civiNova.com

La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
 Suscríbete: Rss 2.0  Rss  Atom

Sección: Relato

Las hojas de mi memoria juegan añorando tu mirada, engañando al aura de tu presencia para que no abandone mis más íntimos anhelos. Las dos son testigos de un poder infinito y milenario.

Mi esperanza navega entre tus recuerdos. Te busca sin desaliento en las calles de Pamplona. Entre balcones y portales que me dicen que un día estuviste allí. Con tu pañuelo rojo anudado al cuello y tu camisa blanca desabrochada. Jugando a adivinar de que estaba hecha tu alma.

Fuimos amantes sin palabras. Fantasmas errantes en busca de un deseo. Aventureros que soñaban con alimentar un cómplice secreto.

Corríamos desafiando a nuestra buena suerte. Como gladiadores al final de la batalla. Pero nuestros destinos se resquebrajaron. Entre corredores dichosos y toros despistados. Imploré tu presencia a los dioses. Les pedí auxilio y sosiego para un hombre perdido. Y todo se desvaneció de pronto. La fiesta no era fiesta, y tu pañuelo rojo ya no estaba a mi lado.

En unos días todo comenzará de nuevo. Imploraré la leyenda de los sanfermines. Te buscaré con la demencia de los enamorados. Entre pañuelos rojos y camisas blancas. Deteniendo a mis recuerdos para nutrir a mi memoria de otra falsa esperanza.

LOS RELATOS EN OTOÑO

[20 Noviembre 2009]

Los relatos en otoño se encuentran atrapados por los recuerdos del verano. Intentan poseer los últimos atardeceres plenos de luz y los felices momentos que engendran. Si nos parásemos a mirarlos, veríamos que se asemejan a las hojas que yacen en el suelo y que desprenden reflejos dorados cuando la última luz de la tarde trata de iluminarlas. No nos damos cuenta, pero sus destellos están llenos de sabiduría.

Los relatos en otoño buscan certezas en las que ampararse, y así, sentirse seguros ante la próxima ausencia de vida. Lo malo de encontrar es que hay que seguir buscando. Ellos lo saben muy bien, y por eso anidan en nuestros recuerdos y se nos acercan cuando creemos que ya no nos pertenecen. Vienen, se detienen y se van, dejándonos huérfanos de pasión.

Los relatos en otoño engendran encuentros huidizos y contactos aletargados. Dentro de ellos, nuestros deseos apenas se entrecruzan y huyen en busca de algo más verdadero y consistente. Sin embargo, no caen en el desaliento y siguen buscándonos. Se empeñan en apoderarse de nuestro recuerdo más íntimo, le acunan para que no se sienta solo y perdido; son tan generosos que le nutren de esperanza.

Los relatos en otoño expresan deseos que se harán realidad. Aletean sobre nuestras vidas de una forma caprichosa; son como una espiral en el camino que siempre terminan en un invierno frío, autoritario y desolador.

El final de los relatos en invierno huye de su propio destino. Pide perdón por no tener mayor destreza. Sabe que contiene historias enfrentadas y atormentadas, que en el fondo sólo están vacías. Son historias que se asemejan demasiado a la rutina diaria; fría, solitaria y desposeída de todo encanto.

A los relatos en invierno, les atenaza un dramático destino del que nadie sabe librarlos. Un destino al que los demás dotan de altas dosis trágicas, y donde aquello que se quiere se acaba perdiendo. Si alguien los conociera de verdad, sabría que ellos se resisten a tener un final de estilo gótico, lleno de color negro hasta las entrañas. Sí, ellos poseen un final, pero en nada se parece a terminar como un muerto en un ataúd.

El final de los relatos en invierno, anhela mayores dosis de luz y de color, como nosotros anhelamos más paz interior y más felicidad. Todos anhelamos lo que no tenemos y ellos también lo hacen.

Los relatos del invierno están llenos de una blancura atormentada que nos quiere decir lo mal que se sienten. Su falta de expresividad está llena de signos que no nos atrevemos a descifrar. Sueñan con encuentros imposibles que sólo pertenecen al más profundo de sus deseos.

A veces en invierno, el final de los relatos cae en un negro sin matices, donde todo es lo que parece. Donde nadie escapa a la fuerza que le arrastra hacia el abismo. Pero peor que el fracaso es la soledad, y en el fondo, nadie quiere quedarse solo.

