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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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MOSAICO 22Nos dice Alejandro Valero, autor de la brillante traducción que precede la traducción de John Keats, Odas y sonetos que la Editorial Hiperión publicó por primera vez en 1995 que: «Resulta sorprendente que, después de haber transcurrido doscientos años desde el nacimiento de John Keats, casi nada en España corrobore su breve existencia. Más que nadie, Keats es el poeta del que todos han oído hablar o al que han estudiado en los manuales de enseñanza secundaria, dando por sentada su “genialidad”, sabiendo que es “uno de los grandes”. Pero apenas se deja ver su presencia entre nosotros, no ya con una traducción exigente, sino con su influencia en el quehacer de los poetas patrios. Los pocos escritores españoles que se han acercado a la poesía de habla inglesa han pasado por encima de él sin darse cuenta de su verdadera entidad, centrando su mirada en el romanticismo más esplendoroso de un Blake o en el más sosegado de un Wordsworth, de la mano de un Coleridge más versátil. Sólo el “Adonais” de Shelley, traducido en varias épocas, nos ha recordado a Keats, si bien piadosamente. Pero es que la mayor influencia del romanticismo en España, descartando la primera conexión de Espronceda con Byron, ha venido siempre desde Alemania, sobre todo con la obra de Heine y luego Novalis, Hölderlin y los grandes pensadores de la época.»

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_visd_0000JPG00QKMEl amor tiene múltiples representaciones, y se muestra ante nosotros de diferentes maneras, pero el amor que nos describe Elizabeth Smart en Grand Central Station… es un amor líquido: «Todo lo inunda el agua del amor: de todo lo que ve el ojo, no hay nada que el agua del amor no cubra». Todo fluye en este relato cual río del amor, porque para ella, ese sentimiento posee la cualidad de la licuosidad capaz por sí misma de derribar barreras, adueñarse de todos los territorios sin explorar, o inundar cualquier resquicio de nuestras entrañas hasta llegar a la sangre. Amor cristalino lleno de pureza, pero también amor rojo teñido de sangre. Sangre cargada de la pasión capaz de generar una nueva vida…, sangre de menstruación que significa la pérdida del fruto natural del amor.., y sangre limpia que se derrama a borbotones fuera de las venas para dejarnos sin nada. En Gran Central Station… representa la suntuosidad del amor, pero también, el viaje de libertad y dolor que Elizabeth Smart inicia cuando se enamora del poeta George Barker sin conocerle. Su exploración del otro es la posibilidad de proyectar la literatura dentro de la propia vida. Y ella lo hizo cargada de la sinrazón del que cree en sí mismo y en su destino. «El amor es fuerte como la muerte», y ese axioma que reclama en numerosas ocasiones a lo largo de esta novela escrita en prosa poética, es el que la llevó a hacerlo sola y a solas frente al mundo y las convenciones sociales de una época que todavía no estaba preparada para asumir tales retos en la búsqueda de la propia identidad que, además, tienen su representación material más allá de los recuerdos, pues la escritora canadiense los convirtió en novela. A día de hoy, En Gran Central Station… está considerada como un clásico de la literatura, y uno de los hitos dentro de lo que se ha dado en llamar como literatura feminista, pues se encuentra en ese doloroso Olimpo junto a títulos como: Jane Eyre de Charlotte Brontë, Ancho Mar de los Sargazos de Jean Rhys, Al despertar de Kate Chopin, o Una habitación propia de Virginia Woolf. Y quizá haya pasado a la historia de la literatura como un clásico, porque en esa batalla contra el mundo y contra sí misma, Elizabeth Smart asumió el mayor de los riesgos: difuminarse en el devenir de sus días aún a riesgo de perder su faceta creativa, lo que sin embargo no la desanimó para hacer frente a su reto de enarbolar el amor incondicional hacia la persona amada: «El veneno se ha infiltrado en mi sangre. Estoy de pie en el borde del acantilado, pero el fututo ya está hecho». O la condena que lleva implícita su ilícito deseo: «No hay nada que hacer sino agacharse y recibir la cólera de Dios». «La trampa se ha cerrado y yo estoy en la trampa». Porque nada fue igual cuando mucho tiempo después intentó retomar su faceta como poeta y escritora.

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panorama_222x222Arthur Miller retrató como nadie esa impostura de felicidad con la revestimos a nuestras vidas, lo que le hizo alejarse de una forma consciente del way of life o sueño americano. Quizá, tenga que ver en todo ello, la amargura vital que le visitó en diferentes etapas de su existencia, lo que le obligó a alejarse de sus sinsabores a través de lo que los creadores llaman como otra vida; otra vida que derramó en las conciencias de sus personajes. Dicen que, cuando escribió esta obra de teatro, Panorama desde el puente —que le valió su segundo Pulitzer tras Muerte de un viajante— se produjo el final de su amistad con el director de cine Elia Kazan, quien lo delató por comunista ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Un asunto, el de la delación que está muy presente en esta obra, pero no sólo éste, porque además hay que añadirle que en aquella época el dramaturgo inició su romance con Marilyn Monroe, lo que llevó aparejado su divorcio y la posterior boda con la actriz. Un matiz, el del amor clandestino que también aborda en esta obra dramática. Así, el buen hacer como autor de teatro de Arthur Miller —donde una vez más nos sitúa en la tesitura de la honestidad con uno mismo y con los demás—, es puesto en cuestión, sobre todo si los confrontamos con su vida privada. Una aptitud ésta, con la que Miller fusiona realidad y ficción, y que además le sirve para moldear de nuestra moral y nuestra conducta, para con ello, dar algo de paz a nuestra conciencia —y de paso a la suya—. El problema de este axioma, sin embargo, es que el universo que nos creamos, y en este caso concreto, el de un estibador del puerto de Nueva York, no nos va a dar para lanzarnos en un cómodo colchón de plumas sobre la felicidad, sino que más bien, ese viaje va a resultar más parecido a lanzarse con un coche sin frenos por una pendiente que acaba en un grueso muro que tiene escrito en grandes letras la palabra: muerte.

