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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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catTodo es pequeño en el Bosco y su obra (su producción, las tablas de sus cuadros, sus personajes reales y sus figuras inventadas…), si exceptuamos la brillantez de su fantasía, pues ésta no conocía límites. Lo real y lo imaginario, lo posible y lo inaccesible se yuxtaponen en sus representaciones pictóricas de una forma nada casual, pues sus composiciones, al igual que una obra teatral, requieren de una estudiada puesta en escena que nos lleva en cada una de sus pinturas a visualizarlas como cuadros narrativos que nos van contando una historia: la del mundo y sus gentes; la de sus gentes y sus vicios y perversiones; la de la vida real y la de los sueños que se contraponen a ésta, como lo hacen a cada paso la virtud y el pecado, la dicha y la desgracia…, en una concatenación de simbolismos y pinceladas que nos advierten de que no hay posibilidad de encontrar un equilibrio en su punto de encuentro. En este sentido, el mensaje con el que el Bosco dota a sus cuadros nos es transmitido de una forma inteligente: a través de la luz y el color de sus creaciones. La luminosidad que proporciona a sus cuadros, en los que elige el pan de oro o los rojos fuertes sin descuidar su gama de azules (sólo por poner un ejemplo), son como destellos que nos advierten del peligro, pero también de la pasión y la pretenciosidad existente en el ser humano. Muchas son las interpretaciones y reinterpretaciones de sus pinturas, pues en ellas subyace la inteligencia de la mentira que nos proporciona su inagotable fantasía y su exuberante imaginación. Con ellas, nos proporciona un magnífico retrato de la época en la que vivió y de las costumbres religiosas y paganas de sus gentes, pues esa es otra de las características de su pintura: la observación y la plasmación de lo tangible a través de lo onírico, acentuándolo con sus grandes dotes como dibujante y el simbolismo presente en todas sus obras, lo que nos hace pensar en esa duda existencial por el más allá que subyace en su pintura. Una duda que tiene a la muerte como gran protagonista; un miedo, el de la muerte, que retrata y persigue la vida de las personas. El Bosco tampoco es ajeno a él, pues tras ese bello lazo de luz y color de muchos de sus cuadros se esconde ese otro mensaje desalentador de lo efímero de la vida y lo inútil que resulta caer en el pozo de los pecados, advirtiéndonos de que el verdadero camino es el de la virtud. Aunque más allá del mensaje religioso que protagonizan una buena parte de sus pinturas, hay que destacar en Jheronimus van Aken, más conocido en España por el Bosco, su perfil de hombre culto y amante de la literatura, pues ésta, se muestra siempre presente en los temas, tanto religiosos como alegóricos que imaginó y pintó.

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DSCF2470Apenas la primera luz de la mañana ilumina la apacible silueta de la desembocadura del Tajo, se cierne sobre Lisboa la sombra de la nostalgia que, en esa incierta hora del día, se tiñe de melancolía en forma de un majestuoso poder de evocación. Lisboa, ciudad del fado, la tristeza y la nostalgia, es también el lugar perfecto para soñar las mil y una maneras de vivir otras vidas y de ser otro. Vivir hacia afuera, mirándonos desde ese otro yo, podría ser un magnífico lema para definirla, tal y como intentó hacer Fernando Pessoa a lo largo de su vida a través de los diferentes confines de la ciudad que, diseminados en un glosario de placas, dibujos, estatuas y anuncios, se encargan de que no olvidemos por qué el espíritu de Pessoa, el hombre que casi siempre quiso ser otro a través de sus múltiples heterónimos, se cierne como una tenue neblina sobre cada piedra de la milenaria ciudad lisboeta. Como él mismo decía en su poema Autopsicografía: “el poeta es un fingidor./ Finge tan completamente/ que hasta finge que es dolor/ el dolor que en verdad siente”. Y esa sombra evocadora que lo inunda todo, en esta otra ciudad de las siete colinas, hace posible que finjamos ser quienes no somos.

No hace falta sino abrir por cualquiera de sus páginas su magistral Libro del desasosiego, para darnos cuenta que estamos ante un autor y una obra que se nos muestra como una fuente inagotable de sensaciones, inquietudes, y formas de ser y estar ante el mundo y la vida muy distintas a las habituales (un ejemplo: “el corazón, si pudiese pensar, se pararía”), pues no se nos debe olvidar que Pessoa es un maestro de la paradoja llevada al paroxismo. Esa infinitud literaria es el mejor reflejo del alma de Pessoa, a pesar que lo escribiera su semi-heterónimo Bernardo Soares, su otro yo más cercano al auténtico espíritu pesoano. Como toda obra de un artista completo que, se caracteriza por el caos que sobre ella le producen los múltiples arranques y paradas creativas que la acechan, el Libro del desasosiego está compuesto por más de quinientos fragmentos que se resisten, como la propia vida, a ser ordenados, coexistiendo en un desgobierno literario y existencial que le ha dado a su autor fama mundial, y a poco que uno pasee por la ciudad donde desemboca el Tajo, sabe que, esa esencia que se respira en sus páginas, es el mejor reflejo del alma de los lisboetas, así como el mayor reclamo de la cultura portuguesa en la actualidad (si exceptuamos a la cantante de fados Amalia Rodrigues, auténtico ídolo nacional), porque nadie mejor que el más universal de los poetas portugueses, encarna hoy en día el emblema de una cultura lusitana que se incardina en el sentir popular a través de los helados, los licores o cualquier otro objeto de consumo, como mejor referencia de ofrecer y vender la esencia portuguesa; y lo hace en un proceso natural que convierte a su figura en una simpar gracia de silenciosa omnipresencia… “No soy nada./ Nunca seré nada./ No puedo querer ser nada./ Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo (Extracto del poema Tabaquería), como una nueva muestra de ese gusto del autor por el fingimiento y la paradoja.

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