El final de los relatos en invierno no es dueño de sí mismo. Algo le impide detener su final. Un final que le da miedo. No quiere que con el paso de los días, los rayos del sol se apoderen poco a poco de su fuerza. Él sabe que su secreto es un tesoro que un día será desvelado. En el fondo, comprende mejor que nosotros su efímera vigencia.

Los relatos del invierno poseen un final heroico, porque odian caer en el más profundo de los olvidos. Allí donde no hay luz y no hay vida. Pero saben que si vencen a su destino, su tímido encanto caerá ante los primeros rayos del sol en primavera.

Esta vez, corría peligro. Y lo sabía.

Los horarios, en aquella ocasión, no le eran favorables. Sus tres amigas de clase, que después del badminton, se hubieran ido con ella en el coche de la madre de una de estas, no habían podido asistir. En qué momento decidió ella ir a la actividad extraescolar, arriesgándose con ello a recorrer, sola, el camino desde la salida del colegio a la parada de autobús.

Llevaba un rato caminando, y el colegio “Sierra Blanca”, perteneciente a la Obra de Escrivá de Balaguer, quedaba ya un poco atrás. De nada servía la disciplina y la férrea actitud de sus maestras, si luego, al salir a la calle, una podía ser violada o secuestrada por “los salvajes”.

Por esos adolescentes lujuriosos que se escondían tras los matorrales y la deseaban, en secreto, y no tardarían en abalanzarse sobre ella a la mínima ocasión.

Restaba menos para la parada del autobús, y la sombra que se comenzaba a cernir sobre ella no debía ser sino la puesta de sol.

Se encontró al primero de frente.

Era un individuo de un metro y setenta centímetros, más o menos. Babeaba, como sus compañeros, que ya se acercaban desde lejos. Serían cuatro. O cinco. Iban a secuestrarla, a violarla como mínimo.

No quería hacerlo. Era su secreto, el consejo que su madre, enfermera aunque con derecho a la objeción de conciencia, le había confiado aquella noche tormentosa -¡utilízalo solo cuando sea necesario!-.

Ya la estaban tocando. Uno le tiraba de los pelos mientras el resto trataba de mirar por debajo de su uniforme escolar. El autobús no iba a llegar nunca.

Se armó de valor. La virginidad es una virtud, y perderla forzada sería, además de una deshonrra, un suicidio. No quería acabar como aquellas chicas desaparecidas, pertenecientes al mismo colegio que ella, incluso a su propia clase.

Cogió dos o tres del bolso, le sudaban y temblaban terriblemente las manos. Su rostro mostraba a una adolescente aterrorizada, que miraba, con temor, lo que tenía en la mano.

Le quemaban.

La primera píldora del día después golpeó a uno de los chicos salvajes en la cabeza. Inmediatamente, el muchacho fue encogiendo, hasta convertirse en un nasciturus, y desintegrarse.

El resto de los chicos no daba crédito a lo que ocurría.

La chica todavía tuvo tiempo de lanzar la otra pastilla mortal al que tenía más cerca. Las heridas que el hecho de cogerlas y sujetarlas le habían producido en la mano terminarían por cicatrizar, pero ya sangraban abundantemente.

Al ver desaparecer al segundo nasciturus, los dos chicos restantes corrieron, aterrorizados y propalando gritos que parecían venir desde el centro de la tierra. Uno de ellos moriría de miedo esa misma noche, y el otro no recuperaría nunca la cordura.

Más tranquila -no voy a vomitar-, pero cerca de un colapso, la joven púber avistó un taxi. Tenía, además, suficiente dinero, para este tipo de ocasiones. Trató de dar la mejor impresión al taxista, no quería preguntas.

Dieciocho minutos después, llegó a su casa. Solo su madre advirtió las manchas y la herida en la mano de su hija.

- No debiste ir sola, le espetó, preocupada.

Sus miradas se cruzaron, mostrando, al final, una pequeña sonrisa de ambas. El arma mortal había surtido efecto.

Era la hora de cenar.

Langostinos

[9 Mayo 2009]

Relato extraído del libro Mala Málaga

Noche en el Florida

Noche en el Florida

Caminaba despacio, beodo, las esquinas de la ciudad iban torciéndose hacia el infinito y la cabeza, a cada momento, me daba más vueltas. Así, con el regusto resacoso del vinillo, cada noche volvía a mi casa: un museo de la mugre con vocación de hogar solitario y solterón.
 
