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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Sección: Teatro

panorama_222x222Arthur Miller retrató como nadie esa impostura de felicidad con la revestimos a nuestras vidas, lo que le hizo alejarse de una forma consciente del way of life o sueño americano. Quizá, tenga que ver en todo ello, la amargura vital que le visitó en diferentes etapas de su existencia, lo que le obligó a alejarse de sus sinsabores a través de lo que los creadores llaman como otra vida; otra vida que derramó en las conciencias de sus personajes. Dicen que, cuando escribió esta obra de teatro, Panorama desde el puente —que le valió su segundo Pulitzer tras Muerte de un viajante— se produjo el final de su amistad con el director de cine Elia Kazan, quien lo delató por comunista ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Un asunto, el de la delación que está muy presente en esta obra, pero no sólo éste, porque además hay que añadirle que en aquella época el dramaturgo inició su romance con Marilyn Monroe, lo que llevó aparejado su divorcio y la posterior boda con la actriz. Un matiz, el del amor clandestino que también aborda en esta obra dramática. Así, el buen hacer como autor de teatro de Arthur Miller —donde una vez más nos sitúa en la tesitura de la honestidad con uno mismo y con los demás—, es puesto en cuestión, sobre todo si los confrontamos con su vida privada. Una aptitud ésta, con la que Miller fusiona realidad y ficción, y que además le sirve para moldear de nuestra moral y nuestra conducta, para con ello, dar algo de paz a nuestra conciencia —y de paso a la suya—. El problema de este axioma, sin embargo, es que el universo que nos creamos, y en este caso concreto, el de un estibador del puerto de Nueva York, no nos va a dar para lanzarnos en un cómodo colchón de plumas sobre la felicidad, sino que más bien, ese viaje va a resultar más parecido a lanzarse con un coche sin frenos por una pendiente que acaba en un grueso muro que tiene escrito en grandes letras la palabra: muerte.

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La-Velocidad-Cartel-1-255x361La búsqueda de la libertad o de la belleza, no conoce el sentido en el que avanzan las agujas del reloj, porque esa alma limpia y libre que nos acoge lúcida y brillante en nuestra juventud en lo más profundo de nuestro ser, y a la que con el paso del tiempo denominamos locura, no es sino la necesidad de seguir viviendo en el mundo que nos hemos creado cada uno de nosotros a lo largo de nuestras vidas. Cuando intuimos el final, sin embargo, nos aliamos con esa visión del mundo que nada más entiende de las ilusiones perdidas; unas ilusiones por las que todavía nos sentimos capaces de luchar por mucho que el resto de la humanidad no las comparta o ni tan siquiera las entienda. El único acierto del texto de Eric Coble, quizá esté ahí, en desdramatizar el fin de la vejez, y plantearlo a través de la victoria de la madurez sobre las arrugas del tiempo. En esa intencionalidad tan vital de la anciana de 81 años —estupendamente interpretada por Lola Herrera— es donde se salva el texto de La velocidad del otoño que, sin embargo, en líneas generales es un texto flojo por lo plano, y conformista por lo previsible que nos resulta en demasiadas ocasiones. Un debe que se traspone en haber, gracias a las interpretaciones tanto de Lola Herrera como de Juanjo Artero, pues ambos juegan sobre el escenario a mostrarnos la complicidad de dos soñadores que va más allá de la que pueden mantener como madre e hijo —que también— El pasado, los recuerdos y la necesidad del amor y la comprensión, son las herramientas con las que Alejandra y Cris llegarán a un punto de encuentro invencible, pues su unión, no es sino la de dos almas gemelas que, a medida que transcurre la obra, se fusionan en una complicidad cuyo objetivo final no es otro que la innata persecución de la felicidad que a todos nos acoge. Alejandra y Cris, Lola Herrera y Juanjo Artero, son dos almas gemelas que no dudan en aparcar la realidad que les rodea, para sumergirse en un mundo idealizado por ambos, lo que les llevará por las frondosas tierras del mundo del arte y la belleza, un proceloso terreno en el que volcar sus temerosos espíritus, pues ambos están muy necesitados de cariño y de comprensión. Ese viaje que les lleva a los dos personajes —madre e hijo— a dejarse llevar por la senda de los sueños, es la mejor muestra de que la falta de un objetivo por el que luchar en la vida nos deja anclados en las fangosas tierras de la incomprensión y la mediocridad. Leer más…

