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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Sección: Ensayo

9788498792171Una de las muchas frases que el poeta portugués dejó escritas antes de su muerte: «morir es sólo dejar de ser visible», con el tiempo, sin embargo, se ha convertido en una paradoja más de su vida y de su obra, porque igual que si fuera un fantasma que tiene la cualidad de la ubicuidad, Fernando Pessoa se no aparece aquí y allá, como un dibujo desfigurado de su pretendida y anónima esencia —a él no le gustaba salir retratado en fotografías no fuera a ser que en ellas perdiera parte de su alma— en llaveros, camisetas y carteles publicitarios que de cuando en cuando, y según pasa el tiempo, más de vez en vez, pueblan las fachadas y las tiendas de Lisboa como un reclamo turístico más a añadir a la saudade —término inclasificable, ingobernable e indefinible—, que eso sí, se difumina con la primera neblina que recubre Olissippo muchas mañanas. Un manto de seda que por muy literario, poético y bello que nos parezca, no es real, como tampoco es real la imagen del poeta que recubre gran parte de su amada ciudad, porque más allá de parecernos un fantasma de sí mismo, es la caricatura que el destino, su destino, se ha encargado de asignarle lejos de su leyenda literaria, que ésta sí, es directamente proporcional, al número de papeles, legajos o documentos que van saliendo a la luz, fruto del trabajo de documentación e investigación que sobre los mismos se lleva haciendo desde el año 1979 cuando fueron donados por sus familiares a la Biblioteca Nacional de Portugal. Ahí es donde en verdad conoceremos al escritor y al poeta, y donde a su vez, sale ganando el artista, pues sólo tiene que hacer frente al destino a través de su obra. En este sentido, y en nuestra ayuda, Carlos Taibo en su libro titulado, Como si no pisase el suelo (Trece ensayos sobre las vidas de Fernando Pessoa), nos muestra el rostro más humano de los silencios y multiplicidades de Pessoa a lo largo y ancho de su vida, parándose en esos pequeños detalles, casi anónimos, que buscan el lado más cotidiano de una personalidad tan compleja como la del lisboeta, sedentario en lo geográfico pero gran explorador en lo literario. Ese uno entre muchos, al que siempre se nos alude, aquí sale retratado desde la multiplicidad del día a día de quien sube y baja, se retrata y se borra, se envalentona para después retroceder…, y sobre todo, desde esa perspectiva donde le intuimos arrebatado y conquistado a la vez por sus múltiples contradicciones, porque igual que su arcón mágico está repleto de proyectos inacabados, su vida se nos presenta como algo inconcluso, heterogéneo, anárquico y lírico, como sólo puede serlo la existencia de los genios: uno en todos, y todos en uno, en una suerte de multiplicidades que se asemejan a las múltiples fotografías de una misma persona en movimiento, que al observarlas, una tras otra, en la distancia, se nos presentan como el rastro que esa persona ha dejado en el camino. Senda y pozo, heroicidad y ostracismo, libertad y muerte…, así vemos al rey de los heterónimos, un alma de almas, como él mismo dejó dicho para intentar explicar a los demás su distorsión personal y literaria en las infinitas voces que le acompañaron a lo largo de sus días. Días que representan la radiografía de una huida, pues eso parece decirnos en sus sempiternos silencios y ausencias que no dejaron más huellas que aquellas que no se ven dibujadas en el camino, pues él caminaba como si no pisase el suelo. Días consagrados a su obra literaria por encima de cualquier otra actividad, lo que le llevó a renunciar a vivir, a disfrutar del amor, a forjarse una carrera profesional o a labrarse un porvenir fuera de la literatura. Esa pincelada de vanidad, por muy tenue que fuese en la vida del poeta, al menos a él le trasladó la sensación de que incluso los dioses perdidos también tenían momentos de debilidad que los convertían en humanos: «No tengas nada en las manos/ ni una memoria en el alma,/ para que cuando te pongan/ en la mano el postrer óbolo,/ cuando luego te las abran/ de ellas no te caiga nada.» A lo que hay que unir, si queremos conocer mejor el universo del personaje, anécdotas como la de la Coca-cola: «primero se extraña y luego se entraña», o la del arrebato de pasión que le da cuando besa por primera vez a Ofélia Queirós: «Recuerdo que estaba de pie, poniéndome el abrigo, cuando entró en mi gabinete. Se sentó en mi silla, depositó la lámpara que traía en la mano y, mirado hacia mí, empezó de repente a declararse, como Hamlet se declaró a Ofélia… Fernando se levantó, con la lámpara en la mano, para acompañarme hasta la puerta. Pero, de repente, la depositó junto a la pared y, sin que yo lo esperase, me agarró por la cintura, me abrazó y, sin decir palabra, me besó, me besó apasionadamente como un loco.» O como esa otra leyenda que dice que con ocasión del medio siglo del fallecimiento del escritor, el día del aniversario de éste, el 13 de junio de 1985, se procedió a trasladar sus restos mortales al monasterio de los Jerónimos, en Belém, pero al abrir el ataúd, dicen que el cuerpo del poeta se hallaba incorrupto y su ropa intacta, por lo que se decidió dejarlo tal y como estaba, junto a Dionísia su abuela loca.

