
Cuando dejé a Vargas la ciudad del cauce bullía de vida. Decenas de personas, hombres en su mayoría, charlaban reunidos en pequeños grupos frente a las puertas de aquellos fríos y míseros hogares de aspecto extrañamente acogedor. En las caras de todos ellos se adivinaban la resignación, la duda, el miedo incluso, pero en ninguno percibí tristeza. Es curioso como la percepción cambia las cosas. Con gusto les hubiera regalado parte de esa tristeza que a mí me sobraba aunque supongo que eso hubiera sido cruel por mi parte. Ya tenían suficiente con lo suyo. Muchos de aquellos individuos me saludaron conscientes de con quien había estado hablando, ahí abajo Vargas era un hombre respetado y las noticias volaban. Además, tampoco era la primera vez que se me veía por allí. Me detuve a charlar con tres de los hombres de Vargas, viejos conocidos de la guerra. Las guerras son odiosas, eso no lo discuto, tanto que su mero recuerdo produce nauseas, pero si uno sabe sacarle partido una guerra es el lugar idóneo para conocer gente y hacer amigos. La extraña camaradería que surge entre veteranos es distinta a todas las demás, creo que es cosa de la ira, la vergüenza y las pesadillas que le reconcomen a uno tras la guerra; necesitas compartir toda esa basura de la que no te puedes librar con alguien que te entienda y que no te mire como si fueras un monstruo o un bicho raro. Con alguien que no sienta lástima, repulsión u odio por ti. Esas cosas, lo que uno sufre y hace en el frente, generan y alimentan unos vínculos difíciles de romper. Casi eternos. Unos vínculos peligrosos en depende qué casos. El respeto de aquellos tres hombres hacia Vargas venía de la guerra, lo mismo que su trato para conmigo. Lié cuatro cigarros que nos fumamos envueltos en un silencio salpicado de breves conversaciones hasta que un individuo se acercó a nosotros notablemente excitado. La llegada del mensajero vino precedida por una creciente inquietud que se extendió por el cauce y muchos de los hombres que hasta ese momento habían disfrutado del frescor de la noche se escabulleron rápida y silenciosamente, como topos regresando a sus madrigueras ante la presencia de un depredador. El recién llegado nos comunicó que un par de hombres, seguramente miembros de la Brigada de Información Social, avanzaban por el cauce con intenciones nada buenas. Como ya he dicho ahí abajo las noticias vuelan y desde el mismo momento en que los dos policías pusieron un pie en el río la alarma se extendió entre los chabolistas. No es probable que vinieran a por mí pero nunca se sabe, así que di media vuelta dirigiéndome hacia el Puente del Real para volver a la ciudad que mejor conocía, la de arriba.
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