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Comienzos atmosféricos que tratan de atrapar espacios vacíos, y que poco a poco, rompen las guitarras con su sonoridad destructiva. Ritmos de canciones que aumentan los territorios alegóricos preñados de tics que buscan la profundidad de lo imposible. Despertares evanescentes de sueños placenteros. Verbalidad sonora que nos atrapa en círculos concéntricos. Intuiciones perversas contra un sol imaginario que humedece el último sentido de nuestra excitación para más tarde devolvernos a la desdicha diaria: muda y solitaria. Notas que vibran bajo las cuerdas de unas guitarras y sus resonancias y ritmos pop-rock. Palabras incandescentes y distorsiones que mueren como sólo lo pueden hacer los héroes que caen en el campo de batalla… Así vimos a Noise Box en su segunda puesta de largo de su último e impronunciable trabajo llamado Every picture of you is when you were younger. Aspavientos de una juventud arrolladora que transita por las peripecias del tiempo, y que han mutado en imágenes donde el amor y sus consecuencias posan libres y arropados por la incandescencia de los sueños. Noise Box, arrasa y arropa a la vez, las melodías que componen, pues sus canciones se abaten sobre nosotros zigzagueando entre toboganes sonoros que nos transportan a la arena de una playa imaginaria, cálida y acogedora, como sólo lo es la primera luz del día. Sonidos esclarecedores como pocos, limpios y arrebatadores, que se conjugan en una secuencia premeditada de curvas y contra curvas que nos desplazan sin miedo por el terreno de lo imposible, pues imposible es soñar con aquello que en verdad deseamos, y que no somos capaces de explorar por el miedo que tenemos a equivocarnos. Exploradores de esas texturas sonoras que van del pop al rock, pasando por el shoegaze, el brit-pop más fresco o el pop más oscuro y evanescente, el grupo murciano  repasó, sin miedo, y con muchas ganas, su último trabajo hasta la fecha; un trabajo que de una forma singular, limpia, cercana y directa tuvimos la ocasión de disfrutar en el programa de Radio3, Hoy empieza todo, con un par de temas en acústicos que nos pusieron sobre la pista de Jesús, Bienve, Helios Luis y Alejandro (sustituido en este concierto por el primer batería de la banda debido a una lesión en la pierna de Alejandro). Y hasta aquí el antes.

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IMG-20170210-WA0012Hacía frío, llovía y la sensación era la de un día desapacible, lábil, escurridizo. Corríamos a la salida del metro para no llegar tarde a la cita, mientras nos preguntábamos cuánto tiempo hacía que nuestros pies no pisaban esas calles. Y recordamos que tiempo atrás, un poco más abajo, en la misma calle Ave María, estuvimos presentando el primer libro —en este caso individual— de otro autor catalán. A medida que nos acercábamos y nuestras gafas se iban llenando de las incómodas gotas de lluvia, también rememoramos aquella otra tarde, en la que Eugenio Asensio presentó su novela Tiza, lejos de allí, en otra librería de la capital. Recuerdos, todos, que no hacían sino obligarnos a transitar por las coordenadas de un tiempo que jugaba con nuestros recuerdos. Atravesar esa barrera, en este caso, era fácil, pues era rememorar buenos momentos, como buenos momentos fueron los que vivimos el pasado viernes en la librería El dinosaurio todavía estaba allí…, en la presentación del primer libro de relatos del Club Marina titulado, Los días lábiles, en el que sus nueve componentes aceptaron el reto de escribir un relato que transcurriera en el espacio temporal de 24 horas. Y Eugenio, Amanda, Jorge, Mercedes, Javier, Herminia, Mariela, Susana y Pedro así lo hicieron. Lo que años atrás comenzó siendo  un club de lectura, el paso del tiempo ha transformado en un club de escritores que ya tienen planeado sacar la segunda recopilación de relatos para el Sant Jordi del año 2018. Aunque todavía quede mucho para esa fecha, una de las cualidades que nos quedó clara en la presentación de este libro de relatos, es el dominio tan particular que sus componentes tienen del tiempo. Un dominio que podríamos tildar como de la otroredad del tiempo, pues otroredad es todo aquello que se ciñe al descubrimiento del otro, como otro, sin duda, es el concepto del espacio tiempo de estos nueve autores, que son tan distintos, que ponen sus trabajos en común para darles la última forma con la que acabarán impresos. Palabras tan poco comunes en la literatura española actual como: libertad, democracia, puesta en común, tormenta de ideas o crítica constructiva —no confundir con buenismo— se entrecruzan en la visión de este Club Marina, que nace con la necesidad de la expresión dual, plural y poliédrica que todo movimiento artístico al uso debe tener o atesorar.

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