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	<title>civiNova.com &#187; Relato</title>
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	<description>La ciudad de la cultura</description>
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		<title>Maupassant. Cuentos completos</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Jan 2012 13:42:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Santos Domínguez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Destacados]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[Reseñas]]></category>
		<category><![CDATA[Santos Domínguez]]></category>

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		<description><![CDATA[Guy de Maupassant.
Cuentos completos.
Edición y traducción de Mauro Armiño.
Páginas de Espuma. Madrid, 2011.
En dos espectaculares volúmenes en tapa dura con estuche, Páginas de Espuma publica  por primera vez en español la totalidad de la narrativa breve de Guy de  Maupassant, en una edición preparada y traducida por Mauro Armiño.
Maestro  de la narrativa [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><a href="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2012/01/Maupassant.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-4195" title="Maupassant" src="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2012/01/Maupassant.jpg" alt="" width="300" height="288" /></a>Guy de Maupassant.<br />
<em>Cuentos completos.</em><br />
Edición y traducción de Mauro Armiño.<br />
Páginas de Espuma. Madrid, 2011.</div>
<p style="text-align: justify;">En dos espectaculares volúmenes en tapa dura con estuche, <em><a href="http://paginasdeespuma.com/">Páginas de Espuma </a></em>publica  por primera vez en español la totalidad de la narrativa breve de Guy de  Maupassant, en una edición preparada y traducida por Mauro Armiño.</p>
<p style="text-align: justify;">Maestro  de la narrativa breve y la palabra justa, Maupassant (1850-1893) es  para muchos no sólo el más actual de los narradores naturalistas, sino  uno de los mejores escritores de relatos cortos de la historia de la  literatura.</p>
<p><span id="more-4192"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Junto con Poe y con Chejov, al que enseñó –como  explicaba Harold Bloom- a representar la banalidad en sus cuentos,  Maupassant forma parte de la trinidad de autores fundamentales de la  narrativa breve decimonónica. Cada uno de ellos, desde su propio ámbito  temático, con diferentes miradas y con su propia tonalidad personal,  desempeña un indiscutible papel fundacional en el cuento del siglo XX.</p>
<p style="text-align: justify;">La espléndida edición de <em>Páginas de Espuma</em>,  ilustrada con abundante material gráfico de la época, se organiza en  dos volúmenes que recogen 303 relatos: desde 1875 hasta 1884 los del  primer tomo y desde 1884 hasta 1891 los del segundo.</p>
<p style="text-align: justify;">Entre <em>La mano disecada</em> y <em>El buhonero</em>, desde <em>Bola de sebo</em> hasta <em>Las tumbales</em>, pasando por obras maestras del género como <em>La casa Tellier</em>, <em>Mademoiselle Fifi</em>, <em>Coco</em>, <em>El collar</em> o <em>El Horla</em>, estos textos trazan un recorrido completo por una obra diversa en temas, en tonos y en atmósferas morales.</p>
<p style="text-align: justify;">Sus  relatos construyen, en una constante lección narrativa, el canon del  relato perfecto. La técnica y el oficio de Maupassant, su destreza en el  uso de la mecánica del cuento, la capacidad de observación del detalle,  la astucia en el manejo de la intriga y la sorpresa despiertan el  interés del lector ante unos textos que son mecanismos de precisión en  los que nada sobra, unos relatos sostenidos por personajes  caracterizados con sobriedad y eficacia por sus actos y sus palabras.</p>
<p style="text-align: justify;">La  calidad de su prosa se suma al arte de la composición que evidencian  estos relatos desarrollados en ambientes rurales o urbanos. Sombríos o  humorísticos, ingeniosos o trágicos, hondos o superficiales, ásperos o  melancólicos, pero siempre significativos de su talento, reflejan al  Maupassant más moderno, quizá el más directo y cercano de los narradores  del XIX.</p>
<p style="text-align: justify;">El pesimismo, la crueldad del mundo, las patologías de  la conducta, el egoísmo y la venganza, la pequeñez de la clase media y  la miseria moral y material de las clases bajas, la crítica de la  hipocresía o la ironía amable, más compasiva que la de su maestro  Flaubert, sus desenlaces sorprendentes o sugeridos siguen sosteniendo en  pie unos textos en los que la mirada introspectiva hacia el terror  convive con la crítica social, la actitud acusatoria cohabita con el  humor y la brutalidad con el afecto.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero además de ese corpus  completo de relatos, esta edición se abre con una indispensable  introducción de Mauro Armiño, que ofrece al lector un recorrido por la  vida frenética de Maupassant, que empezó siendo alocado y acabó hundido  en la locura, por su entorno social y cultural, por la influencia  decisiva de Flaubert y por su mundo narrativo, al que se dedica una  clasificación temática que lo organiza en torno a varios ejes que  reflejan la enorme variedad de ambientes, enfoques e intereses de sus  cuentos: del adulterio al suicidio, de los celos a la vejez, de la  familia al viaje.</p>
<p style="text-align: justify;">Junto con esa propuesta de clasificación, se  ofrece un resumen de cada cuento en orden alfabético, un recorrido por  las adaptaciones teatrales y cinematográficas de los relatos, un  detallado cuadro cronológico de la  biografía de Maupassant y del  entorno histórico y social en el que se produjo y una exhaustiva  bibliografía activa y pasiva sobre el autor y su obra.</p>
<p style="text-align: justify;">En un  apéndice final se incluyen seis textos heterogéneos, que van de la  fantasía sin límites hasta un semiensayo sobre la literatura fantástica.</p>
<p style="text-align: justify;">La  edición se cierra con un índice alfabético de títulos en español y en  francés que permiten una localización rápida de los cuentos.</p>
<p style="text-align: justify;">Remy  de Gourmont, que no valoraba la superficialidad de sus novelas,  escribió este elogio definitivo y profético de los relatos de  Maupassant: <em>De sus cuentos se harán  tiradas en uno o dos volúmenes muy buenos, uno de historias un poco  atrevidas, el otro de los relatos más moderados, que se transmitirán  eternamente</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Maupassant no fue el más sutil de los  narradores, pero sí uno de los más convincentes y poderosos en la  creación de atmósferas y ambientes. Sin sus cuentos, que ejercieron una  influencia determinante sobre Chejov y sobre la narrativa  norteamericana, probablemente la literatura del XX no hubiera sido la  misma.</p>
<div style="text-align: right;"><a href="http://www.civinova.com/?page_id=2#sdominguez"><span style="font-style: italic;">Santos Domínguez</span></a></div>
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		<title>La otra Liz Taylor</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Dec 2011 08:02:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ángel Silvelo Gabriel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA["Angel Silvelo"]]></category>

