La cinta comienza con la cita bíblica: “no dejar que los malos se escapen, simplemente porque nadie los persigue”. Y de esta forma tan sencilla como eficaz, tenemos condensada en una frase toda la trama de una de las grandes películas que van a optar a la carrera de los Oscar. A continuación, y bajo un pequeño manto de nieve, el cadáver de un hombre asesinado yace en el suelo. Una imagen en apariencia simple, pero cargada de un gran significado, donde la extraordinaria luz con la que Roger Deakins ha filmado toda la película, a la que acompaña la certera música de Carter Burwell, ya nos hacen presentir que estamos ante algo grande, pues en tan poco espacio de tiempo, los hermanos Coen, ya son capaces de ofrecernos una clase magistral de buen cine.
Un inicio que siembra algunas dudas en la continuación, cuando la rapidez y espesura de los diálogos hacen que a veces no se sigan adecuadamente, y ese es un fallo que persigue inicialmente a Mattie Ross (Hailee Steinfeld) pero que afortunadamente nada más empezar la aventura de la búsqueda del asesino se disipa, aunque a su favor, hay que admitir que sirven para darnos todos los datos de la historia. Pero ¿cuál es la principal virtud de esta película?, sin duda, el haber elegido la mirada de una joven de catorce años en el agerrido y despiadado oeste americano para contarnos esta aventura de venganza, lo que nos obliga a situar nuestra mirada desde otro punto de vista, con el que quizá no contábamos al entrar al cine, y que hacen que la película sea en sí misma diferente y genial.
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