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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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untitled 11La fractura del tiempo nos sumerge en la letanía de los olvidados como si en este mundo de alimañas en el que vivimos solo hubiese espacio para el odio. Frente a la agonía de los mediocres la única opción que nos queda es dinamitar el puente de la sinrazón. Y qué mejor forma de hacerlo que a través del oscuro destello de los sueños. Nostalghia nos nutren la mente de imágenes que nos hacen romper con la rutina del fracaso y nos incitan a rebelarnos contra la regla del todo vale. Sus resonancias musicales suenan a tiempos donde la verdad tenía un gran valor, de ahí, que en esa necesidad de refugiarse en la silente oscuridad de la noche, donde los perdidos encuentran el paraíso, ellos nos regalan las afiladas cuerdas de sus guitarras para hacernos comprender que todo no está perdido, como su música, que busca un espacio en el planeta indie a base de canciones articuladas en la pasión de los sueños: «volar, volar, soy aire…» como nos recuerda Ricardo Barbosa. Luz abisal es el segundo larga duración de este grupo afincado en Madrid que verá la luz el próximo 19 de enero y es la culminación del trabajo que ya iniciaron en 2012 con su primer disco titulado Nidos de piel.

La fina capa con la que Nostalghia cubre sus canciones, las hacen más brillantes y cercanas, lo que denota una gran seguridad en su trabajo. Una aseveración que se va notando a media que avanzan las canciones del disco, pues si en un principio tienen un sonido al que podríamos denominar como más vetustiano, a partir de, En el fondo solo hay ruido, asistimos a un magistral final de canción donde las guitarras se reivindican de una forma gloriosa; un gran epílogo para una poderosa canción, en la que el diálogo sonoro alcanza cotas muy altas; soberbia. Un ritmo que no se altera lo más mínimo en, Quédate con tu mansión, donde los destellos siguen siendo magníficos: «quédate en tu mansión, contigo dentro arde mejor». Dinámicas sonoras que rastrean territorios de un pop-rock intenso que dinamita las falsas intenciones. Algo que corrobora la luminosa Entre las grietas donde, una vez más, las guitarras se alzan victoriosas sobre una mágica melodía donde el medio tiempo es igual a la ausencia de una libertad no programada: «libre, libre entré en la grietas», y así hasta despertarnos de un ensimismamiento sin sentido, pues Andrés y Ricardo nos aguijonean los sentidos con su simpar destreza sobre los mástiles de sus guitarras. Unos ritmos intensos que se apaciguan con Destino, azar, una balada con una fuerte personalidad que nos incita a soñar con el infinito. Metáforas aparte, la fuerza compositiva y conceptual de Nostalghia se hace más palpable en temas como Seres invisibles, donde vuelven a esa oscuridad perenne y perpetua que nos sumerge en lo más profundo de un cielo color azabache. Un espejo negro que articula las pulsiones del desamparo en Revierto el fin: «la enfermedad prendió, en silencio estaba/ y tu voz fue el bálsamo» en una mítica consecución de objetivos musicales, pues el tobogán rítmico al que nos someten Nostalghia nos hace disfrutar de unas subidas y bajadas muy acertadas.