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		<description><![CDATA[La gata de los ojos color violeta se presentó en el juzgado rodeada de paparazzi que no paraban de hacer un click tras otro mientras seguían sus movimientos. Esa era la ofrenda a sus admiradores. Un derroche de glamour al que el fiscal de la causa no estaba acostumbrado, y mucho menos el juez, que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify"><em><a href="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/12/200px-Taylor_Elizabeth_posed11.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-4130" src="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/12/200px-Taylor_Elizabeth_posed11.jpg" alt="" width="200" height="255" /></a>La gata de los ojos color violeta se presentó en el juzgado rodeada de paparazzi que no paraban de hacer un click tras otro mientras seguían sus movimientos. Esa era la ofrenda a sus admiradores. Un derroche de glamour al que el fiscal de la causa no estaba acostumbrado, y mucho menos el juez, que dictó el sobreseimiento del procedimiento. Yo la miraba atónito, buscando un argumento para despojarla de su máscara de diva. No recuerdo como lo hice, pero me deslicé entre sus pegajosos aduladores y logré enseñarle la fotografía. Una imagen que no consiguió desplomarla en el vestíbulo. Al contrario, todo sucedió tan deprisa, que sólo recuerdo que cuando me miró, no lo hizo con los ojos de Cleopatra, y mientras yo me caía al suelo como si me hubiera atravesado un rayo, ella sacó otra fotografía de su bolso que me tiró a la cara. Nadie se inmutó, ni siquiera ella, la otra Liz. Una activista humanitaria a la que noté una expresión de satisfacción al verme así, tendido en el suelo y rodeado de personas que desconocían la verdadera razón de mi zozobra. Mientras se alejaba de mi lado, yo me quedé mirando la foto de Jack, mi último novio, al que yo había contagiado el sida, y al que ella había defendido de mí ante toda la sociedad. La miré de nuevo, y formulé un deseo.</em></p>
<p style="text-align: justify">
<strong><em>Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel</em></strong></p>
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		<title>El santo del monte Koya y otros relatos</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Dec 2011 23:58:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Santos Domínguez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[Reseñas]]></category>
		<category><![CDATA[Santos Domínguez]]></category>

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		<description><![CDATA[Izumi Kyoka.
El santo del monte Koya
y otros relatos.
Traducción de Susana Hayashi.
Introducción de Carlos Rubio.
Satori Ediciones. Gijón, 2011.
Satori Ediciones,  una editorial gijonesa “dedicada a dar a conocer la fascinante cultura  japonesa al mundo hispano-hablante a través de obras publicadas por  autores de reconocido prestigio, tanto occidentales como japoneses”,  acaba de publicar un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><a href="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/12/Kyoka.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-4059" title="Kyoka" src="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/12/Kyoka.jpg" alt="" width="200" height="309" /></a>Izumi Kyoka.<br />
<em>El santo del monte Koya<br />
y otros relatos.</em><br />
Traducción de Susana Hayashi.<br />
Introducción de Carlos Rubio.<br />
Satori Ediciones. Gijón, 2011.</div>
<p style="text-align: justify;"><em><a href="http://www.satoriediciones.com/">Satori Ediciones</a></em>,  una editorial gijonesa “dedicada a dar a conocer la fascinante cultura  japonesa al mundo hispano-hablante a través de obras publicadas por  autores de reconocido prestigio, tanto occidentales como japoneses”,  acaba de publicar un brillante conjunto de relatos de Izumi Kyoka  (1873-1939), autor inédito hasta ahora en español.</p>
<p style="text-align: justify;">Los cuentos de <em>El santo del monte Koya y otros relatos</em> cumplen  uno de los objetivos centrales de esta editorial, “cubrir el vacío  bibliográfico que existe en lengua española con respecto a la cultura  nipona (&#8230;) porque creemos que éste es el mejor modo de penetrar en una  cultura tan lejana pero, al mismo tiempo, tan cercana. Con este sueño  nació Satori, «Iluminación», para aportar un poco de luz sobre un mundo,  el nipón, que, en cierto sentido, aún sigue en penumbra.”</p>
<p><span id="more-4056"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Una de las líneas fundamentales de este proyecto es la colección Maestros de la Literatura Japonesa, en la que han aparecido <em>El Caminante</em>, de Natsume Sōseki, o <em>Namiko</em>, de Tokutomi Roka.</p>
<p style="text-align: justify;">Y en esa misma colección acaban de aparecer, por primera vez en lengua  española  y con traducción de Susana Hayashi, cuatro relatos de Izumi  Kyoka, <em>un genio</em>, en palabras de Mishima, que vio en él la materialización más pura del espíritu romántico.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>¿El más romántico de los novelistas japoneses?</em> –se pregunta Carlos Rubio en su introducción- <em> ¿El eslabón entre la literatura premoderna y la moderna de Japón? ¿El  Edgar Allan Poe de Japón? ¿El creador de la «novela gótica» japonesa?  ¿El más difícil de los literatos de la época Meiji (1868-1912)?  ¿El  mejor representante del simbolismo japonés? ¿El más feminista de los  escritores japoneses?</em></p>
<p style="text-align: justify;">Kyoka, como Koseki, vivió una época  en la que Japón se moderniza y entra en conflicto con la tradición. De  las dimensiones transcendentales de ese conflicto trata la literatura  japonesa del periodo Meiji, que se caracterizó por la asimilación de los  modelos culturales y literarios del mundo occidental.</p>
<p style="text-align: justify;">Y en ese  contexto conflictivo Kyoka fue un excéntrico que asumió el  irracionalismo romántico y exploró el mundo de los sentimientos y la  otra realidad de las apariciones fantasmales.</p>
<p style="text-align: justify;">Minoritario, autor  de culto, ensimismado y anacrónico, dueño de una mirada ensimismada e  independiente, el pesimismo, la rebeldía, la defensa del individualismo  frente a la sociedad, las protagonistas femeninas, la evasión y la  fantasía son algunas de las claves de su universo narrativo.</p>
<p style="text-align: justify;">Este volumen reúne cuatro de sus relatos fundamentales: <em>El quirófano</em>, con el que obtuvo su primer reconocimiento entre los lectores;<em> El santo del monte Koya</em>,  su obra más emblemática, un relato sobre el viaje prodigioso de un  monje a través de un desierto montañoso propicio al misterio. Es mucho  más que un mero relato de fantasmas, mucho más que una simple secuela de  Poe. En palabras de Carlos Rubio, ese texto <em>fijó los mitos centrales de su universo</em>, del que forman parte también los otros dos relatos de este libro: <em>Un día de primavera</em>, la ensoñación de dos hombres seducidos por la misma mujer, y <em>La mujer carmesí</em>, otro relato esencial y sorprendente de su obra de madurez.</p>
<div style="text-align: right;"><a href="http://www.civinova.com/?page_id=2#sdominguez"><span style="font-style: italic;">Santos Domínguez</span></a></div>
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		<title>Alfaguara publica &#8220;El libro de las horas contadas&#8221; de José María Merino.</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Oct 2011 16:07:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ángel Silvelo Gabriel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[La nueva obra de José María Merino se lee de un tirón, atrapa al lector en una tela de araña hilvanada con una imaginación desbordante, donde la realidad no es lo que parece y donde lo cotidiano se mezcla con lo fantástico con asombrosa facilidad.