Gracias a Carlos Taibo conocemos a la persona anárquica y contradictoria de la intimidad: la de sus cartas y confesiones, la de sus afectos y manías, la de sus proyectos e ilusiones…, y lo hacemos a través de un ensayo que está muy bien documentado y que nos dibuja el rostro más humano de los silencios y multiplicidades de Pessoa.

978841568992Quizá no exista en el mundo nada más inútil que la búsqueda de la belleza, porque, entre otras cosas, quizá nunca sepamos en verdad qué significa esa utopía de la que sólo entienden los sentidos. Esa incertidumbre en la que se mueve aquello que, en principio no se ve y sólo se siente, es en la que se sustenta una buena parte de la civilización que hoy conocemos, pues el sentido de la inutilidad —incluso dentro de los hallazgos tecnológicos más importantes— ha estado muy presente en todo aquello que nos han proporcionado algo de luz a lo largo de los siglos. No se nos debería olvidar que, un mundo sin emociones, es un mundo sin espacio para esa luz que sólo nos pueden proporcionar hechos tan inútiles como la persecución de esa línea del horizonte que nunca llegamos a alcanzar, o el placer de escribir o un leer un poema por el simple placer de crearlo o leerlo. Por ejemplo, ¿qué sería de nosotros si nos fuera sustraída la lectura de ese libro que, en sí mismo, es capaz de cambiarnos la vida o nuestra visión del mundo en el que vivimos; o si nos sustrajeran la intensa emoción que nos proporciona la contemplación de cualquier obra de arte que, por sí sola, logra que lleguemos a ese lugar que no tiene nombre y que nadie más que nosotros sabe que existe? Si somos de esas personas que perciben el arte en general como búsqueda, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que no hay nada más inútil que un mundo en el que el arte no exista y no sea un espacio para la reflexión y la contemplación…, la contemplación de la belleza, sea ésta lo que sea. En este sentido, podemos seguir afirmando que, tanto la curiosidad como la duda que son intrínsecas al creador, son los motores que no se ven, pero que sí son esenciales a la hora de mover el mundo, pues generan las sinergias que cada uno de nosotros desarrollamos con nuestros sentidos y sentimientos. Un mundo sin la capacidad de la emoción es un mundo oscuro y sin luz, por muy iluminado que esté con múltiples artilugios lumínicos de diversa naturaleza. Y es quizá, por ese afán desmedido por el beneficio y la posesión, por lo que en este tiempo —más que nunca—, se nos olvida con gran facilidad que la esencia del hombre es la misma a lo largo de los siglos, pues nos seguimos emocionando por las mismas cosas. Sin temor a equivocarnos, podemos decir que, igual que nadie es capaz de escapar al miedo a la muerte, tampoco le resulta posible escabullirse del amor cuando ese sentimiento llega a su corazón. Esa capacidad natural que el ser humano tiene de emocionarse, es la que en la actualidad vamos perdiendo en pos de otro tipo de emociones mucho más programadas y que cada vez menos tienen que ver con la esencia del ser humano, pues a medida que avanzamos en una sociedad más tecnificada, nos alejamos de lo verdaderamente importante, pues si no existieran todas estas posibilidades de la emoción como formas de expresión —como por ejemplo, el de la inutilidad de la búsqueda de la belleza—, no existiría un hombre y una sociedad tal y como hoy la conocemos. Esa utilidad de lo inútil, que de una forma tan brillante reclama Nuccio Ordine en su ensayo que lleva el mismo título, es lo que aún nos mantiene vivos, pues no todo es el resultado final en el que el éxito siempre tiene un matiz de beneficio. El crear por el simple hecho de crear y el placer de la contemplación, también son, en sí mismos, valores inherentes al ser humano. La utopía en la que, cada día más, se está convirtiendo la cultura y todas las ramas de la misma, nos está llevando a un desconocimiento cada vez más amplio de lo que somos, dejándonos huérfanos de una parte esencial que también nos pertenece: la de la propia identidad.

