biblioteca (busco algo útil) y con la mosca detrás de la oreja, me cruzo con la vecina que nunca saluda, a no ser que ya no haya más remedio. Creo que no tengo ningún problema con ella, ni con nadie del barrio. Leer más…

Educación: creamos en ella

[3 August 2011]

“Educar es siempre ir a la contra, contra la corriente dominante. Si no fuese así, no sería necesario educar, lo haría el entorno o la sociedad en general, sin la intervención de ninguno de los agentes sociales. Hay que proponerse educar y que nos lo propongamos todos, cada uno desde sus posibilidades y desde el lugar en el que está. Ahora bien, este actuar contracorriente no puede ser una tarea heroica e imposible: todos tenemos que colaborar. Hacerlo significa tomarse en serio la educación, una idea que todos repiten pero que es evidente que nadie practica. Tenemos que respetar el esfuerzo por aprender y hacer aprender.”

La primera palabra que me viene a la cabeza tras leer este ensayo de la filósofa Victoria Camps, es esperanza. En que esa labor de educar, hoy aguijoneada por el pesimismo, a pesar de todo, no es una quimera. “Creer en la educación. La asignatura pendiente” es un libro que hace reflexionar sobre el camino que ha tomado, y el que ha de tomar, el instrumento cuya función es, conviene no olvidarlo, formar ciudadanos.

Valores como el respeto, la tolerancia, la libertad o el esfuerzo, aparecen en esta obra con su esencial y profundo significado. Camps replantea la teoría y la práctica de unas palabras que, de tanto mal usarse, se han desvirtuado, no solo en las aulas. Las preguntas y las respuestas atañen a toda la sociedad, a esa tribu a la que, recogiendo un proverbio africano, siempre hace referencia José Antonio Marina.

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Hay que adaptarse a los nuevos tiempos,  aunque a veces esa adaptación suene a pura resignación. Eso ha debido de pensar Umberto Eco, quien ofrecerá una versión más “ágil” de la novela que le llevó a la fama. Aún no se sabe en qué quedará El nombre de la rosa.
Pretende el autor italiano acercar el libro a los “nuevos lectores”, a las generaciones digitalizadas, acostumbradas a la liviandad internauta, al consumo vertiginoso, al clic sin piedad. ¿Qué chalado se va a tragar ahora, en la era del puré, de lo breve mil veces bueno, este insoportable armatoste encuadernado?
Sospecho que un maratón deja de ser eso, maratón, cuando le restan kilómetros. Reconozco que la novela próximamente pulida es densa. Vaya si lo es. Pero si le mutilamos las reflexiones filosóficas, teológicas e históricas que contiene, ¿sigue mereciendo el mismo nombre?, ¿o su esencia queda transformada, ya no es igual, ni peor ni mejor, sino distinta?

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El abrazo de tu guitarra

[19 July 2011]

Dos, tres, cuatro veces pensé en escribirte. Creo que llegó el día, a sabiendas de que lo mejor es seguir escuchándote. Callar y dejar que hablen tus manos; palabras que hacen más dulce el silencio. Pero permíteme que importune esta deliciosa melodía con un paseo, de mil gracias, por la memoria.

La Mezquita se insinuaba, brillante, guapísima, al fondo. Tú en el centro del escenario, la Axerquía expectante, luz tenue, la noche de verano ya cerrada. Y las cuerdas que comienzan a vibrar. Es el principio del embrujo. Otra vez.

¿Quién dice tanto? Torrente de sentimientos cruzados. Pasado y presente confundidos, tardes de caramelo a la orilla del río, noche y alba. Nadie me hizo caminar con tal asombro por las umbrosas galerías del recuerdo, que no sé qué otra cosa es la música.

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