¿Quién se acordará de nosotros cuando hayamos muerto? El gran anhelo del ser humano de ser inmortal se desvanece con la misma rapidez que su recuerdo cuando ya nadie evoca su vida, porque ¿qué difícil es atravesar la barrera del tiempo? Escritores, artistas, políticos o personas que llegan a teñir de negro sobre blanco una escueta reseña biográfica en la Wikipedia, pueden pensar que a ellos no les dejarán caer en el olvido, pero ni así, tienen la certeza que alguien entre dentro de sus datos o lean sus novelas o vean sus cuadros, porque grandes genios y personajes ilustres de la Historia de la Humanidad también duermen en el cementerio de los justos, ese que nadie visita, ni nadie sabe dónde está.
Javier Cercas, Soldados de Salamina: la fragilidad de la memoria
Louisiana nos aborda con la cálida cercanía de la buena música en su concierto de la Sala Costello.
No hay mejor manera de acercarse a las personas, que quitarse la careta de la frialdad y la indiferencia para quedarse sólo con el semblante de la sinceridad y la cercanía. Esa es una lección que traían muy bien aprendida Louisiana respecto a la vez anterior, cuando los vimos en directo en la Sala El Sol de Madrid, pues como confesó Ana Muñoz en el concierto de ayer, en esa ocasión, obviaron hasta decir su nombre. Alejados por tanto de los clichés de las formaciones arquetípicas de la música española, Louisiana salieron al escenario dispuestos a regalarnos grandes dosis de cálida cercanía a través de la música, y que se convirtió en una forma tan sencilla como efectiva de romper el hielo, a la que ellos le añadieron chistes y anécdotas entre canción y canción, sin necesidad de mostrarse trascendentes o arrebatadores, pues eso lo dejaron para sus canciones; una sinfonía de elementos sonoros que como un caleidoscopio, se nutre de los ritmos pop, la chançon francesa, el folk multi instrumental o el jazz más cercano a grupos anglosajones de finales de los ochenta como Style Council, Swing out Sister o Fine Young Cannibals, todos ellos, con claras conexiones de la música soul hecha por blancos, mezclada con el jazz y las melodías suaves.Festival Eñe 2011: un encuentro entre la palabra oral y la escrita.
Sedientos de experiencias que contar, ávidos de fragmentos que recordar y exhaustos por las infinitas escaleras del Círculo de Bellas Artes de Madrid que tuvimos que salvar, nos dirigimos a este vasto festival de la cultura de la silente palabra impresa y de las emociones cercanas de la palabra hablada; y lo hicimos con la sana intención del curioso que se acerca a un lugar que intuye que le va a gustar, pero del que todavía desconfía, por el entorno y el ruido mediático que acompañan al evento. Pero como en una época de profunda crisis todos andamos perdidos en mitad del desierto, en cuanto podemos, buscamos un oasis donde refrescar nuestra mente y apaciguar nuestros resecos sentimientos. Y así, nosotros incendiamos a nuestros músculos y retamos a nuestras preconcebidas ideas bajo el símbolo de una letra tan española como la “ñ”. ¿Y cómo lo hicimos?, pues nos sumergimos sin pudor en una pequeña parte de todo aquello que el Festival Eñe nos proponía: conferencias, lecturas, mesas redondas, ilustraciones, caras a caras, acciones, parejas de baile…The Belle Brigade: un refugio flok en mitad del bosque.
En un mundo donde la crisis económica nos ha llenado la faz de la Tierra de vidas sin salida, todavía hay exploradores que se atreven a salir al exterior y comportarse como conquistadores de los espacios vacíos que aún nos quedan sin expoliar. Algunos de esos insatisfechos son artistas, y dentro de éstos, músicos, que con su voz y sus guitarras nos cantan las mil y una aventuras existenciales que todavía nos quedan por vivir. Los hermanos Gruska lo hacen bajo el nombre de The Belle Brigade, y parapetados bajo las coordenadas de la música folk; un mecanismo casi siempre eficaz, y que ellos argumentan con temas como Sweet Louise (que abre su primer y homónimo cd), en el que buscan esas referencias ya clásicas de cantantes como Paul Simon, según declara el propio Ethan Gruska en una reciente entrevista.Curzio Malaparte, La piel: la grandeza de aquellos que pierden la guerra.
Las guerras ¿se ganan o se pierden?, casi al final del libro, Malaparte lo describe así: “en el mundo no había más que hombres vivos y hombres muertos. Todo lo demás no contaba… es una vergüenza ganar la guerra”. En La piel, la miseria compartida de vencedores y vencidos es sólo uno de los puntos de partida de este magnífico libro, que traspasa con creces, las barreras del tiempo y de quién la escribió y su biografía, porque el Sr. Malaparte, pone al servicio de la gran literatura, toda la maestría y experiencia como corresponsal de guerra, y nos ofrece un relato en primera persona sobre la devastación no sólo material, sino moral, de una ciudad, de un pueblo y de una raza, la humana, cuando por fin es liberada del yugo de sus opresores. La originalidad de este relato está en el punto de mira del que parte el narrador, que no es otro, que el de proporcionar heroicidad y grandeza a aquellos que han perdido la guerra, pues en nada se diferencian de aquellos otros que la han ganado. El derrumbe de la moral al que asistió el mundo con la llegada de los totalitarismos, consiguió que vencedores y vencidos, marchasen de la mano en pos de la única razón existente en el ser humano en ese momento: la salvación de su propia alma. Una huida que llevó a toda una civilización a asistir impertérrita a su debacle, propiciada por la falta de una moral y una ética que rigiese los designios comunes de toda la Humanidad, que inmiscuida en su propia salvación, renuncia a la altivez de unos principios sólidos de convivencia con tal de salvaguardar su alma. Y lo hace sin reparar para ello en la senda escogida, que no es otra que la de la miseria más abyecta del ser humano, y que Malaparte simboliza en la piel que traspira, siente y nos derrota como seres humanos hasta convertirnos en héroes de la mezquindad.
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