la-clausura-del-amor-1Un suelo blanco e impoluto. Un techo negro moteado de fluorescentes que, en vez de estrellas, se asemejan a lágrimas luminosas que cuelgan de una, inexistente ya, cúpula de los deseos. Y una línea diagonal imaginaria que se comporta como una goma, también imaginaria, que les sirve a los actores de unión y lejanía de sus cuerpos, de su rabia, de su desamor… Dicen que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, pero en este caso, esa línea se ha inclinado por la omnipresencia del miedo que producen las rupturas. Verbo alto frente al miedo. Fuerza sin épica. Desamor exento de valor. Alegorías de una noche que no quiere ver más veces el mañana. Filosofía del desamor desnuda del poder de la magia del propio amor: ausente, herido, perdido… Lo primero que habría que advertir de este montaje es la férrea postura de su carácter dialéctico, pues es mediante las palabras —con las que se construye esa barrera teorizante de un amor dialéctico—, a través de las que se nos instala en el abismo de las habitaciones vacías. La clausura del amor de Pascal Rambert es un texto obsesivo que se nos presenta en forma de monólogo; un monólogo que se disecciona en dos, como tantas veces ocurre en la vida: el primero de ellos es el utópico, que representa muy bien el actor Israel Elejalde; y el segundo es el más humano que defiende como una heroína Bárbara Lennie. Así, desde este despiadado juego de las verdades y mentiras unidireccionales, como también lo son los recuerdos, se intenta buscar la incomodidad del espectador, pues quizá no haya nada más sórdido que ser testigos directos de una ruptura, sin embargo, con el paso del tiempo y del parlamento inicial, vamos percibiendo que ese despellejamiento está sustentado en un texto utópico sobre el amor. Texto teorizante que, en no pocas ocasiones, parece una tesis doctoral sobre el asunto. Y aquí, dejándonos llevar por nuestros recuerdos vamos en busca de Edward Albee y su brillante ¿Quién teme a Virginia Woolf? —inolvidables en su respectivas interpretaciones tanto Elizabeth Taylor como Richard Burton—, o de la misoginia punzante de los textos de August Strindberg, sin olvidarnos de la crudeza de Sam Shepard en su obra Locos de amor, porque quizá, al texto de La locura del amor le haría más víscera no verbal, pues no se trata únicamente de elevar el tono de la argumentación, ya que hoy en día, así no se puede conseguir que los demás te den la razón. Menos mal que en la segunda parte de la función, en el parlamento defendido por Bárbara Lennie, aún queda espacio, por parte del autor del texto, para darle cabida al mundo real, ése que transcurre bajo la carcasa —de la piel, de las venas y de los huesos— a la que se hace referencia en varias ocasiones a lo largo de la obra, pues ésa, sin duda, es la gran fragmentación de la función —junto con los larguísimos monólogos—, la barrera de las palabras que impregnan al texto de una cierta lejanía, porque La clausura del amor, así a secas, es precisamente eso, la construcción de barreras a través de las palabras del desamor.

