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Sección: Relato

Abogado de Oficio

[5 Agosto 2010]

Soy abogado del turno de oficio, pero la mayoría de las veces me parezco más a un penitente que lleva un cirio entre las manos. Mi situación es tan caótica que últimamente paso más tiempo haciéndole recados a mi novia, que atendiendo a pobres desamparados que no tienen para pagarse un leguleyo en condiciones. Ellos siempre me dicen que son gajes del oficio, pero yo pienso que lo mío sí es una faena, porque si supieran que ando todo el día de aquí para allá como castigo por no aprobar las oposiciones a Abogado del Estado que ella tan brillantemente ha sacado, dejarían de confiar en mí al instante. Pero nunca pierdo la esperanza, y siempre estoy atento a cualquier señal que el destino me envía para que mi mala fortuna actual cambie de repente. Por ejemplo, ahora que me dirijo a la administración de loterías más cercana con el boleto de la primitiva que hace unos días ella me mandó sellar, pienso en qué haría si nuestro boleto tuviese los seis aciertos. Aunque ésta es una costumbre que adoptamos mientras éramos unos pobres opositores, y en ella sólo cabían acciones cargadas de buenos proyectos para nuestro próximo futuro en común, últimamente desde que mi status ha ido perdiendo peso ante su meloso protagonismo, cada vez que voy a hacer el humillante recado de comprobar cómo la fortuna a mí todavía me resulta esquiva, no puedo reprimir hacer un pacto con mi imaginación y otro con el diablo. Con la primera, me alío para escuchar que el boleto tiene seis aciertos; y con el segundo, imagino la cara de una joven y prometedora Abogada del Estado, cuando al sentirse estafada tiene que dictar una orden de busca y captura contra su novio, consciente de que ni sus armas jurídicas ni sus armas de mujer, han sido suficientes para que yo siga permaneciendo a su lado.

 

 

Desde los tiempos de los Egipcios, África nos ha ido enviando señas de humo, mensajes de sabiduría, destellos de brillantez que hemos tratado de reproducir e integrar a nuestras costumbres. Hubo un tiempo en que África lo era absolutamente todo. Era el principio y el fin de la Humanidad. Eso era hace miles de años, por no decir millones, pero no hace falta ir tan lejos, rebuscar tanto en la historia, para descubrir riquezas de un pueblo africano que siempre ha vibrado por su sensatez, su extravagancia, su calidez y su gran filosofía. Simplemente traspasando los límites que impone la lacerante trata negrera y la humillante colonización, descubrimos a pueblos tan poderosos como los de Egipto, Axum, Mali o Songhai. Todas potencias deslumbrantes que marcaron su tiempo con raudales de oro, empresas tan atrevidas como cruzar el atlántico, alianzas de estabilidad con imperios claves como el Imperio Bizantino o conquistas tan extensas como las de Alejandro Magno.

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El músico sevillano, líder de la banda Sr. Chinarro, tiene un pie en Sevilla y otro en Málaga. En una ciudad graba su disco número 16, en la otra escribe (mejor dicho, ahora corrige) su primera novela.  Nadador entre dos orillas, , Antonio Luque da vigorosas brazadas de música, sarcasmo y poesía.

Karina Sainz Borgo/ Madrid

Antonio Luque pide un café con leche descafeinado. Lo hace porque el Señor Chinarro, la banda que lidera , debe subir al escenario en 45 minutos. “Si me tomo cualquier otra cosa me pondría hiperactivo”, dice mientras remueve el azúcar.   Han transcurrido casi veinte años desde que este músico sevillano editara Pequeño Circo (1993) y más de diez desde El porqué de mis peinados (1997). Una propuesta musical indie, entonces mucho más oscura, fue aclarándose y transformándose. Luque quemó naves. Dejó su trabajo en una fábrica y se dedicó por completo a componer, tocar y escribir.

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Fugaz Encuentro

[25 Junio 2010]

Estoy muerta de miedo, con mi copa de vino en una mano y el recuerdo de tu último beso en mis labios. ¿Qué te diré cuando te vea? Seguro que me comportaré como una tonta, y no sabré expresar más que frases hechas y sin sentido. Tu presencia me desborda todavía, aunque siempre te tenga a mi lado, entre fugaces recuerdos que me llevan a aquella copa de vino. Al instante en el que nos amamos con efluvios de color cereza, y entre sonrisas, corrimos a refugiarnos en sueños envueltos en colores magentas y aromas de canela.

Ahora te busco más allá de nuestro fugaz encuentro. A la espera de una recompensa por mi esfuerzo, como tú hiciste mientras te deslizabas por mi cuerpo. Entonces, el deseo surgió sin la necesidad de utilizar las palabras, sólo con un intenso intercambio de miradas y anhelos. Apreciando tu sabor, que me hizo evocar mis mejores momentos; e inundándome con tu olor, que me avisó que siempre estaríamos cerca, en un maravilloso y fugaz encuentro.

 

Corrupción bloguera

[2 Junio 2010]
Ibán dijo…
A qué hora quedamos mañana.
Aurora dijo…
No te puedo confirmar mi asistencia.
Ibán dijo…
No te preocupes, todo va a salir bien.
Aurora dijo…
Has preparado algo.
Ibán dijo…
Ya sabes que me gusta improvisar.
Aurora dijo…
Y qué me pongo.
Ibán dijo…
No te preocupes, que este juez no te conoce.
Aurora dijo…
Ya, pero no tengo ropa de diseño para impresionarle.
Ibán dijo…
Tú crees que él se fijará en tu vestido.
Aurora dijo…
Tienes razón, él sólo escuchará mi alegato.
Ibán dijo…
Entonces, nos vemos mañana en la vista.
Aurora dijo…
Déjame que lo piense y luego te lo digo.
Ibán dijo…
Recuerda lo que me costó conseguir tu personación como interesada en la causa.
Aurora dijo…
Y esta vez cuál será la señal.
Ibán dijo…
Déjame pensarlo, y cuando lo sepa, abro un nuevo comentario.
Ángel Silvelo Gabriel

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