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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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El olvido se muestra tenaz con el paso del tiempo. No le deja, sino todo lo contrario, lo atosiga y le apremia sin mostrar la necesidad que uno se haya muerto para acorralarlo. Más allá de aquel estupendo título, también cinematográfico, de ¿Quién se acordará de nosotras cuando hayamos muerto?, aquí podríamos traducirlo como ¿Qué será de mí antes de que me haya ido? Y ese es el dilema que parece plantearnos la dirección de Phyllida Lloyd y el guión de Abi Morgan para recrearnos la vida de una Margaret Thatcher que se busca a sí misma y a sus recuerdos perdida en un mar (que aquí no es de Los Sargazos como el de la novela de Jean Rhys, puestos a crear un símil feminista acorde con el toque que sus creadoras han intentado dar a este biopic), sino de tinieblas, donde las sombras persiguen a la protagonista en su periplo por el mundo que transcurre fuera de los límites reales, esos a las que la protagonista tanto se apegó a lo largo de su vida y que quedan muy bien retratados en la frase que la protagonista espeta a su médico cuando le dice que vivimos en un mundo de sentimientos y no de ideas; pensar y no sentir, ese es el camino.

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Partir de la última esperanza de los sueños hacia el fin. Erigirse en la heroína de la derrota. Recorrer los ecos de otras voces y las grietas de otros ámbitos. Así se defiende de sí misma la protagonista de esta novela. No hay certezas, si no hechos, que como una catapulta te trasladan al otro lado de la muralla donde ya no existe la sociedad y el mundo tal y como lo conocemos, sino sólo la intemperie y la desnudez de aquellos que se saben avocados a un final; un desenlace que se torna despiadado como la civilización que nos domina, silenciosa e impasible ante los débiles y los diferentes. Aquí no hay razas, ni ricos ni pobres, sólo la exposición de las entrañas hacia el exterior de una forma distinta, única, poética, nihilista…
Las claves de esta singladura, y sus imposturas hacia lo imposible, ya vienen implícitas en las primeras líneas de esta intensa, maravillosa, apocalíptica y poética novela. Estas primeras palabras hieren y hacen daño a los sentidos, y sobre todo, son una sinopsis perfecta que nos anuncia todo: “Día 1. Arrecia el frío y aquí, en el Puesto del Este, empiezan a escasear las vituallas. Nueves meses de sitio son mucho tiempo. Ellos siguen ahí afuera, ya casi nunca se les oye, pero podemos sentir su tensión y oímos también las patas de sus perros. Su silencio es casi peor que lo otro. El capitán partió a buscar algo, sólo eso, algo. Salió sin despedirse para no romper esto que llamamos equilibrio y que sólo es una representación a punto de romperse. Su ausencia resta ánimos a la tropa. Afortunadamente, están los niños y eso nos obliga a mantener el ánimo.”

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Intensa, dura, brillante, tierna, demoledora, noir… Magnífica, sublime, apoteósica, lírica, atmosférica… Irreal, oscura, incierta, sangrienta… Muda, visual, sobrecogedora… La aventura épica de este cowboy silencioso y moderno es una sucesión infinita de sensaciones que te fijan al asiento de tu butaca y no te dejan indiferente por mucho que intuyas el final, aunque en este caso, eso es lo de menos, porque lo que ocurre antes de llegar a ese the end estilo samurái es tan impactante que no recaes en ello, y sólo buscas sobreponerte a la intensidad de unas imágenes que acompañadas de una música para recordar, te dejan sin poder articular palabra.

La ciudad vestida de un negro largo nocturno, y el silencio que reina en esa oscuridad de la noche, son sólo dos personajes más de esta apabullante película, que transita a través de unas panorámicas a cámara lenta espectaculares; y lo hace por la piel de una noche iluminada por infinitos puntos de colores, que como faros tan cercanos como desconocidos, nos envían mil y un mensajes que no nos paramos a descifrar, pero que cada uno de ellos, lleva en sí mismo una vida con sus respectivas encrucijadas. En ese escenario negro, silencioso, solitario y casi perdido aparece él (Ryan Gosling), subido a su coche como un cowboy moderno, para ayudarnos a desentrañar los enigmas de los cruces de caminos a los que él se enfrenta y nos enfrenta. Pero en esa lucha él no está solo, porque le acompaña la música de la banda sonora que Cliff Martínez ha compuesto para este film, y que sencillamente es sublime. Leer más…

Vivir sencillamente es aprender. Aprender a hacer y deshacer, o a acertar y equivocarse. No nacemos cargados de recuerdos y sabiduría, pero en ese periplo que es la vida, nos vamos retroalimentado día a día de ellos. Sin embargo, en muchas ocasiones, la necesidad de driblar a la realidad nos conduce a vivir otra vida; justo aquella a la que llamamos la soñada. Es entonces, cuando sin antenas que nos teledirijan, marchamos abriéndonos camino para salvar la insalvable distancia entre la realidad y la magia, en una ruta por la que transitamos a través de sentimientos como la melancolía, la tristeza o la pérdida. Nada es igual a como lo soñamos, y por eso, los personajes de Beginners se preguntan por qué, y en esa necesidad de encontrar una respuesta, inician una nueva vida. Sí, aquella que siempre habían deseado, pero que nunca se habían decidido a vivir, a veces por falta de valor, y otras por puro convencionalismo.
Beginners gira en torno a Oliver (un magnífico Ewan McGregor), que se debate entre el recuerdo cercano de su padre recientemente fallecido de cáncer y el más lejano de su madre, pero también, lucha contra sí mismo y su tristeza, que se traduce en una falta de comunicación y relaciones que él rompe a través de sus dibujos como ilustrador gráfico y la composición de su “historia de la tristeza”. Ahí, en esa lucha diaria por continuar viviendo, comienzan sus problemas, pues en todos tiene esa sensación de ser un absoluto principiante: la abierta homosexualidad de su padre cuando fallece su madre, la relación que inicia con Anna (una deliciosa Mélanie Laurent).

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La otra Liz Taylor

[22 Diciembre 2011]

La gata de los ojos color violeta se presentó en el juzgado rodeada de paparazzi que no paraban de hacer un click tras otro mientras seguían sus movimientos. Esa era la ofrenda a sus admiradores. Un derroche de glamour al que el fiscal de la causa no estaba acostumbrado, y mucho menos el juez, que dictó el sobreseimiento del procedimiento. Yo la miraba atónito, buscando un argumento para despojarla de su máscara de diva. No recuerdo como lo hice, pero me deslicé entre sus pegajosos aduladores y logré enseñarle la fotografía. Una imagen que no consiguió desplomarla en el vestíbulo. Al contrario, todo sucedió tan deprisa, que sólo recuerdo que cuando me miró, no lo hizo con los ojos de Cleopatra, y mientras yo me caía al suelo como si me hubiera atravesado un rayo, ella sacó otra fotografía de su bolso que me tiró a la cara. Nadie se inmutó, ni siquiera ella, la otra Liz. Una activista humanitaria a la que noté una expresión de satisfacción al verme así, tendido en el suelo y rodeado de personas que desconocían la verdadera razón de mi zozobra. Mientras se alejaba de mi lado, yo me quedé mirando la foto de Jack, mi último novio, al que yo había contagiado el sida, y al que ella había defendido de mí ante toda la sociedad. La miré de nuevo, y formulé un deseo.

Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

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