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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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La-Velocidad-Cartel-1-255x361La búsqueda de la libertad o de la belleza, no conoce el sentido en el que avanzan las agujas del reloj, porque esa alma limpia y libre que nos acoge lúcida y brillante en nuestra juventud en lo más profundo de nuestro ser, y a la que con el paso del tiempo denominamos locura, no es sino la necesidad de seguir viviendo en el mundo que nos hemos creado cada uno de nosotros a lo largo de nuestras vidas. Cuando intuimos el final, sin embargo, nos aliamos con esa visión del mundo que nada más entiende de las ilusiones perdidas; unas ilusiones por las que todavía nos sentimos capaces de luchar por mucho que el resto de la humanidad no las comparta o ni tan siquiera las entienda. El único acierto del texto de Eric Coble, quizá esté ahí, en desdramatizar el fin de la vejez, y plantearlo a través de la victoria de la madurez sobre las arrugas del tiempo. En esa intencionalidad tan vital de la anciana de 81 años —estupendamente interpretada por Lola Herrera— es donde se salva el texto de La velocidad del otoño que, sin embargo, en líneas generales es un texto flojo por lo plano, y conformista por lo previsible que nos resulta en demasiadas ocasiones. Un debe que se traspone en haber, gracias a las interpretaciones tanto de Lola Herrera como de Juanjo Artero, pues ambos juegan sobre el escenario a mostrarnos la complicidad de dos soñadores que va más allá de la que pueden mantener como madre e hijo —que también— El pasado, los recuerdos y la necesidad del amor y la comprensión, son las herramientas con las que Alejandra y Cris llegarán a un punto de encuentro invencible, pues su unión, no es sino la de dos almas gemelas que, a medida que transcurre la obra, se fusionan en una complicidad cuyo objetivo final no es otro que la innata persecución de la felicidad que a todos nos acoge. Alejandra y Cris, Lola Herrera y Juanjo Artero, son dos almas gemelas que no dudan en aparcar la realidad que les rodea, para sumergirse en un mundo idealizado por ambos, lo que les llevará por las frondosas tierras del mundo del arte y la belleza, un proceloso terreno en el que volcar sus temerosos espíritus, pues ambos están muy necesitados de cariño y de comprensión. Ese viaje que les lleva a los dos personajes —madre e hijo— a dejarse llevar por la senda de los sueños, es la mejor muestra de que la falta de un objetivo por el que luchar en la vida nos deja anclados en las fangosas tierras de la incomprensión y la mediocridad. Leer más…

PessoaLo primero que sorprende de esta exposición es su ubicación, pues está situada en el sótano -1 del emblemático edificio del Círculo de Bellas Artes, lo que le infiera, ya desde su inicio, una identidad clandestina. Una presunción que enseguida nos desmiente el gran mural audiovisual que, en tonos oscuros, y situado en la pared del primer descansillo de la escalera, nos recibe con grandes instantáneas del poeta, y que contrasta con el cuadro de Antonio Santos que, también en formato gigante, nos sirve como inicio de esta exposición audiovisual de la vida y la obra del más ilustre de los poetas portugueses. Hay que hacer constar que, el cuadro de Santos, está extraído de la última ilustración del librito editado por Nórdica libros que lleva por título: Pessoa gafas y pajarita, con texto del periodista y escritor Jesús Marchamalo, al que acompañan las ilustraciones del ya mencionado Antonio Santos. Sin duda, una inmejorable entrada al laberíntico universo pessoano, pues la ilustración elegida retrata muy bien la multiplicidad del poeta portugués y a su amada Lisboa. En este sentido, hay que hacer notar que la exposición es de carácter audiovisual, y que por parte de los organizadores de la misma se ha tratado de hacer un guiño hacia el atlas vital de Pessoa, pues la han dispuesto como si de un café —de esos que tanto visitaba Pessoa— se tratara, lo que enfatiza —junto a la escasa iluminación y a los tonos oscuros de las paredes—, la pálida metafísica del desasosiego que inunda la vida y la obra del poeta. Encima de unas mesas y alrededor de unas sillas, se distribuyen diferentes pantallas de ordenador en las que se puede acceder al atlas vital, literario y geográfico de la dualidad inseparable que conforman Pessoa/Lisboa. Así, de una forma interactiva a través de un mapa hipertextual, podemos recalar en cada uno de esos lugares, o espacios a los que se acompañan distintos fragmentos de las obras del poeta.