El libro de las horas contadas puede leerse como una sucesión [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify"><a href="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/10/portada-libro-horas-contadas_med1.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-3900" src="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/10/portada-libro-horas-contadas_med1-189x300.jpg" alt="" width="189" height="300" /></a>La nueva obra de <strong><em>José María Merino</em></strong> se lee de un tirón, atrapa al lector en una tela de araña hilvanada con una imaginación desbordante, donde la realidad no es lo que parece y donde lo cotidiano se mezcla con lo fantástico con asombrosa facilidad.</p>
<p><strong><em>El libro de las horas contadas</em></strong> puede leerse como una sucesión de cuentos, unidos por un hilo común que los recorre. El escritor deja fluir todo aquello que le viene a la cabeza y es así como surgen un conjunto de historias fantásticas de una hondura delirante, que resaltan lo que de existencialista tiene lo doméstico y lo ordinario. Son minicuentos, algunos apenas unas píldoras, donde transgrede la realidad, que se convierte en materia fantástica. Muchos de ellos hacen referencia a recuerdos soñados, a la transición entre el sueño y la vigilia, un tema recurrente en la obra de <strong><em>Merino.</em></strong><span id="more-3899"></span></p>
<p>Aparecen ante el lector relatos sorprendentes, en ocasiones perturbadores, donde la muerte a menudo hace acto de presencia, aunque eso no signifique que sea tratada como un factor negativo. El autor ahonda en la idea de que hay otras realidades además de la nuestra y en ocasiones le da la vuelta como si fuera un calcetín.</p>
<p><strong><em>José María Merino</em></strong> (A Coruña, 1941) residió durante muchos años en León y vive en Madrid. Comenzó escribiendo poesía y se dio a conocer como narrador en 1976 con <em>Novela de Andrés Choz</em>, libro con el que obtuvo el Premio Novelas y Cuentos. Lo escurridizo de la identidad, sus conexiones con el mito, el sueño y la literatura, y muchos elementos de la tradición fantástica, caracterizan su obra narrativa. Su novela <em>La orilla oscura</em> (Alfaguara, 1985) fue galardonada con el Premio de la Crítica. Además, ha recibido el Premio Nacional de Literatura Juvenil (1993), el Premio NH para libros de relatos editados (2003) y el Premio Salambó (2008). En Alfaguara ha publicado, entre otros, la trilogía novelesca <em>Las crónicas mestizas</em>, así como las novelas <em>Las visiones de Lucrecia</em> (1996), Premio Miguel Delibes de Narrativa; <em>El heredero</em> (2003), Premio Ramón Gómez de la Serna de Narrativa; <em>El lugar sin culpa</em> (2007) premio de narrativa Gonzalo Torrente Ballester, y un volumen que recoge sus libros de relatos, <em>Historias del otro lugar</em> (2010). Es miembro de la Real Academia Española.</p>
<div style="text-align: right">
 <a href="http://www.civinova.com/colaboradores/#asilgab"><br />
     <span style="font-style: italic">Ángel Silvelo Gabriel</span><br />
</a></div>
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		<title>Vidas prometidas</title>
		<link>http://www.civinova.com/2011/06/20/vidas-prometidas/</link>
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		<pubDate>Mon, 20 Jun 2011 04:00:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Redacción</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[Reseñas]]></category>
		<category><![CDATA[Andrés J. Reina]]></category>

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		<description><![CDATA[Cada cierto tiempo alguien saca a colación el estado del género del cuento en España. Se dicen cosas como que no existe tradición, que las editoriales no se esmeran lo suficiente, que los medios no le prestan la debida atención, etcétera. Puedo estar de acuerdo con tales posturas más o menos generalizadas, e incluso puedo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/06/VidasPrometidas.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3462" title="VidasPrometidas" src="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/06/VidasPrometidas.jpg" alt="" width="200" height="323" /></a>Cada cierto tiempo alguien saca a colación el estado del género del cuento en España. Se dicen cosas como que no existe tradición, que las editoriales no se esmeran lo suficiente, que los medios no le prestan la debida atención, etcétera. Puedo estar de acuerdo con tales posturas más o menos generalizadas, e incluso puedo aceptar que para muchos creadores el cuento sea un puerto amistoso, empresa fácil en cuanto al consumo de recursos y octanaje necesario para llevar a término el proyecto, en contraste con la gran aventura de la novela. Pero nada de lo anterior enturbia dos o tres ideas que cuando se trata de cuentos no quiero olvidar.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Primo</em>: en términos cualitativos, las piezas de los profesionales del cuento, de los genuinos cuentistas, aventajan a las de los autores que a salto de mata, entre novela y novela, sacan a la luz recopilaciones de cuentos, tal y como se tomaran unas vacaciones pagadas. Normalmente, un cuentista es un cuentista, un novelista un novelista y un poeta un poeta. Normalmente, sólo normalmente.</p>
<p><span id="more-3452"></span></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Secundo</em>: la creencia de que la complejidad y profundidad de un cuento es inferior a la de una novela es sólo eso, una creencia, basada además en un malentendido sentido de la magnitud y proporción.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Tertio</em>: Guillermo Busutil es, sin lugar a dudas, un destacadísimo y genuino cuentista.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero ya está bien de tomarle el pulso al enfermo.</p>
<p style="text-align: justify;"><em><strong>Vidas prometidas</strong> (Tropo Editores, 2011)</em> es el octavo libro de relatos de Guillermo Busutil. Consta de trece cuentos, además de algunos interludios al modo de anuncios publicitarios, breves de periódicos, que advierten al lector que no está leyendo una mera recopilación de cuentos vagamente conectados, sino un todo homogéneo, engarzado en la forma por la utilización de lugares comunes (la ciudad de Viviana), personajes recurrentes (los protagonistas de los cuentos pasan a través de los mismos, se entremezclan y transitan como si las páginas del libro, abiertas en abanico, les hicieran cruzar una puerta giratoria) y gatos. Sí, gatos, porque Busutil planta un gato en cada cuento, de la misma manera que Henry Miller plantaba un ángel en <em>El ángel es mi marca de fábrica </em>de la <em>Primavera Negra</em>, el gato es la marca de fábrica de Busutil.</p>
<p style="text-align: justify;">La primera batería de cuentos arranca con el relato <em>Estrella sin ley,</em> cuyo final evoca poderosamente la última secuencia del filme <em>Raíces Profundas</em>, sigue con la arquitectura de orfebre del sensual despertar de una familia de <em>Shaw &amp; Maciá</em>, pasa a la soledad numantina, vindicativa de Poe en <em>On the Air</em>, y concluye con el elegantísimo y decadentemente afrancesado relato de <em>Los futuros de Voltaire</em>, una delicia de leer, línea a línea, y que reserva un final espléndido.</p>
