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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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vertic_880_0El destino, marcado por el azar o la casualidad, se abalanza sobre nuestras vidas de una forma tan caprichosa como irracional, tan onírica como lírica. Expresiones, todas ellas, que definen la verdadera impostura de nuestra existencia. Un simple movimiento de una carta y hubiésemos sido otros; un simple gesto del destino y nuestro nombre y nuestra filiación serían distintos, como distinto podría ser el color de nuestra piel. En este sentido, el lenguaje gestual que emplea al inicio de la obra Iván Oriola es muy significativo, como significativa es también la introducción que la propia Irina Kouberskaya hace a la adaptación del cuento de Vladimir Nabokov, Cuento de hadas, pues con ella, nos manda uno de esos mensajes universales que solo poseen las grandes obras de arte: lo efímero y caprichoso de nuestra existencia. En un mundo mecanizado, en el que la tecnología nos delinea y nos sistematiza la vida, la directora rusa, cual reina consorte de la otra vida, nos advierte de lo equivocados que son esos postulados: oscuros y ponzoñosos como solo lo pueden ser la barbarie y la destrucción, cabría añadir. Todo es un sueño, nos dice Irina, un sueño que nos lleva hasta el éxtasis de la fantasía; una fantasía que se adorna de la música de películas antiguas e imágenes que se cuelan en el escenario en una especie de NODO testimonial del ser humano. Envoltorio mágico el que persigue a las obras de la Sala Tribueñe, y que le proporcionan ese plus de arte total, pues ese arte dentro del arte, es el mejor testigo de las múltiples posibilidades del teatro en la actualidad. Montajes arriesgados que, sin embargo, siempre convencen, pues apabullan a nuestro subconsciente de imágenes que nos obligan a volver a ellas una y otra vez de una forma irreflexiva. No obstante, ese es solo el papel con el que está envuelto el armazón de esta obra, genial por momentos, irónica y sarcástica en otros, y que pone de manifiesto la gran capacidad creadora e imaginativa de una Irina Kouberskaya poseída por la mágica fuerza de los sueños. En este sentido, el universo onírico y poético que la directora rusa es capaz de plasmar a la hora de imaginar una obra, en este caso, alcanza cotas altas, muy altas, pues esta vez en su afán de divertirse y soltar los cabos de sus anteriores montajes dramáticos nos envuelve como solo lo hacen las hadas en un delirante y mágico espectáculo de magia, entendida esta como un teatro del mundo donde la vida, el amor y la fantasía se convierten en la fuerza que mueven a un universo único, por lo esencial que resulta, y necesario, por la autenticidad con la que se nos revela. Es verdad, Erwin es de esos personajes que se quedan dentro de uno para ayudarle a entender la vida de otra manera.

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12065914_10207995307659748_3025777725114378753_nUn redondel de arena que tapa y cierra todos los deseos; anhelos huérfanos de la semilla sobre la que crecer. En ese instante donde el tiempo se detiene, Yerma emula la transición hacia la desdicha que acabará en tragedia. Luz, oscuridad, luz. Baile, danza, miedo, con una luna por testigo. Luna blanca con forma de mujer que se transforma en la perenne vigía de una desgracia. Sí, porque Yerma es la claustrofobia de un deseo. Errática alma de mujer que busca en el lugar equivocado. Las tradiciones, los sueños, la empatía por ser como los demás y la imposibilidad de llegar a serlo llevan a Yerma por otro sendero. Camino plagado de piedras y rutas sin explorar por donde, con el paso del tiempo, nada tiene sentido. Aquí, la desdicha se torna en infortunio, la esterilidad en tragedia y la impotencia en noche oscura. Noche a la que no salva ni una majestuosa luna blanca vestida de mujer. Luna como símbolo de un universo, el de Yerma; luna vigilante y oscura sobre la que se proyectan las sombras de unos personajes que más que bailar, danzan; y que, además, se yuxtaponen y se dicen y se maldicen. Todo al servicio de una causa: la llegada del no nacido; y de una tragedia encerrada por los muros de la tierra de la que nada nace, pues no tiene con qué nacer. Encerrados en las sombras que nos mueven el alma, los personajes de Yerma se ven y se tocan, y lo hacen en la medida que, la barrera de las costumbres se lo permiten, pero también se repelen, porque la realidad es muy distinta al deseo.