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vivocantandofechasHubo un tiempo, que el Festival de la Canción de Eurovisión, formaba parte de esas citas anuales donde las familias, entorno a un pequeño televisor todavía en blanco y negro, hacían sus propias apuestas acerca de qué canción y de qué país, era la ganadora del certamen. Al principio, despuntaron grandes clásicos como: Francia, Gran Bretaña o la inolvidable Italia, pero el transcurrir de los tiempos nos trasladó hacia el norte de Europa con Suecia y Abba como máximos representantes de la fuerza que en su momento tuvieron las canciones y los grupos que participaban en él, pues sin duda, era el mejor pasaporte que existía de cara a conseguir un sonado triunfo en el mundo de la música a nivel mundial. Aquellos primeros festivales se celebraban en fechas cercanas a la Semana Santa, donde las condiciones climatológicas de nuestro país —porque entonces sí, entonces sí llovía y hacía frío cuando tocaba—, propiciaban al recogimiento en la noche del sábado como mejor forma de expresar un sentimiento: el de un país que se siente orgulloso de serlo y de quien lo representa, y de una forma de ocio, tan distinta a la actual, pero tan cercana a esa parte de nosotros mismos que muchas veces nadie conoce, como son los sueños. Haciendo un poco de historia, El Festival de Eurovisión del año 1969 se celebró en el Teatro Real de Madrid y fue presentado por Laura Valenzuela, arrojando un resultado final que antes nunca se había producido, al registrarse un cuádruple empate entre España, Inglaterra, Holanda y Francia, y al que los telespectadores españoles asistieron atónitos a través de los comentarios del inolvidable José Luis Uribarri. Y es en este sentido, en el de ahondar en la necesidad de hacer realidad un sueño, en el que el grupo teatral El Tercer Acto (bajo la idea original de Javier Torres Juan), ha situado su nuevo musical que, aparte de nuevo, es distinto, porque es original y no adaptado. El musical Vivo cantando que, nos transporta al Festival de Eurovisión del año 1969 que se celebró en Madrid, es el relato de un sueño, un sueño que comienza en un pequeño pueblo andaluz, y que tras diversos episodios y tramas, nos lleva hasta ese deseado día en el que es posible que los sueños se hagan realidad, porque es de esa argamasa de la que está hecha y con la que está moldeada esta comedia musical, que hermana de una forma sencilla el pasado y el presente, a los padres que un día fueron niños en los sesenta y a sus hijos, porque, en definitiva, Vivo cantando es una perfecta fusión de épocas, estilos e intenciones para disfrutar en familia. Un objetivo que, desde el Colegio Menesiano se viene consiguiendo año a año y musical a musical de una forma admirable.

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la rosa de papelNos dice la directora de este montaje de la obra de Valle-Inclán que: «Reconocer la fealdad abre el camino a la sensibilidad y a la belleza», y no le falta razón a Irina Kouberskaya, porque la carga de crueldad, egoísmo y avaricia es enorme en cada uno de los personajes de esta pieza teatral que forma parte del Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte del autor gallego. Ellos, representan como nadie, ese reflejo oscuro del alma humana, un reflejo que, sin embargo, nos lleva hasta la fealdad que nos deposita en la verdad del alma. Como decía el personaje de Luces de bohemia, Max Estrella, para definir al esperpento: «una tragedia que no es tragedia», y es cierto, porque los personajes de La rosa de papel nos muestran todo aquello que, siendo intrínseco al ser humano, en demasiadas ocasiones intentamos esconder, ese quizá sea uno de los grandes aciertos a la hora de descubrir una vez más al gran público este melodrama de marionetas, pues el mundo se desmorona a marchas forzadas en demasiadas ocasiones sin que apenas nos demos cuenta de ello. La fealdad y lo grotesco, el horror y lo lírico se dan la mano en un juego de contrarios que nos llevan de viaje por una senda en la que se aúna lo poético y lo salvaje, mostrándonos de nuevo, ese ambivalente juego de reflejos entre los espejos que conforman el alma humana. Tal y como se recoge en muchos de los estudios que se han realizado de la obra de Valle-Inclán, él utilizó el esperpento como una herramienta crítica, y como un retrato deformado de la sociedad y los personajes de su tiempo. Esa fue su forma de gritar contra el horror decadente que le tocó vivir, como en esta ocasión y en cada uno de sus montajes hace Irina, pues nos somete a ese proceso de introspección y reflexión sobre aquello que en realidad soñamos ser y lo que en verdad somos, en una mágica propuesta entre realidad y ficción que de la mano del dramaturgo gallego nos traslada a ese otro mundo de voces y meigas, de oscuridad y nieblas, de aguardiente y muerte en el que el costumbrismo más ancestral parece sacado de un cuento de brujas más próximo al surrealismo que a otra cosa.

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