Con el recuerdo de no haber tenido un par de buenos zapatos hasta llegar a la preadolescencia o de no haber leído un libro hasta cumplidos los 12 años… Resulta paradójico el pensar que Ryszard Kapuściński, el reconocido y admirado periodista, escritor, historiador y ensayista; autor de culto, de mirada lúcida y voz de narrador; peculiar, tierno, irónico, observador detallista, profundamente político, casi filosófico, auténtico animal de la comunicación y máximo exponente de la crónica internacional en la última mitad del siglo XX tuviera un ‘face to face’ con los famosos 140 caracteres. Precisamente el máximo de vocablos del microblogging le plantean un órdago a su máxima, aquella que repetía al mundo: “No se puede escribir de alguien con quien no has compartido como mínimo algún momento de su vida”. ¿Qué haría a día de hoy? Leer más…
Sección: Literatura
Los 140 caracteres de Kapuściński
El periodismo muerto
El fin del periodismo es un augurio que lleva copando los debates sobre comunicación no sólo los últimos años, sino las últimas décadas. Que ahora, mejor que nunca, seamos conscientes de que la información es tratada como un bien con objetivos rentables más que como un servicio público no significa que el periodismo aún esté vivo, ya que lo único que está vivo es el afán de lucro de aquellos que poseen los medios.
No quisiera desvirtuar la magia de esta profesión tan hermosa –siempre y cuando se sigan las directrices de la ética-, pero me atrevería a decir que, por lo general, la vocación periodística a lo largo de la historia sólo ha sido real en aquellos que aún no habían conseguido obtener un poder periodístico real. Que actualmente los fines del periodismo sean claramente no periodísticos no significa que antaño sí lo fueran, lo que pasaba es que no era de recibo que el público aceptase tácitamente que le estaban vendiendo algo como lo que no era.
A partir del siglo XVIII, cuando se puede comenzar a hablar de periodismo como tal, la prensa se utilizaba como un arma política de doble filo: coacción de los que ostentaban el poder y ansia de libertad de los que lo anhelaban (para acabar coartando dicha libertad en caso de hacerse con el poder). En España, por ejemplo, el caso más claro viene en el siglo XIX de la mano de Espartero.
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Cuestión de tamaño
Érase una vez un niño de madera, una marioneta. Deambulaba continuamente acompañado de su mitomanía psicosomática. Curioso insaciable, en palabras de Oscar Wilde, Pinocho “puede resistir todo, excepto las tentaciones”.
Gepetto, anciano y bondadoso, fue su progenitor. Con su obsesión eterna por los relojes, de cuco siempre. Y, luego, las malas y buenas influencias, como todo. Cleo, Figaro, el Hada Azul, Strómboli… Y, por supuesto, Pepito Grillo.
Un cuento de niños, una fábula infantil que podríamos adaptar al periodismo. Viejo periodismo. El impreso, el que te mancha los dedos de tinta cuando pasas sus páginas, el que te protege de los restos de café producto del despiste dominical. Sería un Gepetto `anciano y bondadoso´ carpintero de noticias. El progenitor de Pinocho, el ciberperiodismo, un chiquillo. Marioneta de la globalización, con las cuerdas enredadas entre times lines y plus de Google. Sin capacidad de rechazar tentaciones. Una influencia (buena o mala): las redes sociales.
La otra Liz Taylor
La gata de los ojos color violeta se presentó en el juzgado rodeada de paparazzi que no paraban de hacer un click tras otro mientras seguían sus movimientos. Esa era la ofrenda a sus admiradores. Un derroche de glamour al que el fiscal de la causa no estaba acostumbrado, y mucho menos el juez, que dictó el sobreseimiento del procedimiento. Yo la miraba atónito, buscando un argumento para despojarla de su máscara de diva. No recuerdo como lo hice, pero me deslicé entre sus pegajosos aduladores y logré enseñarle la fotografía. Una imagen que no consiguió desplomarla en el vestíbulo. Al contrario, todo sucedió tan deprisa, que sólo recuerdo que cuando me miró, no lo hizo con los ojos de Cleopatra, y mientras yo me caía al suelo como si me hubiera atravesado un rayo, ella sacó otra fotografía de su bolso que me tiró a la cara. Nadie se inmutó, ni siquiera ella, la otra Liz. Una activista humanitaria a la que noté una expresión de satisfacción al verme así, tendido en el suelo y rodeado de personas que desconocían la verdadera razón de mi zozobra. Mientras se alejaba de mi lado, yo me quedé mirando la foto de Jack, mi último novio, al que yo había contagiado el sida, y al que ella había defendido de mí ante toda la sociedad. La miré de nuevo, y formulé un deseo.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel
Irène Némirovsky, Los perros y los lobos: las encrucijadas del destino.
El viento helado de nuestra vida, nos voltea hasta hacernos llegar a ese destino que nunca habíamos soñado. Cuando estamos en ese lugar (al que nunca pedimos ir), nos sentimos raros y descolocados, como si todo se redujera a un sueño del que a veces no queremos despertar. Los protagonistas de Los perros y los lobos, deambulan por sus vidas a merced de esa fuerza superior que los deposita en enclaves desconocidos, pero que subyugados por una fuerza suprema, caen vencidos ante la pasión, que se comporta como una maldición febril que les impide renunciar a sus orígenes. En este sentido, la maestría a la hora de narrar y describir la psicología de sus personajes que tiene Némirovsky, resplandece como el dios sol en esta novela (la última que publicó en vida), y las raíces de los judíos, su necesidad de sobresalir, su exilio errante (tanto interior como exterior), y esa volcánica erupción de un sinfín de ambiciones ocultas en lo más profundo de sus corazones, están retratadas con gran precisión; porque ante todo, la estirpe de los Sinner, y por ende de la raza judía, no son sino la epopeya de cualquier ser humano que cae en el precipicio de sus debilidades.