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untitledLa soledad admite luz y oscuridad en todas sus manifestaciones. Uno puede estar solo en éxito y el fracaso, el amor y la muerte, la alegría y la tristeza. La soledad admite de múltiples matices, aunque es cierto que su máxima expresión pueda ser la del silencio. No en vano, Eloy Tizón, autor de los relatos que se conjugan en Técnicas de iluminación nos recuerda lo siguiente: “En el silencio nos quedamos al desnudo. Tenemos que hablar con nosotros porque no hay distracciones. Tienes que quitar  todo lo que te estorba y suena en el mundo para escuchar  tus propios sonidos. Un mundo donde te puedes enfrentar a la muerte”. Y a eso se dedica el autor en los diez cuentos que conforman esta recopilación que, al menos, ya va por su quinta edición, lo que nos habla de su notable aceptación por parte de los lectores. Al leer cada uno de las historias de estas Técnicas de iluminación, a uno le queda claro el gran dominio estilístico que posee Eloy Tizón a la hora de plantearnos cada una de ellas, y no solo eso, sino también la destreza de su estructura narrativa y de su lenguaje a la hora de alimentar esa anécdota, ese detalle, que le sirve de excusa al autor para hablarnos de las múltiples expresiones de soledad en el planeta mundo. Bien es cierto que no siempre se lo pone fácil al lector, pues su destreza en el estilo, en ocasiones, le lleva a una estructura en exceso abstracta o difícil de desentrañar (véanse los dos primeros relatos de la recopilación: Fotosíntesis y Merecía ser domingo, o incluso el tercero: Ciudad dormitorio). Sin embargo, cuando Tizón se remanga la camisa y pone todo su potencial como narrador a desentrañar el alma humana de una forma más lineal, lo hace con la maestría de aquellos que saben retratar esa parte del ser humano, el alma, que no se puede tocar. El relato que cierra este libro, Nautilus, es una buena muestra de ello, pues igual que una bofetada de agua fría que nos despertara de un profundo sueño en mitad de la noche, nos sacude todas y cada una de las certezas que pudiéramos tener en nuestras plácidas y ordenadas vidas. Un gran ejercicio de estilo que combina con la profundidad de lo esencial. Esa esencialidad nihilista o soledad progresiva hacia el abismo, se retrata muy acertadamente también en La calidad del aire, donde el protagonista del relato quiere deshacerse de todo lo que rodea para empezar de nuevo.

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20151031_222028El caparazón sobre el que se cubre la intensidad poética de Ricardo Lezón a la hora de componer las virtuosas y líricas letras de sus canciones ayer se hizo, verbo, perdón, carne, en la escasa, por nula, interacción del cantante con el público que anoche llenó la Sala Ocho y Medio de Madrid. Parapetado sobre su guitarra fue desgranando una a una esa lista de grandes hits que posee el grupo vasco, en una hermosa y magnífica secuencia sonora y lírica que hizo disfrutar, a la vez que emocionar, a los allí presentes. Ese silencio que, tantas veces se pidió cada vez que Ricardo cogía la guitarra española hasta que encontraba ese punto de intimidad necesario para iniciar los acordes de sus temas, restaron sin duda ritmo al concierto que, quizá, así hubiese resultado más dinámico, aunque quizá, esa no sea la receta que McEnroe necesita para regocijarse en las melodías de sus canciones, y en este sentido, a buen seguro, todo lo visto ayer sea el formato más plácido y cercano de un grupo que llega como pocos a las entrañas de sus numerosos seguidores. Canciones cantadas a coro, estribillos repetidos alrededor de donde uno se encontraba que mostraban esa necesidad última de compartir sentimientos a través de las palabras que se marcan dentro de nuestras entrañas, y así, hasta donde uno quiera llegar, pues el amor y sus consecuencias, tal y como nos los muestran McEnroe arrasan, y no solo entre las mujeres como ayer pudimos comprobar en vivo y en directo.

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20151031_214734 (1)A pesar de los problemas técnicos con la guitarra del cantante de la banda, Rafa Val, Viva Suecia ejercieron de perfectos teloneros de McEnroe, y lo hicieron plenos de intensidad y ritmo, para de esa forma aprovechar la oportunidad que se les brindó anoche de estar delante de una Sala Ocho y Medio llena hasta la bandera. Guitarras afiladas, oscuras y cómplices que se difuminaron en la noche, pues las calabazas y las brujas remaban contracorriente, pero que, gracias a la música del grupo murciano Viva Suecia, estuvimos a salvo de ellas. Pop-rock progresivo y envolvente que juega con las sombras hasta arrebatar nuestras sensaciones, así fue como los murciano atacaron de frente a nuestros corazones. Viva Suecia arrastran sus notas hasta el infinito con una asombrosa capacidad para acaparar en el escenario ecos y resonancias espectaculares, como si estuviésemos bajo una perfecta cúpula musical, y lo consiguen a través de la limpieza de unas guitarras ataviadas de ecos shoegaze que nos transportan al más allá.

Relatos de ansiedad recubiertos de unas eléctricas guitarras que satinaron con un escueto: ¡buenas noches! En la tercera canción, se mostraron algo más locuaces con un: gracias por venir a apoyar a los teloneros. Os tenemos que dar una buena noticia. Hemos fichado por Subterfuge, lo que se convirtió en la primicia de la noche. A lo que siguió una fría intensidad acoplada a un alarde de sensaciones encontradas y escondidas en la última grieta de nuestros sentidos: «nada es inmortal» nos recordó Rafa Val. Entonces, las guitarras se siguieron elevando, y mucho, hasta alcanzar horizontes arrebatadores, iluminados por la pasión y las resonancias anglosajonas, porque cuando las guitarras cogen el mando, planean muy alto.

Viva Suecia son Rafa Val (voz y guitarra), Alberto Cantúa (guitarra), Jezz Fabric (bajo) y Fernando Campillo (batería), y producen sonidos de altos vuelos que no tienen nada que envidiar al resto de bandas consagradas del indie español, pues lo hacen conjugando verdades y mentiras reforzadas por la bruma del silencio, lo que le llevó Rafa a dejar la guitarra averiada sobre el escenario y asumir con valentía la soledad del micrófono como mejor compañía para salir del paso. Sin duda, Viva Suecia fueron y ejercieron como una gratísima sorpresa, atrapando oscuras y cómplices sensaciones.

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