<p style="text-align: justify;">La segunda tanda de cuentos va desde <em>La siesta de Odiseo</em> hasta <em>Promoción Oxford</em>. Aquí comienzan las variaciones cromáticas: la tristeza se va colando en el libro de una manera irresistible y lenta, como la noche que cae sobre un día luminoso. Corrijo, no es la tristeza lo que se cuela, es otra cosa. Desde luego no es una tristeza gratuita, más bien es una aspiración de plenitud vital. Contrastando <em>La siesta de Odiseo</em> con <em>La señorita Margot</em> y <em>La Promoción Oxford</em>, o <em>El cumpleaños de Oliver Gide</em>, es difícil que el lector no se sienta un niño a veces, un adolescente, y también un viejo, lo que confiere al volumen altas prestaciones como máquina del tiempo, o más bien, termómetro del paso del tiempo. Merece especial atención el cuento <em>La siesta de Odiseo</em>. Norman Mailer decía en <em>El fantasma de Harlot</em> que un gran beso era como abrir una novela y leer sus primeras líneas (<em>Llamadme Ismael</em>… ¿Alguien da más por menos?). <em>La siesta de Odiseo</em> proporciona sensaciones parecidas, evoca las vidas que tuve, las que tendré, las que me gustaría tener. Y las que no podré tener ya. Posiblemente el relato más profundo y logrado del volumen.</p>
<p style="text-align: justify;">La última tanda de relatos va desde <em>Gabinete Foreman</em> hasta <em>Un paraguas amarillo</em>. Es imposible no divertirse con <em>Gabinete Foreman</em> y su parodia del poder, que agradezco por oportuna. De <em>Maurice</em> impresiona el juego de personas narrativas, el despliegue del lenguaje y la manera con que se van levantando velos en la identidad de sus personajes. Sólo hay otro relato en el libro que lo iguale en manejo del lenguaje, y es el de <em>Los futuros de Voltaire</em>. Con el relato <em>Un hombre llamado Proust</em> baja el pistón de la magia para insuflar algo de denuncia social al libro. <em><strong>Vidas prometidas</strong></em> concluye con <em>Un paraguas amarillo</em>, otra joya delicada, un estupendo broche que empaqueta esa clase de ingeniosa magia blanca que se apodera por momentos de los relatos. Es un cuento que bajo otra mirada, bajo otro humor, sería argumentalmente ñoño, pero la mirada de Busutil lo evita, una mirada que presta atención al detalle, que sigue la estela de aquellos autores que, frente al poderoso telescopio de otros, se enorgullecen de la potencia de su microscopio.</p>
<p style="text-align: justify;">Si la segunda tanda sirvió para progresar en la capacidad cromática del libro, la tercera le confiere propiedades circulares. Las piezas empiezan a enlazarse como hermanos políticos. Es difícil no ligar<em> On the air</em> con <em>Gabinete Foreman</em> y <em>Un hombre llamado Proust</em>, así como <em>Maurice </em>con (de alguna manera) <em>La Promoción Oxford</em>, y <em>Un paraguas amarillo</em> con <em>Flor en la ventana</em>. Enlazan por las temáticas pero también por el lenguaje y la manera de resolver la trama, como si los relatos siguieran las series de golpes que un boxeador experimentado utiliza, un paso a un lado, un poco de juego de pies, un rápido directo y luego un gancho, y vuelta a empezar. Se alcanza así la armonía, la ordenada musicalidad de los relatos que hace del volumen un todo homogéneo. <em><strong>Vidas prometidas</strong></em> es una colección de cuentos que ha sido concebida, planificada y ejecutada con un acusado sentido de totalidad, tanto que su contraportada debería ofrecer una guía de lectura, cuya primera y única regla dijese: <em>Léase de un tirón</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">He sabido que <em><strong>Vidas prometidas</strong></em> alcanzará una segunda edición muy pronto, y ya existe cierto consenso crítico respecto a la calidad del libro. Esto ocurre en un mundo, el editorial, en el que libros y novedades tienen una vida útil en el estante de apenas un par de meses. Todo ello hace de esta reseña una inútil carta de presentación.  <em>Vidas prometidas</em> de Guillermo Busutil no la necesita, no la necesita en absoluto.</p>
<div style="text-align: right;"><span style="font-style: italic;"><strong>Andrés J. Reina</strong></span></div>
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		<title>III Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Jun 2011 08:25:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ángel Silvelo Gabriel</dc:creator>
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		<category><![CDATA["Angel Silvelo"]]></category>

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		<description><![CDATA[DIARIO DE UN SANFERMINERO
Uno de enero: pido un deseo. Dos de febrero: imploro a San Fermín. Tres de marzo: releo Fiesta, de Hemingway. Cuatro de abril: revivo la fiesta con los amigos de la peña. Cinco de mayo: renuevo el pañuelo rojo y la camisa blanca. Seis de junio: a las doce txupinazo y pañuelo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify"><strong><em><a href="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/06/microrrelatos31.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-3435" src="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/06/microrrelatos31-212x300.jpg" alt="" width="212" height="300" /></a>DIARIO DE UN SANFERMINERO</em></strong></p>
<p style="text-align: justify">Uno de enero: pido un deseo. Dos de febrero: imploro a San Fermín. Tres de marzo: releo Fiesta, de Hemingway. Cuatro de abril: revivo la fiesta con los amigos de la peña. Cinco de mayo: renuevo el pañuelo rojo y la camisa blanca. Seis de junio: a las doce txupinazo y pañuelo rojo al cuello, aunque no oigo ¡pamploneses, viva San Fermín, Gora San Fermín!; a la tarde, milagrosamente sereno, acudo al Riau Riau antes de ir a la plaza. Siete de julio: rezo al santo en el tramo de Santo Domingo y luego corro el encierro lleno de júbilo, compartiendo miedos y hazañas; a las diez procesión, donde escucho un momentico. Ocho de julio: todo se empieza a volver de color rojo. Nueve de julio: hacemos el concurso de Miss camiseta mojada en la plaza. Diez de julio: mis labios recogen un beso furtivo, y rememoro la leyenda de las suecas. Once de julio: no me acuerdo de lo que hice ayer. Doce de julio: misteriosamente seco. Trece de julio: agotado. Catorce de julio: triste y nervioso entono el pobre de mí con mi vela en la mano. Quince de julio: corro el encierro de la villavesa.</p>
<p style="text-align: justify">Uno de enero: pido un deseo…</p>
<p style="text-align: justify"> </p>
<div style="text-align: right">
 <a href="http://www.civinova.com/colaboradores/#asilgab"><br />
     <span style="font-style: italic">Ángel Silvelo Gabriel</span><br />
</a></div>
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		<title>El Trencilla</title>