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imagesPXYJVCMVHay pocas manifestaciones, tan majestuosas o propiciatorias, de ser otro, que a través de la literatura. El eco de la vida se repite tantas veces como la osadía o el valor del autor que es capaz de enfrentarse a la intrahistoria del paso del tiempo quiera o tenga el valor de afrontar. José Saramago lo hace a lo largo de nueve meses y quinientas páginas que, son y serán, el testamento vivo que el Premio Nobel portugués dejó de su admiración hacia el más grande de los poetas portugueses de todos los tiempos, Fernando Pessoa. En este caso, Saramago adopta la personalidad de Ricardo Reis, uno de los más conocidos e importantes —dentro de la multiplicidad— heterónimos de Pessoa, para a través de su persona, posibilitar a su mentor y maestro, la posibilidad de vivir esos nueve meses posteriores a su muerte el 30 de noviembre de 1935 en el hospital de San Luis de los Franceses en Lisboa. Las revoluciones, la Guerra Civil española, el nazismo, el fascismo y el Estado Novo portugués, son ese reflejo del alma vital y mundial, que Saramago quiere dar a conocer a Pessoa a través de Ricardo Reis, para de esa forma, darle la posibilidad de seguir al tanto de los acontecimientos del mundo, de Portugal, y de su querida Lisboa. En este sentido, el eco del tiempo es infinito, pues asistimos a la facultad de reconstruir el tiempo una y otra vez, tantas, como cuantas veces se lea esta novela por cada lector, pues en cada lectura, se reconstruirán esa época, ese mundo y esa ciudad de una forma diferente, porque aunque siguen existiendo ya nos son los mismos. Ese punto, donde la imaginación tiene que ponerse a trabajar y fabular, es donde el cuerpo de esta novela se hace fuerte e intransigente con el paso del tiempo, como si estuviese cincelada en una piedra que ni siquiera el viento puede borrar los relieves de sus letras, palabras y frases. En un estilo literario preciosista, irónico y barroco, Saramago nos invita a pasear por una Olissippo que conoce bien, pero que ya no existe, y se sirve de su fuerza expresiva para llevarnos por un contorno vital que ni tan siquiera su ironía es capaz de borrar, pues el matiz altamente político de su prosa, no deja lugar a ninguna duda. Un autor existencialista como él, sin embargo, recurre y recorre la trayectoria vital de un Ricardo Reis, de una forma banal, pues el heterónimo de Pessoa sólo pone los ojos al escritor que, es, quien en verdad escribe esta historia. Eso sí, el ejercicio estilístico de esta novela es impecable, a la altura, sin duda, de Los cachorros de otro Premio Nobel, Vargas Llosa, pero al contario que esta novelita corta del escritor peruano, El año de la muerte de Ricardo Reis es un novelón de gran cuerpo que, a pesar de todo, resiste muy bien el transcurso dilatado de la historia que nos narra. Este monólogo interior que carece de diálogos, y que el propio Saramago interpela en el texto corrido a través de comas, con la única salvedad de la letra mayúscula que nos anuncia el inicio de cada parlamento, es ante todo una mayúscula vuelta de tuerca al universo pessoano, pues el texto está ricamente inseminado de referencias, anécdotas y citas al rey de la paradoja, Pessoa, al que Saramago concede, la virtud y el acierto, de presentarse al protagonista de la novela durante los nueve meses que se narran en la misma. La particularidad de estas apariciones está en que Pessoa no se presenta como un fantasma, sino como una figura que, con el paso del tiempo va perdiendo sus contornos hasta que se convierta en una sombra, como nuestra memoria. Esa posibilidad de vida tras la muerte, es en la que Saramago indaga para darle cuerpo y definitiva sepultura a un mito que trasunta y divaga, quizá, como hizo siempre, por un mundo a la deriva que él abandonó antes de tiempo, pero que sin duda, también él supo que sería así antes de que el último hálito de su vida saliera por sus pulmones. Las contradicciones que le asaltan a Ricardo Reis a lo largo de la novela son, en ocasiones, aquellas que Pessoa padeció y sufrió en su vida, con el matiz, de que Saramago le da a su protagonista la posibilidad de resarcirse de aquellas faltas o ausencias que el poeta portugués no tuvo en vida, como por ejemplo, disfrutar de un amor carnal y otro platónico a la vez; o la posibilidad de habitar una casa que, aunque fuese alquilada, no le obligó a llevar sus propios muebles, como Pessoa hacía en cada una de sus dieciocho mudanzas a lo largo de su vida desde que regresó de Durban. En este sentido, hay como un ajuste de cuentas vital a favor de Pessoa, y al que Saramago no se resiste —y hace muy bien— pues nos posibilita ver, leer y sentir ese reflejo inconcluso en la vida del poeta. No obstante, y, como en otras obras de Saramago, aquí también está presente ese último homenaje al pueblo llano y al ser humano, con el que el Nobel portugués rescata del olvido a esos personajes anónimos de un pueblo al que ama. Baste recordar cómo define a Lisboa: «Aquí, donde el mar se acabó y la tierra espera». Y así se nos presenta Lisboa, Pessoa, Ricardo Reis…, y nuestra propia vida.