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untitled 2Ir caminado y comprobar cómo las suelas de nuestros zapatos se desgastan y cuando llueve se llenan de barro. Eso es la vida, una sonata a la pérdida de la inmaculada inocencia que nos recibe en su seno cuando nacemos. «Madurar/ era esto:/ no caer al suelo, chocar contra el suelo contemplar el/ pudrirse de la piel/ igual que un fruto antiguo». No hay crema que nos proteja del sol que nos quema poco a poco, día a día. ¿Madurar era esto? Sí, nadie nos enseñó a quedarnos quietos y pararnos a mirar, y en ese no movernos se nos quedó dibujada la pérdida de la sonrisa, como si fuéramos estatuas de humo pensadas con un soplo de nuestros pulmones. Vivir no significa fracasar, aunque, con el paso del tiempo, seamos conscientes en qué fondo de qué cajón se quedaron nuestros sueños. Fracasar es no poder decirnos que lo intentamos. Y ese miedo a esa pregunta es la que bordea los versos de este portentoso Chatterton, donde, cada una de las tres partes en las que se divide este poemario, que recibió el XXVI Premio  Fundación Loewe a la Creación Joven, son una razón para seguir levantándonos cada mañana, por mucho que solo seamos capaces de arañar unas palabras al papel en blanco. La melancolía de la pérdida se convierte así en una fe que no conoce límites, porque la redención del fracaso siempre es un pozo rico en hallazgos, igual que las heridas de nuestros errores nos recorren el interior de nuestra piel. Disolver esas heridas con la luz es una de las opciones que nos quedan de cara al futuro, pues no hay nada mejor para afrontar el horizonte del mañana que hacerlo con la conciencia —de las heridas— limpia de inútiles remordimientos.

Este poemario, que ha sido calificado de “generacional”, es el fruto de ocho años de trabajo, donde Elena Medel arranca espinas a la realidad y las clava cual chinchetas en sus versos. Ahí, donde se juntan esos pedacitos de realidad, gravitan la mirada de una JASP que nos inculca como nadie las ínfulas de que lo imposible es posible, hasta incluso, de que las mujeres que hay dentro de sí misma y a las que estas a su vez representan, sean las heroínas de una intrahistoria llamada Chatterton que, a diferencia de la ópera en tres actos de la que toma el nombre y que recoge libremente la vida del poeta maldito inglés Thomas Chatterton, no necesita reivindicar únicamente la estética del fracaso para salir airosa de ese encuentro. Elena Medel, igual que si fuera un profesor que ha escrito un manual de Geometría descriptiva en el que nos muestra la realidad tridimensional en solo dos dimensiones, nos descompone la realidad y contrapone la luz al fracaso, la esperanza a la melancolía, y algunas certezas a la duda: «Nadie se posa en el alféizar —son veintiocho años/ de espacio adolescente—,/ pero qué ocurriría si el pájaro sobre el que he leído/ en todos los poemas/ se colara por el patio de luces y asomara/ por el alféizar de mis veintiocho años,». En esa rendija de luz que se cuela por la poderosa superficie del fracaso es donde nos quedamos, por mucho que charlemos y escribamos acerca de la pérdida de la sonrisa.

Invitacion cartel Revista TerralBajo el alero del proyecto

“ESCAPARATE ANDALUZ”
del
CENTRO ANDALUZ DE LAS LETRAS
le invitamos a la presentación de los 16 números publicados de la revista cultural digital
T E R R A L
el viento que modela las nubes
Jueves 15 de Enero 2015 – 19:00 h
c/Álamos, 24
Málaga

