Cada cierto tiempo alguien saca a colación el estado del género del cuento en España. Se dicen cosas como que no existe tradición, que las editoriales no se esmeran lo suficiente, que los medios no le prestan la debida atención, etcétera. Puedo estar de acuerdo con tales posturas más o menos generalizadas, e incluso puedo aceptar que para muchos creadores el cuento sea un puerto amistoso, empresa fácil en cuanto al consumo de recursos y octanaje necesario para llevar a término el proyecto, en contraste con la gran aventura de la novela. Pero nada de lo anterior enturbia dos o tres ideas que cuando se trata de cuentos no quiero olvidar.
Primo: en términos cualitativos, las piezas de los profesionales del cuento, de los genuinos cuentistas, aventajan a las de los autores que a salto de mata, entre novela y novela, sacan a la luz recopilaciones de cuentos, tal y como se tomaran unas vacaciones pagadas. Normalmente, un cuentista es un cuentista, un novelista un novelista y un poeta un poeta. Normalmente, sólo normalmente.