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la-clausura-del-amor-1Un suelo blanco e impoluto. Un techo negro moteado de fluorescentes que, en vez de estrellas, se asemejan a lágrimas luminosas que cuelgan de una, inexistente ya, cúpula de los deseos. Y una línea diagonal imaginaria que se comporta como una goma, también imaginaria, que les sirve a los actores de unión y lejanía de sus cuerpos, de su rabia, de su desamor… Dicen que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, pero en este caso, esa línea se ha inclinado por la omnipresencia del miedo que producen las rupturas. Verbo alto frente al miedo. Fuerza sin épica. Desamor exento de valor. Alegorías de una noche que no quiere ver más veces el mañana. Filosofía del desamor desnuda del poder de la magia del propio amor: ausente, herido, perdido… Lo primero que habría que advertir de este montaje es la férrea postura de su carácter dialéctico, pues es mediante las palabras —con las que se construye esa barrera teorizante de un amor dialéctico—, a través de las que se nos instala en el abismo de las habitaciones vacías. La clausura del amor de Pascal Rambert es un texto obsesivo que se nos presenta en forma de monólogo; un monólogo que se disecciona en dos, como tantas veces ocurre en la vida: el primero de ellos es el utópico, que representa muy bien el actor Israel Elejalde; y el segundo es el más humano que defiende como una heroína Bárbara Lennie. Así, desde este despiadado juego de las verdades y mentiras unidireccionales, como también lo son los recuerdos, se intenta buscar la incomodidad del espectador, pues quizá no haya nada más sórdido que ser testigos directos de una ruptura, sin embargo, con el paso del tiempo y del parlamento inicial, vamos percibiendo que ese despellejamiento está sustentado en un texto utópico sobre el amor. Texto teorizante que, en no pocas ocasiones, parece una tesis doctoral sobre el asunto. Y aquí, dejándonos llevar por nuestros recuerdos vamos en busca de Edward Albee y su brillante ¿Quién teme a Virginia Woolf? —inolvidables en su respectivas interpretaciones tanto Elizabeth Taylor como Richard Burton—, o de la misoginia punzante de los textos de August Strindberg, sin olvidarnos de la crudeza de Sam Shepard en su obra Locos de amor, porque quizá, al texto de La locura del amor le haría más víscera no verbal, pues no se trata únicamente de elevar el tono de la argumentación, ya que hoy en día, así no se puede conseguir que los demás te den la razón. Menos mal que en la segunda parte de la función, en el parlamento defendido por Bárbara Lennie, aún queda espacio, por parte del autor del texto, para darle cabida al mundo real, ése que transcurre bajo la carcasa —de la piel, de las venas y de los huesos— a la que se hace referencia en varias ocasiones a lo largo de la obra, pues ésa, sin duda, es la gran fragmentación de la función —junto con los larguísimos monólogos—, la barrera de las palabras que impregnan al texto de una cierta lejanía, porque La clausura del amor, así a secas, es precisamente eso, la construcción de barreras a través de las palabras del desamor.

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16359094_1310890685600340_488567342_nInsatisfacciones y desengaños, ilusiones y proyectos, angustias y sueños «extrañamente adheridos a la realidad», recorren los nueve relatos que configuran este libro escrito por los nueve profesores y escritores, integrantes del Club Marina


 
El escritor argentino Julio Cortázar, al que se deben algunos de los más importantes relatos contemporáneos, en Algunos aspectos del cuento, subraya como rasgos fundamentales del género las nociones de impacto, condensación y brevedad. Según Cortázar, el cuento debe, igual que la foto, escoger una imagen o un acontecimiento significativo, que actúe como una especie de «apertura» hacia algo que se encuentra más allá de la anécdota que cuenta. El episodio elegido debe funcionar como símbolo y provocar en el lector la impresión de un «golpe de K.O».
 
