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La ciudad de la cultura

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Fallas en Valencia

[14 Marzo 2011]

El cauce seco del Turia parte en dos la ciudad de Valencia, cálida y luminosa, que se desparrama sobre antiguas marismas frente al Mediterráneo, rodeada de una huerta rica y fértil, moribunda, que se resiste a desaparecer. El mar toma la desembocadura del río y, valiente, consciente de su poder, lo penetra unos cientos de metros dando la falsa impresión de que estamos ante un río caudaloso. Hay que remontarse, sin embargo, varios kilómetros tierra adentro para encontrar las verdaderas aguas del Turia que antaño completaban la ruta hasta el mar y que, apenas hace unas décadas, se derramaron furiosas sobre una ciudad que quedó anegada y convertida ella misma en río. Eran otros tiempos. Tiempos mejores para el Turia.
Esta ciudad que es Valencia, es una ciudad alegre, apática en lo cotidiano, a ratos adormilada, despreocupada y casi siempre ajena a sus grandes posibilidades, una ciudad que vive feliz la fiesta del fuego que se avecina, la fiesta del patrón carpintero, San José, y es que fueron los carpinteros los que tiempo atrás colgaban crisoles de fuego para iluminar las oscuras noches de invierno, crisoles que con el crecer de los días dejaban de ser necesarios y allá por marzo, para celebrar la fiesta de su buen patrón, quemaban en hogueras para mayor alegría de vecinos y visitantes que usaban de aquellos fuegos para deshacerse de trastos, muebles y enseres y, quien sabe si también, de las cosas malas que portaban encima.

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La luz iba y venía cada diez minutos, nada raro en aquellos tiempos, y por las rendijas de la maltrecha persiana se colaban unas estrechas y rojizas franjas que teñían de ocaso la mugrienta y descolorida pared. Envuelto en las sombras de la incipiente penumbra el despacho parecía incluso digno. El día, un día típico de mediados de agosto en Valencia, había sido asquerosamente húmedo y el patético ventilador que chirriaba sobre el escritorio sólo servía para remover un aire denso y recalentado que parecía querer asfixiarle a uno.

No me gusta el calor y menos aún la humedad. Para ser sincero la humedad me da asco, le hace a uno ir mojado todo el día y eso me pone enfermo. En aquellos momentos sin embargo, mi menor preocupación era la puñetera humedad. Las costillas, especialmente las del lado izquierdo, me dolían a rabiar y el labio, que ya no sangraba, se me estaba hinchando por momentos pese a los tres puntos que me habían dado. El golpe en la rodilla parecía menos grave, o eso dijo el doctor, pero dolía como el resto, o lo que es lo mismo, muchísimo. El tipo que había intentado derribarme con aquel truco barato lo había pagado caro. Cada vez que pensaba en aquel niñato engominado chillando mientras se agarraba la entrepierna sentía una cruel y oscura satisfacción. A mí me habían dejado baldado pero al menos uno de ellos había terminado peor que yo. Cabrones.

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El inicio del concierto que anoche tuvimos la suerte de presenciar en la Sala Joy Eslava de Madrid, nos dejó claro que Zoé están jugando a ser grandes. La entré alargada de su temazo No Hay Dolor fue toda una declaración de intenciones, con una gran carga sonora repleta de matices y sensaciones que les hacia moverse como héroes entre sombras (como se echa de menos un inicio así en la escena indie española). Una estética sonora que refleja magistralmente su afinidad musical con algunos de los grupos ingleses más oscuros de principios de los ochenta, (The Cure o Psychedelic Furs) donde la repercusión en la forma de tocar la guitarra de Robert Smith es más que evidente (no ocurre así en la voz) y que hace ganar mucho enteros a su música, porque es capaz de hacer estallar en mil imágenes y sensaciones las cabezas de todos aquellos que les escuchan.

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Entre los siglos XVI y XIX la corona española estuvo presente en todo el continente americano y pese a lo prolongado de ese dominio, son muchas las sombras que envuelven todavía la presencia hispana en el Nuevo Mundo. Mientras que la conquista y colonización de América del sur y central es algo de sobra conocido, la presencia española en los actuales Estados Unidos y Canadá ha caído en un extraño, y ciertamente lamentable, olvido, especialmente entre los propios españoles que desconocen la huella hispana en aquellas tierras. Todo el sur de los Estados Unidos, los actuales estados de California, Arizona, Nuevo México, Texas, Luisiana y Florida, formaron parte del Virreinato de Nueva España hasta bien entrado el siglo XIX, pero lo que no mucha gente conoce es que dicho Virreinato extendió sus fronteras hasta mucho más al norte, por medio de diversos asentamientos y fuertes a lo largo de toda la costa del Pacífico y del centro de Estados Unidos, asentamientos que fueron fundados por marinos, exploradores y aventureros durante todo el siglo XVIII y que llegaron hasta la mismísima Alaska donde toparon con el Imperio Ruso y los intereses expansionistas ingleses. Las actuales localidades de Valdez y Cordova en Alaska o las islas canadienses de San Juan, Lopez, Fidalgo o Cortes, son una pequeña muestra de la pervivencia de un gran número de topónimos españoles en la costa norte del Pacífico. En la bandera de Arizona los trece rayos de sol, que representan los trece condados del estado, son amarillos y rojos en recuerdo de la bandera española y en el escudo oficial de la ciudad de Los Ángeles, el mismo que llevan los coches de policía que hemos visto en innumerables películas, aparece la bandera de Castilla León por el mismo motivo. También en el  Capitolio de Texas, sede del gobierno de dicho estado, luce el emblema de Castilla. En Estados Unidos hay localidades de nombre Madrid en los estados de Alabama, Colorado, Iowa, Nebraska, Maine, Nuevo México, Nueva York y Virginia. Estos son sólo unos pocos ejemplos que sirven para recordar que la presencia española en Norteamérica dejó una huella mucho más profunda de lo que imaginamos.

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Eduardo Berti.
Lo inolvidable.
Páginas de Espuma. Madrid, 2010.

En el territorio indefinido y movedizo que separa o comunica lo real y lo fantástico se sitúan los once relatos que Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) ha reunido en Lo inolvidable, que publica Páginas de Espuma.

Muy distintos en tonalidad y enfoque narrativo, en su mirada a la realidad y en su desenlace, los cuentos de Lo inolvidable tienen en común, además de su pericia literaria y su cuidado lenguaje, la insistencia en temas como la memoria y la soledad, la literatura, la identidad y el olvido.

Hay más rasgos que unen estos relatos con un sutil hilo que los recorre. Por ejemplo, la incursión inquietante de lo fantástico en lo cotidiano, de lo desconocido en lo rutinario, y la presencia constante del secreto en el fondo de su trama, porque todos estos cuentos contienen un secreto sumergido que emerge en el desenlace en forma de sorpresa, en un inesperado giro final.

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