El vicio, el reverso de aquella burguesía a la que Sánchez pertenecía, siquiera por apellido e industrias familiares, le intrigaban de placer, y las amanecidas más o menos absurdas se le depositaron en su piel con consistencia de costra guarrindonga. Alejandro Sánchez no dormía; en su ático céntrico jamás se conoció, ni se conocerá, la luz de sol; en cambio, un desfile de tinieblas le acompañaba cada noche con vocación nihilista. Algunas veces andaba de farra protocolaria con el concejal de Cultura, don Onésimo Guerra, quien tenía una cierta querencia efébica, ya lo hemos escrito, por la depravación imberbe y por la cocaína. Es más, ambos habitaban el filo sensual de la navaja blanca con buen gusto, cierto control, e, incluso, un saber estar que no desentonaba con quienes habían hecho de la oscuridad compartida una forma de vida, un dandismo de yonki millonario que les libraba de posteriores problemas. Y Bernardo, descubridor algo neófito del mundo, contemplaba aquellos desfiles de bohemia como un anticipo esquivo y constante de la esencia sobre la que descansaba el reverso de la literatura, el envés de la fortuna literaria que perseguía con ansias de marido cornudo. La vida, entonces, a Bernardo se le presentaba como una sucesión de amanecidas dispares y disparatadas, en las que normalmente una anciana poetisa le sugería con desazón sexo, y él declinaba momentáneamente la oferta obnubilado por una musa difusa que lo vigilaba en su ignorancia de cornudo, Carlota, seguro, hasta que el absenta capaba por sus tejidos y ofrendaba a un coño disponible el maná escaso de su presente.
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