Esto es precisamente lo que encontramos en LOS DÍAS LÁBILES. Cada uno de los cuentos de esta antología se asoma de manera particular al recorte de veinticuatro horas de la vida y la intimidad de unos personajes en manos del azar y del tiempo lábil e inaprehensible. Los autores ofrecen, con personalidad y estilo propio, impactos emotivos, reflexiones y experiencias que nos permitirán reconocer y reconocernos en ese espacio mágico donde pueden confluir vida y literatura.

Insatisfacciones y desengaños, ilusiones y proyectos, angustias y sueños «extrañamente adheridos a la realidad», recorren estos nueve relatos en forma de «mudanzas y movimientos» que, en palabras de Vila-Matas, «se dan en la vida y en los mejores cuentos, que son los que dibujan la vida».
 
El Club Marina esta formado por: 1. Eugenio Asensio – 2. Amanda Gamero – 3. Jorge Gamero – 4. Mercedes Gascón – 5. Javier López – 6. Herminia Meoro – 7. Mariela Puértolas – 8. Susana Tomás – 9. Lara Vázquez.

Cubierta TIPOS DUROSHay que tener valor para afrontar la realidad —la del día a día—, ésa que no es como nos la imaginamos de pequeños ni como la que sale en las películas o en los anuncios de la televisión. Sin embargo, la verdadera encrucijada no es ésa, sino las opciones a tomar ante la situación a la que sin darnos cuenta nos vemos abocados. Así nos ocurre que, podemos dar vueltas y vueltas sin salir del punto de partida, o también huir, sin por ello desterrar a nuestros miedos del corazón. De una u otra forma, siempre perdemos algo por el camino. A veces es la dignidad, otras la cordura o incluso la ilusión por aquello que creíamos que siempre sería nuestro particular altar sagrado. La vida en solitario o la vida en pareja se parecen en los sortilegios mentales que volcamos sobre los demás. En el primero de los casos, lo hacemos sobre nuestra sombra cuando adopta la forma de conciencia, y en el segundo, lo manifestamos en el otro, para de esa forma no tener que arremeter contra uno mismo. En muchos de los relatos de Tipos duros, se concitan todas y cada una de las circunstancias señaladas, porque, sin duda, muchos de ellos son la radiografía de esa huida sin valor que no describe otro dibujo que el del propio círculo en el que estamos metidos. Los tipos duros que nos dibuja Andrés Ortiz Tafur en esta recopilación de relatos, son hombres que luchan contra sí mismos, y lo hacen, despellejando a sus sueños y a sus maldiciones a partes iguales, pues esa parece ser la fórmula de la que está fabricada la esencia del ser humano: la insatisfacción que deviene en pérdida. Indecisiones aparte, el autor se sirve del surrealismo, de los planteamientos a priori racionales que devienen en estrambóticos y en la fina capacidad de diseccionar aquello que la sociedad no nos deja mostrar, para levantar un paraíso, el de los tipos duros, al que podríamos denominar como de Egolandia, pues ahí residen una parte de esas manifestaciones —sólo aparentemente desquiciadas—, del miedo, la soledad, la masculinidad mal resuelta, la soberbia, la felicidad o la libertad, que se van planteando a lo largo de los veintiún relatos del libro, y que nos dan, la verdadera medida como narrador de Andrés Ortiz Tafur que, poco a poco, y de una forma beligerante, nos va mostrando la potente voz que tiene como escritor, y a la que con cada nueva recopilación de relatos va modelando para hacerla más propia. Tipos Duros, sin duda, es un paso adelante en la carrera literaria de este jienense, que un día, decidió destronar al mundo para autoproclamarse rey de sí mismo y de sus obsesiones literarias y creativas —que en muchas ocasiones vuelca sin miedo en las redes sociales—. Ese valor de autor, es el que antepone a su personajes, pues con ellos, intenta retratar una sociedad incierta y perdida, pues hoy en día nada no satisface, ni tan siquiera la compasión hacia uno mismo y sus múltiples manifestaciones que, en este sentido, van desde la gloria al infierno sin parada intermedia.

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