Abría la puerta crujiente, y el gato me miraba indiferente en su feliz felinidad. La humedad se descorría por las paredes, y los posters y las litografías de Picasso y Pollock colgaban suspendidas de una humilde chincheta. Por mi hogar del centro de Málaga tiempo hacía que no pasaba nadie; las visitas, escasas, tenían la corporeidad de una factura telefónica impagada o una citación judicial. Hacía más de dos meses que me habían despedido de la revista y la sombra del paro vigilaba mis pulsos.
 
Era un detritus humano que paseaba entre los orines de mi barrio. Aspiraba el fresco de la noche desde el balcón de mi estudio y sólo la fragancia almidonada del rancio llenaba mis pulmones. Marta ya no llamaba, se había llevado su divinidad rubia de nuestro piso y todo tenía ya pinta de fin prematuro. Una rala claridad alopécica se apoderaba de mi cráneo, antes hermoso, la tripa me crecía imparable y deforme, y la barba espesa me clareaba canas anticipando el sol decrépito del fin de los treinta.
 
Me había abandonado Marta. Se había ido con un fotógrafo argentino que la sedujo el día que presentamos mi poemario. Los vi, entre canapés, coqueteando en la amplitud blanca del Ateneo. Yo firmaba libritos de versos, y ellos, edulcorados, componían un cortejo que me espantaba. Allí estaban los dos, dialogando sobre poesía y destinos exóticos; ella con su traje de noche ceñido, bien escotado, y él, porteño y cabrón, sosteniendo la cámara como en una evocación netamente fálica que la sumía, ¡tan bella!, en un rumor de voces e hielos. Para torturarme, el destino alargó el cóctel posterior a la presentación de mi poemario -pudiera ser que póstumo-, y entre las cabezas de los amigos oteé que seguían riéndose, ajenos a mí, en la distancia de espacio y tiempo que precede al sexo prohibido y furtivo.
 
Se reía Marta. El champán regaba cada célula de su cuerpo y ya veía incluso al fotógrafo argentino como un galán de culebrón que la llevaba, en volandas y desnuda, hacia un lecho tropical. Los dos, iluminados por esa felicidad maldita que sólo ven los triunfadores, mantenían una divertida charla que poco a poco iba pasando a los toqueteos nerviosos.
 
Puede ser que la charla en el cóctel se alargara demasiado, y que uno, comprensiblemente enojado, bebiera más de la cuenta. No lo recuerdo. Sin embargo, cuando pienso en esa noche me veo en tercera persona, reventándole la Canon al maldito fotógrafo y con una botella en la mano contemplando, moderadamente feliz, cómo lloraba por su cámara mientras un hilillo de sangre recorría su rostro aniñado.
 
Marta, con la superioridad moral de las putas infieles, me llevó a casa en su coche mientras me juzgaba con los peores adjetivos que el castellano tiene. Dijo que me abandonaría, que el espectáculo que había formado era vergonzoso y que no la volvería a ver. Yo me reía y palpaba su escote mientras el coche se acercaba en el corto paseo al portal de mi casa.
 
Se despidió de mí y quise besarla; saborear por vez última el dulzón perfumado de sus labios. Como en un acto reflejo, abofeteó mi rostro y no pude hacer más que manosear, por última vez, eso sí, un trasero prieto que desaparecía en la nebulosa del deseo y la historia.
 
Quede constancia que aquella noche, despejado los efluvios del mal champán de la “party”, paseé sin tiempo por las calles del centro. Hacía frío en aquel jueves de diciembre. La humedad calaba hasta el tuétano de un cornudo, y la ciudad presentaba un aspecto londinense. El vaho diluía el horizonte en niebla y, de repente, como en una plaga bíblica, comenzó a nevar. Los copos, extraños, caían con una virulencia atroz, tan atroz que, en cuestión de minutos, blanquearon la extensión de calle Larios. La tormenta no cesaba, la nieve se acumulaba en los tejados y mi gato, seguramente, estaría asomado al cristal del ventanuco, riéndose, el muy condenado, por creer que esa noche me congelaría (…) MÁS EN TU LIBRERÍA. PIDE TU EJEMPLAR DE MALA MÁLAGA

Sobre civiNova

Revista digital, red social, creación y
hosting de webs culturales.
ISSN 1989 - 5658
Contacto: redaccion (arroba) civinova.com

Twitter