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		<pubDate>Wed, 11 May 2011 18:00:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ángel Silvelo Gabriel</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA["Angel Silvelo"]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi perro me lleva a la carrera. Está especialmente contumaz y tira de mí hasta que llegamos a la estación de Delicias. Me obliga a entrar en el vestíbulo. Se para y observa. Si la policía lo viera, no dudaría en incluirlo en su nómina. No sé por qué me ha traído hasta aquí, pero [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify"><a href="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/05/arbitro1.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-3238" src="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/05/arbitro1-203x300.jpg" alt="" width="203" height="300" /></a>Mi perro me lleva a la carrera. Está especialmente contumaz y tira de mí hasta que llegamos a la estación de Delicias. Me obliga a entrar en el vestíbulo. Se para y observa. Si la policía lo viera, no dudaría en incluirlo en su nómina. No sé por qué me ha traído hasta aquí, pero mi olfato de leguleyo me dice que algo va a ocurrir y empiezo a establecer la estrategia de nuestra defensa. De pronto, comienza a andar detrás de un señor con chaqueta azul, al que identifico sin dificultad. Le sigue, pero no le ladra. Espera a que abandone el vestíbulo, sabedor de nuestro exiguo éxito si el altercado se produce en un espacio público. Su arbitraje fue nefasto y él no se lo perdona. No me cuesta identificarme con su nuevo forofismo, y por eso, cuando se abalanza sobre él pidiéndole explicaciones, sólo pienso en la cara del juez cuando sepa la verdadera razón de la querella. En el fondo me siento aliviado, porque sólo le enseñé a leer la página de deportes de el Heraldo de Aragón.</p>
<p style="text-align: right"><strong><em>Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel</em></strong></p>
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		<title>Cuentos de lo extraño</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Apr 2011 16:36:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Santos Domínguez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Destacados]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[Reseñas]]></category>
		<category><![CDATA[Santos Domínguez]]></category>

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		<description><![CDATA[Robert Aickman.
Cuentos de lo extraño.
Traducción de Arturo Peral Santamaría.
Prólogo de Andrés Ibáñez.
Atalanta, Gerona, 2011.
Tan inquietantes y ambiguos como la fotografía de agua y sombra de Inka Martí que figura en su portada, los seis relatos de Robert Aickman (1914-1981) que Atalanta edita en el volumen Cuentos de lo extraño son una incursión en el lado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/04/aickman-web.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3082" title="Aickman" src="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/04/aickman-web.jpg" alt="" width="200" height="318" /></a>Robert Aickman.<br />
<em>Cuentos de lo extraño.</em><br />
Traducción de Arturo Peral Santamaría.<br />
Prólogo de Andrés Ibáñez.<br />
Atalanta, Gerona, 2011.</p>
<p style="text-align: justify;">Tan inquietantes y ambiguos como la fotografía de agua y sombra de Inka Martí que figura en su portada, los seis relatos de Robert Aickman (1914-1981) que <a href="http://www.edicionesatalanta.com/"><em>Atalanta </em></a>edita en el volumen <em>Cuentos de lo extraño </em>son una incursión en el lado oculto de la realidad, seis revelaciones de lo extraño, que no es más que una variante de la complejidad de lo cotidiano y de los personajes aparentemente normales que lo habitan.</p>
<p style="text-align: justify;">Seis indagaciones en lo oscuro, en la profundidad de unos abismos que muchas veces están en la conciencia, porque –como mostró definitivamente Poe- el horror no surge de la escenografía exterior, sino del interior del personaje.</p>
<p><span id="more-3079"></span></p>
<p style="text-align: justify;"><em>¿Junto a Corfú? ¿Junto a Eubea? ¿Junto a Cefalonia? Grigg nunca dijo cuál era.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Con esa indefinición comienza <em>El vinoso ponto</em>, el primero de los relatos, ambientado en una misteriosa isla inaccesible y solitaria, habitada por tres brujas como las de <em>Macbeth</em>, hechiceras como la también insular Circe de Homero, al que homenajea el título.</p>
<p style="text-align: justify;">Y también con una pregunta, aunque retórica, abre su excelente prólogo Andrés Ibáñez: <em>¿Qué sería de nosotros sin los extravagantes, es decir, sin los escritores ingleses?</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Los trenes </em>que van al infierno; las conferencias telefónicas con el más allá de <em>Che gelida manina</em>; la vuelta de tuerca a los relatos de juguetes morbosos y casas de muñecas en <em>La habitación interior</em>; el sueño de un viaje veneciano del introvertido Henry Fern en <em>Nunca vayas a Venecia</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Un viaje al otro lado, al mundo de los sueños, al dato oculto que emerge sutilmente en los últimos párrafos de cada relato, con un eficiente efecto de suspensión y elipsis; seis estaciones de paso en un viaje con demora para llegar a <em>Las entrañas del bosque</em>, a la parada final en el infierno: una ciudad sueca junto a un lago negro, cerca del Kurkhus, un hotel-sanatorio para insomnes.</p>
<p style="text-align: justify;">Con una fluida traducción de Arturo Peral Santamaría, los seis <em>Cuentos de lo extraño</em> son seis iluminaciones en la zona de sombra donde se confunden la vigilia y el sueño, la razón y el subconsciente, las visiones y una realidad tan compleja y poliédrica como la psicología de los personajes.</p>
<p style="text-align: justify;">Aickman es un espléndido narrador que -más allá de su pertenencia a la estirpe de Henry James- convoca en sus cuentos la gran literatura, de Homero a Shakespeare, y tiene una inusual capacidad para buscar el tono de voz adecuado a cada relato, para explorar el horror y el corazón de la maldad.</p>
<p style="text-align: justify;">O para crear atmósferas desasosegantes que evocan los bosques inquietantes de los relatos infantiles y que muchas veces ocupan un lugar central en estas inolvidables narraciones en las que, como Cervantes, Aickman exige más atención a lo que calla que a lo que cuenta.</p>
<p style="text-align: justify;">Y en estos relatos, como en los otros cuarenta y dos que Aickman publicó como <em>Strange Tales</em> o como <em>Strange Stories</em>, hay una constante comunicación entre los espacios exteriores y los mundos interiores, entre el paisaje inquietante y el ambiente cerrado y opresivo para provocar en el lector el efecto único que reclamaba Poe para el cuento.</p>
<p style="text-align: justify;">Estos seis<em> Cuentos de lo extraño</em> proponen un viaje al lado oscuro a través de una tensión narrativa creciente donde se confunden el miedo y el sueño, como el ruido de trenes que se acercan. Un viaje a través de seis estaciones que se podría encomendar a esta frase de Céline que está al frente de uno de los relatos:</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.</em></p>
