Imagínense un paquebote de la compañía Cunard. Imagínense que viajan en él, y que durante la travesía se les permite visitar, sin restricción alguna, sus cubiertas, así como los camarotes y lugares de esparcimiento que se ofrece al pasaje. Imagínense que ora comparten velada con los viajeros de tercera, ora ocupan la mesa del capitán, u ora juegan al cricket en cubierta. Imagínense que ese paquebote no atraviesa un océano impertérrito, sino los agitados océanos del tiempo. Imagínense que ese paquebote termina varado en la playa de La Carihuela, junto con su tripulación y sus refinados pasajeros, en algún momento a principios de la década de los sesenta, y que es transformado, por obra y gracia de la imaginación de un novelista exquisito, en un hotel llamado Pez Espada.
Si se ven capaces de ponerse en esa situación, aún no estarán atisbando el verdadero alcance de la última novela de Alfredo Taján (Rosario, 1960), Pez Espada, les faltará el elemento más importante: su incomparable río de lenguaje.










