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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658

Sección: Literatura

Harold Bloom. Cuentos y cuentistas. El canon del cuento.

Harold Bloom. Cuentos y cuentistas. El canon del cuento.

Harold Bloom.
Cuentos y cuentistas.
El canon del cuento.

Traducción de Tomás Cuadrado
Páginas de Espuma. Madrid, 2009.

Entre Pushkin y Carver, Cuentos y cuentistas. El canon del cuento, de Harold Bloom que publica Páginas de Espuma, es un recorrido por la evolución del cuento contemporáneo a través de 39 autores.

Un siglo y medio transcurre entre la muerte del ruso y la desaparición del norteamericano. Un siglo y medio en el que la técnica del relato breve se va perfilando en torno a dos ejes: el cuento clásico, con sorpresa emergente y final cerrado que integra lo fantástico y lo cotidiano (Poe, Kafka, Borges, Cortázar) y el que arranca de Turgueniev y Chejov con sus finales abiertos y elusivos que llegan a la posmodernidad de Carver pasando por Sherwood Anderson y Joyce.

Un recorrido que empieza en el universo dantesco y purgatorial de La dama de picas, pasa por el tenebrismo irónico de Nathaniel Hawthorne, por la obsesiva frustración sexual de Andersen, por la parábola vampírica de Ligeia de Poe y la parábola prekafkiana de El campanario de Melville, por El capote de Gogol y los cuentos evasivos de Mark Twain, por las fantasías emersonianas de Henry James y un Maupassant que enseñó a Chejov a representar la banalidad en sus cuentos.

En el canon de Bloom están también O. Henry y sus sorpresas previsibles, Kipling y su dominio del tono, el humanismo desesperado de Jack London, Sherwood Anderson entre la limitación y la pureza, o Los muertos de Joyce, una obra maestra definitiva.

Un largo y profundo capítulo sobre Kafka, que escapó a su propia audacia, no creyó en nada y sólo confió en el imperativo de ser un escritor, deja paso a la lectura de Judas en flor, de Katherine Anne Porter, de El fin del asilo de Isaac Babel y de la Vuelta a Babilonia de Scott Fitzgerald como una elegía por la generación perdida a la que pertenecía también Hemingway, que es para Bloom el mejor escritor de relatos en lengua inglesa junto con Joyce.

En los últimos capítulos, un espléndido análisis de Lo que arde, de Eudora Welty; el esplendor inquietante de El marido rural, de John Cheever; el Bestiario de Cortázar; Las ciudades invisibles de Italo Calvino; Flannery O’Connor y Una vista del bosque, sólido y desagradable, y finalmente Catedral, de Raymond Carver, a quien -sospecha Bloom a partir de abundantes indicios- puede que hayamos sobrevalorado.

Cierra el volumen un utilísimo índice onomástico que permite localizar rápidamente las referencias a un autor o el análisis de un cuento concreto.

Los latidos de las vidas de Marina, Julius y Danielle permanecen ajenos al transcurso de la Historia del Universo. Un lugar, cuyo epicentro se encuentra en la ciudad de Nueva York, totem o becerro de oro al que todos sus habitantes adoran. Pero un día, dos aviones se estrellan contra las Torres Gemelas, y ese latido se para y cambia su cadencia, al igual que sus vidas, que ya no volverán a ser las mismas.
Los Hijos del Emperador representa las alegrías y miserias, así como, los proyectos y deseos de una generación de jóvenes norteamericanos que han crecido bajo la coraza protectora del boom de la sociedad capitalista (un mundo sin responsabilidades al viejo estilo). Gente bien (WASP) que ha tenido que combatir únicamente a sus miserias interiores, y que en nada son parecidas a las miserias externas ajenas a sus vidas. Claire Messud nos muestra una radiografía de una generación que no estaba preparada para los atentados del 11-S, aunque cabe decir que ¿quién lo estaba?
La literatura norteamericana de finales del siglo XX tampoco fue ajena a los retratos generacionales que nos muestran el lado oscuro de una generación de jóvenes que al poco tiempo serán los responsables de llevar el mando del país y por ende del resto del Planeta. En este sentido, Jay McInerney ya lo hizo en 1984 con su primera novela Luces de Neón y las réplicas posteriores: La Historia de mi Vida (1986) y El Último de los Savage (1996). Del mismo modo, Breston Ellis plasmó la desfragmentación generacional en su famosa Menos que Cero (1985) al ritmo de fiestas y drogas adornadas bajo la banda sonora de la música electrónica de New Order, cuya secuela más aclamada fue su archiconocida American Psycho. Pero ellos no fueron los únicos, en aquella época, los jóvenes talentos literarios norteamericanos se mostraban implacables con la sociedad en la que estaban viviendo y Douglas Coupland aún nos deleitó con su Generación X (1991), novela plagada de letreros, dibujos y cómics, que dejó bien a las claras que ya nada volvería a ser lo que era, y de paso, sirvió a los medios de comunicación para reconocer a todo una generación con la famosa X postrera que la calificaba. De todas estas proclamas, España recibió sus ecos a través de la famosa Historias del Kronen (1994) por la José Ángel Mañas recibió el Premio Nadal de ese año, aunque cabe calificar su intento como muy descafeinado en comparación con el de sus colegas americanos, tanto en la forma como en el fondo.
Entonces cabe preguntarse, ¿qué hay de distinto en la novela de Messud? Sin duda un ritmo más calmado y un aparente tono más ligero, que le sirven a la escritora norteamericana de ascendencia canadiense y argelina, para retratar una época y una sociedad imbuida en sí misma y enclaustrada en una profunda metamorfosis interna. Dentro de este microuniverso Messud consigue retratar magistralmente el semblante de unos personajes perfectamente creíbles y cercanos a cualquiera de nosotros, dotandoa cada uno de ellos de unas características individuales que los sitúan perfectamente dentro del gran conjunto que es la sociedad neoyorkina.
La mayor virtud de Messud, está en mantener el hálito de los personajes y el interés de la historia a través de las más de cuatrocientas páginas que componen la novela. Una novela, que en el año 2006 fue nominada al Man Booker Prize y catalogada como uno de los diez mejores libros del 2006 por el New York Times, parabienes que no son ajenos a la carrera literaria de Messud, que ya con su primera novela (When the world steady) fue finalista del PEN/Faulkner.
Ambiciosa e interesante novela.