<div style="text-align: right;"><a href="http://www.civinova.com/colaboradores/#sdominguez"><span style="font-style: italic;">Santos Domínguez</span></a></div>
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		<title>El crepúsculo dorado (2)</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Mar 2011 10:31:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Guix</dc:creator>
				<category><![CDATA[Destacados]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[El crepusculo dorado]]></category>
		<category><![CDATA[Jose Guix]]></category>
		<category><![CDATA[Manco Ferrís]]></category>

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		<description><![CDATA[
Cuando dejé a Vargas la ciudad del cauce bullía de vida. Decenas de personas, hombres en su mayoría, charlaban reunidos en pequeños grupos frente a las puertas de aquellos fríos y míseros hogares de aspecto extrañamente acogedor. En las caras de todos ellos se adivinaban la resignación, la duda, el miedo incluso, pero en ninguno [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/03/Micalet1.jpg"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-2960" src="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/03/Micalet1-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a></p>
<p style="text-align: justify">Cuando dejé a Vargas la ciudad del cauce bullía de vida. Decenas de personas, hombres en su mayoría, charlaban reunidos en pequeños grupos frente a las puertas de aquellos fríos y míseros hogares de aspecto extrañamente acogedor. En las caras de todos ellos se adivinaban la resignación, la duda, el miedo incluso, pero en ninguno percibí  tristeza. Es curioso como la percepción cambia las cosas. Con gusto les hubiera regalado parte de esa tristeza que a mí me sobraba aunque supongo que eso hubiera sido cruel por mi parte. Ya tenían suficiente con lo suyo. Muchos de aquellos individuos me saludaron conscientes de con quien había estado hablando, ahí abajo Vargas era un hombre respetado y las noticias volaban. Además, tampoco era la primera vez que se me veía por allí. Me detuve a charlar con tres de los hombres de Vargas, viejos conocidos de la guerra. Las guerras son odiosas, eso no lo discuto, tanto que su mero recuerdo produce nauseas, pero si uno sabe sacarle partido una guerra es el lugar idóneo para conocer gente y hacer amigos. La extraña camaradería que surge entre veteranos es distinta a todas las demás, creo que es cosa de la ira, la vergüenza y las pesadillas que le reconcomen a uno tras la guerra; necesitas compartir toda esa basura de la que no te puedes librar con alguien que te entienda y que no te mire como si fueras un monstruo o un bicho raro. Con alguien que no sienta lástima, repulsión u odio por ti. Esas cosas, lo que uno sufre y hace en el frente, generan y alimentan unos vínculos difíciles de romper. Casi eternos. Unos vínculos peligrosos en depende qué casos. El respeto de aquellos tres hombres hacia Vargas venía de la guerra, lo mismo que su trato para conmigo. Lié cuatro cigarros que nos fumamos envueltos en un silencio salpicado de breves conversaciones hasta que un individuo se acercó a nosotros notablemente excitado. La llegada del mensajero vino precedida por una creciente inquietud que se extendió por el cauce y muchos de los hombres que hasta ese momento habían disfrutado del frescor de la noche se escabulleron rápida y silenciosamente, como topos regresando a sus madrigueras ante la presencia de un depredador. El recién llegado nos comunicó que un par de hombres, seguramente miembros de la Brigada de Información Social, avanzaban por el cauce con intenciones nada buenas. Como ya he dicho ahí abajo las noticias vuelan y desde el mismo momento en que los dos policías pusieron un pie en el río la alarma se extendió entre los chabolistas. No es probable que vinieran a por mí pero nunca se sabe, así que di media vuelta dirigiéndome hacia el Puente del Real para volver a la ciudad que mejor conocía, la de arriba.</p>
<p><span id="more-2959"></span></p>
<p style="text-align: justify">                A esas horas de la madrugada Valencia era un desierto húmedo, mal iluminado y peligroso en las sombras así que no era cosa de andar deambulando por ahí sin rumbo fijo. Tenía hambre y algo de dinero y pensé que un par de tragos de licor barato calmarían el estómago, o al menos lo relegarían al olvido además de ayudarme a conciliar el sueño. Me dirigí al <em>Valente</em>, el antro clandestino más cercano que pude recordar y uno de los más decentes de la ciudad teniendo en cuenta que era del todo ilegal. Que yo supiera nadie afirmaba haber muerto por la bebida que servían y no solía haber líos. Ni siquiera tenía nombre, lo de <em>Valente</em> se lo había puesto yo por aquello de saber adónde iba cuando entraba; no soporto las cosas a medias y un bar, por ilegal que sea, tiene que tener un maldito nombre. Desde el punto de vista del dueño le entiendo, no es que fuera a colocar un cartel en la puerta para que lo viera todo el mundo, pero la gente tenía derecho a saber cómo se llamaba aquel sitio.</p>
<p style="text-align: justify">                El ambiente era triste y nocivo. Una densa humareda lo envolvía todo, apagando el tenue rumor de las conversaciones que se desarrollaban en las pocas mesas de aquel taller reconvertido en bar. Un par de reconocidos  estraperlistas hacían negocios al fondo, junto a la salida trasera del local. Uno de ellos, un sujeto con el que había tenido un par de altercados recientemente, me miró desafiante pero estaba cansado y no quería problemas, al menos no antes de beber. No me di por enterado y saludé distraídamente a un par de tipos que no conocía mientras me dirigía hacia el joven que hacía las veces de camarero. Debía ser nuevo porque era la primera vez que le veía, se trataba de un muchacho espigado, de apariencia torpe, ojos saltones y pelo negro y lacio que no me calló simpático. Supongo que la antipatía fue mutua porque al margen del color, que era bastante parecido, cualquier similitud entre el whisky y lo que me sirvió aquel larguirucho del demonio era pura casualidad. Cuando me disponía a apurar mi segunda copa la vi salir. Creo que fui el único porque nadie hizo ademán de moverse y puedo asegurar que una mujer así le hace a uno girar la cabeza y dejar lo que quiera que esté haciendo. Su acompañante, un gigante rubio de metro noventa y brazos como columnas, me lanzó una mirada demoledora y farfulló algo que no entendí mientras la sacaba prácticamente a rastras del local. Probablemente no hubiera dicho nada si el rubio engreído no me hubiera mirado así, pero no me gusta que a la gente le siente mal a quien miro o dejo de mirar. Soy así de raro. Además la bebida se me había subido a la cabeza y pensé que podría impresionar a aquella belleza de pelo negro.</p>
<p style="text-align: justify">                &#8211; Buenas noches señorita – dije con una ligera inclinación de cabeza &#8211; ¿puedo invitarla a tomar algo?</p>
<p style="text-align: justify">                Ella sonrió entre divertida y curiosa. Por su sonrisa adiviné que aquella no era la indefensa palomita que yo había imaginado. Tal vez tenía alguna posibilidad.</p>
