Quizá nos encontremos ante el más sincero testamento melancólico del transcurso de tiempo en la obra de Némirovsky, que no es otro que el de su propia vida. Cuando el 6 de diciembre de 1937 recupera el cuaderno negro en el que veinte años atrás había escrito sus primeros versos de juventud cuando veraneaba junto a sus padres en la localidad finesa de Mustamäki, quizá es consciente por primera vez, de su ingenuidad pasada y de cómo la vida (su vida) se transforma en una inexorable y tiránica huida del tiempo.
Consciente de que quizá también le queda poco tiempo, por el cerco al que cada vez más, tienen que hacer frente ella y su familia, hace un pacto consigo misma para sacar de sus entrañas las sombras de su juventud, y lo hace en esta magistral El Ardor de la Sangre, escrita en apenas treinta hojas de apretadas líneas a mano alzada y sin apenas tachaduras, como testimonio de la fiebre creadora de esta gran escritora del siglo XX.









