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Sección: Literatura

Marsé

[10 Agosto 2010]

Marsé, nacido Faneca i Roca, tiene un rostro grave, simpáticamente adusto, escaso cuello, y perfección de orfebre en su prosa. Bendecido por la pátina del socialrealismo, hijo adoptivo del hambre patria, no ha querido valerse de etiquetas y ha obrado, obrero él, como escritor total. La poética del conflicto social catalán, la dialéctica del xarnego y la barretina, de Pedralbes y el Carmel, zumbaba de fondo como una tenue disculpa, entre lírica y vengativa, para deleitarse en la contemplación de la falda de la bella burguesita rubia, o en el crepúsculo dorado sobre el horizonte mediterráneo, visto desde algún recodo entre pinos del Tibidabo.

(Este fragmento forma parte de un artículo que será publicado en septiembre en la revista Manual de Uso Cultural)

Jesús Nieto Jurado

La campaña de publicidad que lo precedió ha vendido Angelology y el fenómeno de los ángeles como el nuevo (y sospechoso) boom editorial, algo así como los herederos de los pseudovampiros adolescentes, que harían revolverse en su tumba al mismo conde Drácula o a su creador Bram Stoker, que en los últimos años han invadido librerías y salas de cine por igual. Como buen aficionado al género, los vampiros de nuevo cuño de la saga Crepúsculo me parecen cuanto menos innobles y los considero cercanos al sacrilegio, pero esa es mi opinión claro está; en cuanto a los angeles de Angelology… pues ni fu ni fa, ni chicha ni limoná que diría mi abuela.


Danielle Trussoni ha escrito un libro para y por el marketing y las ventas, leí en alguna parte que los derechos de la película ya estaban vendidos y el proyecto en marcha, y eso se nota… para mal. Al libro le falta sustancia, cuerpo, alma. Es un thriller precocinado, con fórmulas ya conocidas que no funcionan y que, básicamente no aporta nada de nada. En literatura dos y dos no son cuatro y este Angelology: el Libro de las generaciones, primero de una supuesta trilogía (dios nos libre) no acaba de funcionar. Cuando lo compré no esperaba nada especial, simplemente (que no es poco) entretenerme, algo de acción, intriga… en definitiva un libro que me enganchara con una trama audaz, viva, intensa y adictiva, de esos que no pasan a los anales de la literatura pero que te hacen pasar un buen rato. No he llegado a aburrirme con él, pero desde luego que no he disfrutado tampoco. Las páginas pasan y no pasa nada, los momentos que debieran ser emocionantes y/o espectaculares se desvanecen como azucarillos en una taza y ni ángeles ni nefilim ni nada… el libro es blando e insulso.
La trama parte de la base de la existencia de los Nefilim, los supuestos descendientes de la relación entre algunos ángeles y las primeras mujeres humanas, que secretamente han venido dominando a la humanidad provocando guerras, crisis y manejando los hilos a su antojo (como no, las atrocidades nazis… culpa de los Nefilim… ya huele esto de meter a los nazis hasta en la sopa). Frente a ellos, los angelólogos, una sociedad secreta, un grupo de expertos en las criaturas angelicales y en todo lo celestial. Vamos, el bien contra el mal. Lo dicho, nada nuevo.
Conclusión: Angelology (no sé por que no lo traducen como Angelología, supongo que por que en inglés todo queda más chic) es un libro del montón, de esos que encontramos doscientos en la estantería de turno de cualquier librería comercial. Personalmente no se lo puedo recomendar a nadie por soso, por que no dice nada y por que no llega ni a aburrir y te lo tienes que tragar entero. Suspenso para los angeles.

Foto. Daniel Mordiznski

“Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos”. A Borges no le bastaba un bostezo para zanjar el asunto. Su arremetida debía parecer un accidente, ocurrir con aparente inocencia y ser pronunciada con un aflautado sarcasmo. X

Jorge Luis Borges se despachó a defensas y delanteros, en 1978, justo la fecha en que Argentina ganó su primer campeonato del mundo. “Es un juego para mentes estúpidas”, dijo el escritor –aunque con algunos dieces ahora retirados, que su boca sea la medida-.

Lo que Borges quizás no sospechaba es que El Aleph –ese universo que todo lo contiene- saldría del sótano sin su permiso. En la geometría de la posibilidad, el fútbol nos convirtió a todos en feligreses dominicales, incluso en los miércoles de Champions.X

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Las tres primeras imágenes de la película son una perfecta muestra de sinopsis cinematográfica que tienen la extraña y magnética habilidad de resumir la vida del ser humano sobre la tierra con una sencillez y maestría dignas de la mayor de las alabanzas. Estas imágenes representan un beso, una sesión de preparto y el nacimiento de un nuevo ser humano, y todo esto cuanto todavía no sabemos cuál va a ser la historia que en sí misma encierra la película. Después, en la siguiente imagen, una hija cepillando el pelo a su madre (suponemos) como resultado de las imágenes anteriores.

Madres e hijas tiene esa extraña habilidad de transportarnos a la intensidad emotiva de los sentimientos humanos a través de los tortuosos caminos de la ausencia, los errores, el reproche y la incomunicación. A esta película le viene como anillo al dedo la frase: “tiempo de comunicaciones rotas o comunicadas a destiempo”. Pero Rodrigo García nos propone que por encima de todo está el instinto, esa cualidad humana que antes o después se despierta y que quiere conocer de dónde procedemos, quiénes son nuestros padres o nuestros antepasados, como algo inherente al genoma humano y que no se transmuta por muy diferentes que sean los accidentes vitales que nos moldean de mil y una forma diferentes a lo largo de nuestras vidas.

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Desde que me enteré que Siruela publicaría Sombrero y Mississippi (2010), me preparé como quien lo hace para entrevistar o combatir. Leí Las aventuras de Tom Sawyer y las de Huckleberry Finn. Necesitaba conocer el cauce de un río al que jamás me asomé de pequeña. También releí a Beckett y, por supuesto, a Ray Loriga, el escritor de cejas furiosas y brazos tatuados. Volví a él de a poco, entre marzo, abril y varias cajetillas de Marlboro.
Las primeras cien páginas de Sombrero y Mississippi comencé a leerlas con una cerveza y medio paquete de tabaco frente al pabellón Carmen Martín Gaite, a los cinco minutos de comprarlo, en la Feria del Libro de Madrid. Las otras cuarenta y tantas las devoré en el 26, esa misma tarde, de vuelta a casa. Esa semana lo leí de nuevo, en el metro, entonces con un lápiz de Ikea. Desde entonces, el ejemplar reposa en la estantería. Cinco postips amarillos sobresalen de sus páginas como apagadas lenguas de serpiente.

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