<p style="text-align: justify">                &#8211; ¿Acostumbra a invitar a mujeres acompañadas? – No hubo sorpresa en su tono, estaba acostumbrada a lidiar con hombres como yo, que la abordan sin miramientos y dan la partida por ganada antes de mirar las cartas – Es usted un tanto imprudente ¿no cree?</p>
<p style="text-align: justify">                La intromisión del gigante fue más brusca de lo esperado. El puñetazo en la boca del estómago no lo vi venir, el zurdazo en la cara sí, lo justo para que doliese un poco más. Pensé que aquello era sólo el principio y que mi nuevo amigo me iba a moler a palos sólo para lucirse ante la señorita, pero una voz le contuvo. Una orden concisa pronunciada por un individuo envuelto en un abrigo negro que yo conocía bien. Los había visto en la guerra, en el norte, cuando coincidimos con los alemanes. El porte y la actitud eran indicativos más que suficientes y hubiera apostado cualquier cosa a que el portador del abrigo era un oficial de la Wehrmacht y el gigante su subordinado.</p>
<p style="text-align: justify">                &#8211; Mis disculpas señor – El acento, duro y fuerte, austriaco tal vez, confirmó mi suposición. Lo que me heló la sangré fue el tono. Si aquello era una disculpa sincera yo soy el Papa de Roma, pero no quería volver a vérmelas con el rubio así que dibujé mi mejor sonrisa y me incorporé como pude.</p>
<p style="text-align: justify">                &#8211; Tranquilo, creo que me lo he buscado – repuse conciliador – Soy yo quién debería disculparse. Con una acompañante tan hermosa cualquiera hubiese reaccionado de la misma manera. </p>
<p style="text-align: justify">                Ella respondió con indiferencia a mis palabras mirándome como quien mira algo insignificante, indigno de aquellos preciosos ojos verdes. El rubio la tomó del brazo, esta vez con más delicadeza, y ambos abandonaron el local seguidos por el oficial del abrigo negro. El camarero, el único que había prestado atención a toda la escena, sonrió cuando le pedí un trapo para limpiarme. El labio volvía a sangrar y me estaba poniendo perdido. Pedí otra copa para olvidar el dolor y la humillación y mientras bebía no pude evitar preguntarme qué diantres hacían dos oficiales alemanes en un antro como aquel.</p>
<div style="text-align: right"><a href="http://www.civinova.com/colaboradores/#jguixguti"><br />
<span style="font-style: italic">José Guix</span><br />
</a></div>
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		<title>El crepúsculo dorado (1): El primer caso de Manco Ferrís</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Mar 2011 16:11:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Guix</dc:creator>
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		<category><![CDATA[El crepusculo dorado]]></category>
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		<description><![CDATA[La luz iba y venía cada diez minutos, nada raro en aquellos tiempos, y por las rendijas de la maltrecha persiana se colaban unas estrechas y rojizas franjas que teñían de ocaso la mugrienta y descolorida pared. Envuelto en las sombras de la incipiente penumbra el despacho parecía incluso digno. El día, un día típico [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: x-small"><a href="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/03/Micalet.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-2887" src="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/03/Micalet-186x300.jpg" alt="" width="186" height="300" /></a></span></span><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">La luz iba y venía cada diez minutos, nada raro en aquellos tiempos, y por las rendijas de la maltrecha persiana se colaban unas estrechas y rojizas franjas que teñían de ocaso la mugrienta y descolorida pared. Envuelto en las sombras de la incipiente penumbra el despacho parecía incluso digno. El día, un día típico de mediados de agosto en Valencia, había sido asquerosamente húmedo y el patético ventilador que chirriaba sobre el escritorio sólo servía para remover un aire denso y recalentado que parecía querer asfixiarle a uno.</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">No me gusta el calor y menos aún la humedad. Para ser sincero la humedad me da asco, le hace a uno ir mojado todo el día y eso me pone enfermo. En aquellos momentos sin embargo, mi menor preocupación era la puñetera humedad. Las costillas, especialmente las del lado izquierdo, me dolían a rabiar y el labio, que ya no sangraba, se me estaba hinchando por momentos pese a los tres puntos que me habían dado. El golpe en la rodilla parecía menos grave, o eso dijo el doctor, pero dolía como el resto, o lo que es lo mismo, muchísimo. El tipo que había intentado derribarme con aquel truco barato lo había pagado caro. Cada vez que pensaba en aquel niñato engominado chillando mientras se agarraba la entrepierna sentía una cruel y oscura satisfacción. A mí me habían dejado baldado pero al menos uno de ellos había terminado peor que yo. Cabrones.</span></span></p>
<p><span id="more-2886"></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">Si no fuera por el coronel Hinojosa aún estaría pudriéndome en el calabozo de Jefatura. Tras lograr que me soltaran haciendo uso de su rango y pidiendo un par de favores, había ordenado a su chófer y hombre de confianza que me llevara al Hospital donde me remendaron lo mejor que pudieron dadas las prisas y la situación. Lo mejor era desaparecer durante un par de días así que Hinojosa me recomendó que me encerrara en casa y eso es lo que hice. Por aquel entonces no había diferencia entre mi casa y mi despacho y ahí estaba yo, lamiéndome las heridas frente al viejo escritorio de mi abuelo que constituía mi única pertenencia de valor y el último recuerdo familiar que conservaba. La guerra se lo había llevado todo. Hinojosa me dijo que trataría de averiguar quiénes eran los responsables del asalto y si tenían algo que ver con nuestro asunto. Así lo llamó, nuestro asunto. Era un buen hombre Hinojosa pero no dudé en recordarle que al fin y al cabo había sido él quien por hacerme un favor, replicó sonriendo, me había encargado aquel trabajo. En cualquier caso el coronel no tenía porque preocuparse por un pobre diablo como yo y aún así lo hacía. Yo le había salvado la vida una vez, en el Ebro, cuando todo un destacamento de republicanos se nos echó encima y tuve que sacarlo a toda prisa sobre mis hombros, mientras se desangraba como un cerdo por los tres nuevos agujeros que algún paleto con buena puntería le abrió en el pecho. Tras pasar un par de días más allá que aquí, Hinojosa abrió por fin los ojos y el médico de campaña dijo que viviría para ver nacer a su hijo. Eso le hizo estarme eternamente agradecido. El tiempo demostró que aquello no había sido sólo una forma de hablar y en los últimos dos años, el coronel me había sacado las castañas del fuego por lo menos diez veces.