José Hierro

[5 Febrero 2010]

No, si yo no digo
que no estén bien en donde están:
más aseados y atendidos
que en el lugar en que nacieron,
donde vivieron tantos siglos.
Allí el tiempo los devoraba.
El sol, la lluvia, el viento, el hielo,
los hombres iban desgarrándoles
la piel, los músculos de piedra
y ofrendaban el esqueleto
―fustes, dovelas, capiteles―
al aire azul de la mañana.
Atormentados por los cardos,
heridos por las lagartijas,
cegados por los estorninos,
por las ovejas y las cabras.

hierroAsí comienza uno de los más memorables poemas de José Hierro: Los claustros, de Cuaderno de Nueva York (1998). Es uno de los textos que forman parte de la antología videográfica Palabra e imagen.

Aparece en la Colección Literaria Universidad Popular, que dirigen Guadalupe Grande y Luz Pichel, y recoge en un libro dieciocho poemas leídos entre 1993 y 2001 por José Hierro en la Universidad Popular de San Sebastián de los Reyes que lleva su nombre.

Se trata - explican los editores- de los años en que José Hierro acababa de publicar Agenda y en los que Cuaderno de Nueva York estaba en proceso de escritura y culminación, años en los que el poeta se encontraba en estado de pleno resurgimiento tras un largo periodo de silencio, y durante los cuales, en no pocas ocasiones, ensayaba por primera vez la lectura de algunos de sus nuevos poemas. Los lectores podrán encontrar y reencontrar la poesía, la voz y la presencia de José Hierro en aquellos momentos en los que el autor retornaba a sus primeros poemas y se abismaba sobre los últimos, en el período de su más intensa madurez.

Al libro le acompaña un DVD que contiene las grabaciones de los poemas con la voz y la presencia imponente de Hierro, que muestra en las imágenes las huellas que dejaban en su cara las gafas del oxígeno que precisaba cada vez más.

Esas grabaciones de lecturas son un homenaje a la obra y la memoria de José Hierro, uno de los poetas fundamentales de los últimos cincuenta años: Un documento poético y visual - las palabras son otra vez de los editores de la antología- que da cuenta de la cercanía, de la alta humanidad y de la pudorosa y rotunda delicadeza con que José Hierro se convertía en intérprete de su propia poesía.

Pero son mucho más que eso. Quienes oímos los versos de Agenda o de Cuaderno de Nueva York alguna vez en la voz de Pepe Hierro celebramos no sólo su enorme valor documental, sino el valor añadido que adquieren estos textos en la presencia y la figura del poeta, que cerraba así Los claustros:

No, si yo no digo
que no estén mejor donde están
―en estos refugios asépticos―
que en las tabernas de sus pueblos,
ennegrecidos los pulmones
por el tabaco, suicidándose
con el porrón de vino tinto,
o con la copa de aguardiente,
oyendo coplas indecentes
en el tiempo de la vendimia,
rezando cuando la campana
tocaba a muerto.
No, si yo
no diré nunca que no estén
mucho mejor en donde están
que en donde estaban…
¡Estos claustros…!

NO SÉ QUÉ DECIRTE HIJO

[5 Febrero 2010]

No sé qué decirte hijo. El Hombre posee grandes virtudes, como el amor, el poder de crear o la esperanza, pero también atesora el innato poder de la autodestrucción. Todo en algún sentido es finito. Nada perdura, ni tan siquiera los dinosaurios que durante miles de años poblaron la Tierra. Incluso ellos sucumbieron, al igual que las truchas que un día habitaron en el río en el que hoy no podemos beber agua.

No sé cómo explicártelo hijo. Todo es un ciclo. A veces, cuando llega la primavera, contemplamos cómo florece el árbol del jardín o cómo unos pájaros hacen su nido en el tejado de nuestra casa. Pero llega un año, en el que ese árbol deja de florecer, o esos pájaros dejan de anidar. Entonces algo cambia, pero nuestros compulsivos movimientos diarios, apenas nos dejan ver más allá de los sucesos que tanto nos acechan y nos agobian, y que tan importantes son para nosotros, pero tan insignificantes son para los demás.

Eso creo que es lo que ha pasado, que no hemos sido capaces de mirar más allá de nuestro resquebrajado caparazón, y un día de repente todo se ha venido abajo, y lo que antes era tan importante, ahora simplemente ha dejado de existir.

 

CÁNDIDA INOCENCIA

[1 Febrero 2010]

Ecos cargados de recuerdos inundan mi memoria. El sol, y sus rayos anaranjados, apenas iluminan los matorrales sobre los que estoy camuflado. Espero la señal junto al resto de mis compañeros. No los veo, pero los siento cerca. Oigo sus respiraciones entrecortadas e intuyo sus taquicardias. Evito pensar, por eso recuerdo. Es mi forma de ahuyentar al miedo. Nadie sabe que estamos aquí, en el campo de batalla. Me acuerdo de mis compañeros del Ministerio, cuando les dije que quería participar en una operación de paz. Qué estúpido fui, nunca seré capaz de desprenderme de mi cándida inocencia.

 

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