angelsilveloLA NECESIDAD DEL HÉROE EN LA LITERATURA

«La vida es un reflejo», pienso. Sin embargo, nunca intentamos asir ese efímero destello, sino que más bien nos comportamos como si nuestra existencia se quedara prisionera dentro de la imagen del cristal que solo vemos. Ese es nuestro gran error, porque la verdadera vida huye en apenas un instante, justo el que dura ese centelleo en el que casi nunca reparamos.

         Este es un fragmento de la primera página de la novela Los últimos pasos de John Keats, y si lo he traído aquí, es porque quiero que todos reflexionemos acerca de una idea que lleva tiempo rondándome la cabeza. Esta idea no es otra que LA NECESIDAD DEL HÉROE EN LA LITERATURA. A lo largo de la historia de la literatura, podemos ver cómo hay escritores que han sido capaces de crear héroes a los que han convertido en protagonistas de sus libros. De ahí, que yo me pregunte: ¿puede el escritor convertirse en un héroe de carne y hueso en la sociedad actual?, o ¿puede traspasar las páginas de la ficción de los protagonistas que crea a la realidad?. En este sentido, el escritor austriaco Stefan Zweig reflexiona sobre el concepto del héroe, y afirma que el mundo está compuesto de héroes, de personas que resisten, se enfrentan, pelean y se sacrifican, por eso, de una forma natural podríamos interrogarnos acerca de que: ¿acaso la figura de determinados escritores está muy alejada de estos parámetros? Entre otros, el crítico norteamericano Lionel Trilling en su libro titulado, El yo antagónico (publicado en España por Taurus ediciones en 1974), ya aborda este concepto, y hace hincapié en el escritor enfrentado a su tiempo en el apartado «El poeta como héroe: Keats en sus cartas, donde nos dice lo siguiente: “El doctor Leavis dijo que, al pensar en Keats como poeta, tenemos que comprender que los documentos importantes son sus poemas, no sus cartas. Nadie lo pone en duda. Cuando pensamos sobre Keats como poeta, sus cartas son por supuesto, iluminadoras y sugestivas, pero en relación con Keats como poeta no son primarias, sino secundarias; solo son iluminadoras y sugestivas. Sin embargo, el hecho es que a causa de las cartas es imposible pensar en Keats solo como poeta; inevitablemente, pensamos en él como en algo más interesante que un poeta, pensamos en él como en un hombre, más aún, como en una cierta clase de hombre: el héroe.»

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miguel gil

“Para un reportero en una guerra, territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. El suelo de las guerras está siempre cubierto de cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando.” La misma atmósfera en la que Marta Gellhorn tiraba piedras a un estanque, sin importarle que efecto hicieran las piedras en el estanque, pero al menos, ella tiraba piedras. Pérez Reverte y Gellhorn compartieron oficina y oficio, miradas camufladas hacia una misma realidad tantas veces repetida. Ambos son dos protagonistas más de Los ojos de la guerra.

La muerte preside desde su pedestal intocable la reconstrucción de un puzle que se fracciona a diario, a pesar de que la sociedad no lo perciba. Cada pieza se adhiere a la anterior a través de 460 páginas, se construye la verdad, más próxima, a la vida y profesión de Miguel Gil Moreno (Corresponsal de guerra, 1967-2000) muerto por una emboscada cuando trabajaba en Sierra Leona. El conflicto visto desde 70 miradas hundidas en las miserias del periodismo más amargo, cruel y doloroso. Pero, también, del más humano, del más odiado, temido y subyugado. Una compilación que evoca el recuerdo y homenaje a uno de los corresponsales más intrépidos del periodismo contemporáneo. Sin embargo, destacar solo el factor emotivo sería quedarse en la piel del oficio. Los ojos de la guerra es un canal abierto al debate. Un cuestionamiento áspero de la profesión en terreno de fuego y del juego interesado de los medios de comunicación inmersos en sus preocupaciones económicas.

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