</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">Después de tres días encerrado en aquel cuartucho que me hacía las veces de casa y lugar de trabajo decidí que ya estaba bien, las paredes se me estaban comiendo vivo y necesitaba respirar aire fresco y estirar las piernas. Mi labio iba mucho mejor y la rodilla, salvo por algún pinchazo ocasional, apenas me molestaba. Lo de las costillas era otra historia y respirar seguía siendo un pequeño suplicio a ratos. Hinojosa no daba señales de vida y aquello podía significar cualquier cosa, buena, mala o regular. Estaba acostumbrado a los silencios del coronel y dado que siempre he presumido de ser un tipo optimista interpreté éste como una buena señal así que me dispuse a ponerme en marcha. Tras asegurarme de que llevaba la foto del teniente Salgado en el bolsillo interior de la chaqueta, cerré la puerta con un resoplido de dolor y me calé el sombrero hasta las cejas. Hice como que giraba la llave, más por disimular que otra cosa, porque la cerradura llevaba estropeada tres semanas y la señora Flores seguía haciendo oídos sordos a mis quejas que, por otra parte y teniendo en cuenta mis continuos retrasos con el alquiler, no eran demasiado enérgicas. Desde la paliza tenía los nervios de punta y esa incómoda sensación de que algo no cuadra me rondaba la cabeza constantemente. Pensé por un momento en coger el revólver pero tras mi reciente detención si la Guardia Civil, la policía o los militares me cogían por ahí con un arma, mal asunto. Tan malo que ni el coronel hubiese podido echarme una mano. Fuera como fuese el asunto del teniente desaparecido olía francamente mal y, mis huesos daban fe de ello, a alguien no le gustaba que se hicieran preguntas sobre Salgado. Precisamente ese era mi objetivo en el río. Hacer preguntas.</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">La noche era agradable y una ligera y refrescante brisa con olor a mar invitaba a pasear para quitarse de encima los calores del día. Decenas de personas deambulaban por la plaza de Tetuán en dirección a las alameditas o el Parterre. Me detuve bajo uno de los grandes ficus del parque, frente a una pareja de tortolitos que se miraban sin hablar, él con cara de besugo enamorado y ella con mal disimulado hastío, y lié un cigarro con más aire que tabaco que me hizo toser con cada calada. Aquello era ridículo, dantesco. Si uno cerraba los ojos y se dejaba llevar por los sonidos y aromas de aquella escena nocturna la vida podía parecer incluso normal. Un par de vociferantes camisas azules me sacaron de mi ensimismamiento y su presencia me devolvió a mi prioridad, el teniente Salgado. Había desaparecido durante la gran concentración de Falange en abril, cuando el Partido había tomado la ciudad aquel soleado domingo y la Alameda se inundó, literalmente, de gente deseosa de proclamar su adhesión al nuevo régimen en aquel fastuoso espectáculo del que participó toda la maldita ciudad. Que te vieran allí no significaba nada, no estar podía resultar fatal. El que estuvo fue Salgado, o al menos eso me dijo el coronel. Lo único que sabía es que vino de Madrid en la delegación oficial junto al mismísimo Serrano Súñer y otros gerifaltes y que andaba detrás de algo. Nada más. Apuré el cigarro y retomé, un poco más deprimido que antes, el camino hacia el río.</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">El cauce del Turia se había convertido en un inmenso poblado con miles de chabolas que sirvieron de lugar de refugio para todos los desplazados que llegaron a la ciudad durante los últimos meses de la guerra, cuando el Gobierno de la República se trasladó a Valencia. Ahora, un año después, muchas de esas personas no tenían adónde ir ni un hogar al que volver así que habían optado por permanecer allí, en esa ciudad alternativa y con personalidad propia que crecía cada día, cada semana, sumando vecinos a una Valencia que no quería saber nada de ellos. Bajo los puentes, junto a viejas fábricas e inmensas chimeneas de ladrillo, serpenteando entre los brazos del languideciente río que apenas una década después iba a echarlos de allí arrasando sus escuálidos hogares, aquella miríada de refugiados y desheredados sin identidad pasaba desapercibida para la mayoría de los ciudadanos, autoridades incluidas, de una Valencia que trataba de recuperar apresuradamente la normalidad y eso, en aquellos tiempos difíciles e inciertos, no era poco. Ser invisible tenía, sin duda, sus ventajas.</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-size: small"><span style="font-family: Times New Roman,serif">- ¡Carlos </span><span style="font-family: Times New Roman,serif"><em>Manco</em></span><span style="font-family: Times New Roman,serif"> Ferrís! – exclamó Vargas en cuanto me vio asomar la cabeza por el marco de la puerta de su maltrecha vivienda- Siempre es una placer verte amigo mío &#8211; Con una suave gesto de la mano me invitó a sentarme en el único y desvencijado taburete que había en la </span><span style="font-family: Times New Roman,serif"><em>habitación</em></span><span style="font-family: Times New Roman,serif">.</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">- Bonita casa – repliqué con humor – Perdona que no haya llamado Vargas, pensé que se iba a venir abajo si golpeaba la puerta.</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">- Se hace lo que se puede Manco, no seas cruel – Sin preguntar me sirvió un pellizco del brebaje que estaba bebiendo, un licor de tono parduzco e insano, ilegal sin duda &#8211; ¿Y el brazo?</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">- Perfecto – la vieja herida de mi hombro izquierdo, origen del apodo que había sustituido a mi nombre, había curado todo lo bien que cabía esperar, mejor incluso, y la movilidad era casi total – Necesito información – dije sacando la foto del teniente Salgado.</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">- Lo que quieras, ya lo sabes – Vargas se puso serio. Era de esos tipos que nunca te falla. Cogió la foto de Salgado y la miró con interés, como queriendo retener las facciones del hombre – Militar… </span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">Asentí en silencio.</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">- ¿Lo del labio tiene que ver con ello?</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">Asentí de nuevo.</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">- Mal asunto.</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small">En aquel momento ninguno de los dos intuimos cuánta razón tenía Vargas.</span></span></p>
<p style="text-align: center"><span style="font-family: Times New Roman,serif"><span style="font-size: small"><a href="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/03/detectiveCivinova.jpg"><img class="size-medium wp-image-2896  aligncenter" src="http://www.civinova.com/novae/wp-content/uploads/2011/03/detectiveCivinova-300x164.jpg" alt="" width="300" height="164" /></a></span></span></p>
<div style="text-align: right"><a href="http://www.civinova.com/colaboradores/#jguixguti"><br />
<span style="font-style: italic">José Guix</span><br />
</a></div>
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