Envueltos en un manto sonoro que los funde desde la primera nota con sus fans, Vetusta Morla volvió a demostrar ayer el por qué de sus infinitos seguidores. La sala estaba llena, y nada más sonar los primeros acordes de Los días raros, todo se convirtió súbitamente en un delirium tremens, en el que todos aquellos que habían venido de Murcia, Jaén, Cáceres, Ávila, Córdoba e incluso Madrid, cayeron rendidos ante lo que estaban viendo como fantasmas en la noche, y enseguida borraron de su mentes el esfuerzo que habían tenido que hacer para disfrutar de dos horas de la mejor música que se pueda disfrutar en el panorama nacional. Después de lo visto y lo vivido ayer, es fácil concluir que Vetusta Morla es el más claro ejemplo de cómo la normalidad se puede transformar en una pócima mágica que tiene como destino el éxito. Y si la Coca-Cola disfruta de la fórmula magistral de las bebidas burbujeantes, los madrileños atesoran esa otra ecuación que ahora mismo los convierte en la formación del momento y los nomina como los próximos reventadores de estadios de fútbol y palacios de los deportes del territorio patrio.
Concierto de Vetusta Morla en la Sala La Riviera: los coleccionistas de sueños se hacen grandes.
Jane Eyre: la inquebrantable pureza del alma.
La necesidad de libertad a veces se transforma en un delirio que nos deja ciegos ante el amor y sordos ante la desdicha. Huir es la primera opción, pero la huida en sí misma no es la solución, porque algo dentro de nuestras entrañas hace que nuestra cabeza estalle una y otra vez en un grito mudo que nadie más que uno mismo puede oír. Si además ese grito que nos lanza el corazón viene expresado por la inquebrantable pureza del alma, no cabe mayor fuerza en la tierra que sea capaz de doblegar la voluntad del ser humano. Jane Eyre abandona Thornfield House abatida por la mentira y derrotada por el poder oculto de una de las figuras más míticas de la literatura de todos los tiempos, “la loca del ático”, que como un vendaval arrasa su dicha. Esta simbología empleada por primera vez por Charlotte Brontë, se va a desplazar a partir de entonces por innumerables autores, novelas y relatos de la historia de la literatura, lo que poco a poco irá acrecentando su fama de mito. Y así, la cadencia pura y romántica que envuelve a este maravilloso cuento de hadas deviene en realidad oscura, a la que su protagonista sólo es capaz de vencer a través de la virtud. Es en ese instante, cuando la mirada de Mia Wasikowska (Jane Eyre) se funde en una miel pura bajo el color avellana de sus ojos, que su tez blanca y su pelo recogido, sólo aumentan más y más hasta el infinito. Ese juego de colores limpios, se funden magistralmente con la inmensidad del paisaje. Todo es natural en Jane Eyre, sus sentimientos y el entorno que la acogen bajo la tenue luz inglesa.Macbeth en los Teatros del Canal: la ambición teñida de negro
La ambición desmedida que se traslada a la traición como mejor soporte para llevarla a cabo, unida a la falta de escrúpulos, que no de conciencia, arremeten una y otra vez sobre la mente de Macbeth. Héroe reconvertido en villano o humano transformado en sombra (en su propia sombra), que se mira y no se reconoce. Sí, la ambición teñida de negro inunda bajo una profunda oscuridad el escenario del Teatro del Canal, que poseído de una perenne niebla, vaga como un alma en pena en busca de su descanso definitivo. Pero ¿hay descanso para un alma herida por su propia espada? Y bajo este manto autodestructivo, la presencia del verbo shakesperiano se alza una y otra vez sobre sus personajes como una luz que no se agota y que nos zarandea las conciencias. Esa violencia verbal, se incrusta como una daga en nuestros oídos, y nos deja sobrecogidos y temerosos de nuestros actos, como si los espectadores también fuéramos partícipes de esta tragedia con mayúsculas, otra de tantas a las que el ser humano sucumbe hoy sí y mañana también. Pues no cabe sino sobrecogerse ante la carga crítica sobre la que se cierne este Macbeth, porque lo hace sobre una sociedad actual herida de muerte por la flaqueza del alma del ser humano, que pobre de espíritu y valores, vaga sí, como un alma en pena arrasando los desechos de una sociedad en destrucción.Second celebra sus primeros quince años en la música con la grabación de un disco en directo en el Teatro Circo de Murcia.
Como decía la vieja canción quince años no son nada, o ¿quizá sí? Para salir de dudas, Second ha decidido recordarnos a todos su aventura musical en ese período de tiempo; y lo han hecho de la mejor forma posible, disfrazados bajo las notas de sus canciones, que comenzaron en un lejano 1997 bajo la batuta de Sean Frutos (vocalista) y Jorge Guirao (guitarra), a los que más tarde se unirían el resto del grupo: Nando Robles (bajista), Fran Guirao (batería) y Javi Vox (guitarra/teclados).Incendies: una biografía de la sinrazón
La firmeza de los sentimientos rotos se sobrepone a casi todo, excepto al destino. Denise Villenueve, el director y productor de Incendies, la define como un “campo de minas”, porque en esa aparente frialdad visual en la que está rodada bajo un pálido espectro cromático, los cortes en la yugular se suceden unos tras otro sin darle tiempo al espectador de filtrar tanto odio y destrucción. El por qué de esta biografía de la sinrazón, comienza con un enigma que enseguida adivinamos que se ha propiciado por la ruptura del amor por causas religiosas a las que la protagonista Nawal (Lubna Azabal) tendrá que hacer frente por ese avatar endémico que enfrenta al ser humano desde el principio de los tiempos. La muerte del ser amado y la desdicha que ello conlleva, en este caso se convierte en el motor que mueve la voluntad de la protagonista, que tras dar a luz al hijo del padre muerto y ser desposeída de él, le promete ir a buscarle algún día.