mr_turner_31688Olvidarse del mundo y entregarse a una obsesión que te moldea la vida, y lo que es peor, los sueños, te deja la piel, la mirada y los sentidos marcados para siempre. Hay una última necesidad de escapar de todo aquello que le rodea en Turner, pues nadie le puede dar aquello que realmente busca, salvo la fuerza interior que le mueve a cambiar la realidad del mundo que le tocó vivir, y él lo hizo a través de la incesante búsqueda de la luz. Sus cuadros que, cada vez más, solo anhelan el detalle, la insinuación o esa evanescencia que nos permite reinterpretarlos bajo la lupa de los sueños, se dieron de bruces con una sociedad y unos individuos que todavía no estaban preparados para romper las normas clásicas del mundo del arte, pero tampoco las de las costumbres que regían las buenas maneras de la época. De ahí, que esa soledad autoimpuesta, no fuera bien entendida por sus contemporáneos; y mucho menos sus faltas de respeto hacia el prójimo (véase el caso de su criada), lo que retrata muy bien Mike Leigh que, lejos de situarse en la vertiente más poética de su pintura, nos muestra al personaje tal y como realmente fue, creando una película sin estridencias y muy comedida en lo biográfico, pero con momentos para el deleite visual cada vez que nos muestra los lugares a los que acudió Turner para tomar los apuntes de algunos de sus cuadros más famosos, lo que además, nos habla y muy bien, de la fotografía y la luz de todo el film, porque esa necesidad última de la belleza aquí solo es plástica y no verbal o formal. Sin embargo, hay que agradecerle a Mike Leigh su empeño en mostrarnos esa abrupta dualidad entre persona y artista, pues con ello, nos proporciona un dibujo más completo del protagonista. Turner fue un hombre entregado a una causa: su pintura. Lo que nos queda muy claro cuando le vemos tomar apuntes de sus cuadros en sus famosas libretas, para a partir de ellos, componer grandes obras pictóricas en su estudio, de ahí, que la ausencia de palabras sea una de las constantes del film, que en este sentido, tiene que basarse mucho más en los gestos y en los ruidos que emite el pintor, lo que nos muestra los problemas que el artista tenía para comunicarse. Encerrado en sí mismo y en una lucha constante entre la aceptación de sus colegas y su motivación por la búsqueda de otras fórmulas pictóricas, no deja de ser curiosa su relación con el resto de pintores de la época, todavía anclados en las formas más clásicas de la expresión pictórica. Sin embargo, rezuma en casi todos ellos el respeto hacia una obra distinta, llena de una fuerza evanescente y precursora del impresionismo.

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teatro_guindalera_La_bella_de_Amherst 111El viento que sopla las hojas de un árbol sin que nadie se lo exija, es como ese diapasón de nuestro día a día que transforma lo sencillo en virtuoso o sublime. Ambos, sonidos y objetos que devienen en ideas, adornan el escenario del Teatro Guindalera, convirtiéndole de ese modo en una especie de altar: místico, único, entrañable…, donde una fantástica y portentosa María Pastor da vida a la gran poeta norteamericana Emily Dickinson y a sus fantasmas. Los objetos que la protagonista va poniendo en pie a medida que avanza la obra, no son sino otro acertado guiño a la idea de reconstrucción tan presente en la representación de esta versión de La bella de Amherst, porque esa forma de levantar objetos, simbolizan la necesaria cadencia narrativa a la hora de reinventar una vida desde las cenizas de sus recuerdos, lo que unido a la omnipresente verbalización de sus poemas, nos hacen sumergirnos en un universo propio, tan inquietante como bello. Esa fue una de las metas de Dickinson que, al igual que John Keats, se apoyó en la naturaleza y su belleza para intentar dar respuesta a la visión que cada uno tuvo de la esencia de la vida, y por ende, del ser humano. Un diálogo que llevó a la poeta a esa última necesidad de ver y vivir el mundo desde el más profundo de los aislamientos —el de su casa—, como la muestra más palpable de la renuncia al mundo exterior que busca reinterpretarse a través del yo poético más íntimo, tras el que subyace el convencimiento, por parte de la poeta, de las limitaciones a las que los demás la sometían. La huida de esa gran cárcel universal, Emily Dickinson, la resuelve mediante la creación de su propia celda en la que poder liberarse de esa ciega incomprensión que la rodeaba. Ella lo hizo a través de sus poemas, y con ellos, puso de manifiesto el anonimato al que fue sometida por la sociedad en la que le tocó vivir, a lo que hay que añadir la no menos necesaria redención de su silencio gracias a la labor un familiar o amigo, en este caso, de su hermana pequeña Lavinia. De esa forma, los poemas de Emily Dickinson formaron parte de las huellas del silencio mientras ella vivió, pero a día de hoy, son uno de los máximos exponentes de la lírica norteamericana. Una renuncia, la de su obra, a la que sí se enfrentó, Walt Whitman, con notable éxito. En este sentido, cabría preguntarse: ¿cuáles son los parámetros mediante los que nos deberíamos plantear los conceptos de libertad, para que de una vez por todas pudiéramos arrancarnos de nuestra memoria el estigma de la travesía solitaria de Jane Eyre por los angostos páramos ingleses o el simbolismo de la loca del ático?

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