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La ciudad de la cultura

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Sección: General

Mi Madrid, de J. Nieto

[4 Noviembre 2010]

Madrid es tan novelesco que su novela más perfecta es la de lo insucedido”

Ramón Gómez de la Serna. Nostalgias de Madrid

El metro recorre ruidoso y herrumbroso las entrañas de esta ciudad que late bajo su piel dormida y hoy lluviosa. Abandono la estación de Gran Vía y comienzo a deambular por este Madrid frío que apuñala a quien no tiene una faz de lana cuidando su anatomía. Sopla un viento ficticio e hiriente, urbano y arremolinado, que me sorprende cuando en las grandes avenidas el caño de la sierra viene directo a mis entrañas y a mi piel; más tarde me resguardo en la esquina de un hotel, preparo un cigarrillo y en los soportales le doy algunas caladas. Hace frío en Madrid y llueve, cae una cortinilla fría de agua helada que se posa lenta en mi rostro y tizna de suciedad mi cabello.

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El escritor venezolano Rómulo Gallegos y un entonces joven Mario Vargas Llosa

Vargas Llosa suele hablar -y bastante mal- mal de la inspiración. Se le va la lengua al peruano sobre cómo y cuánto se documenta. Enumera sus métodos. Desprestigia los arrebatos. En aquella entrevista publicada en el diario El País -la releo ahora, después de cuatro años-, el escritor lucía reposado. Ya no decía, como a sus veintitantos, que la literatura era fuego. Ya no hablaba de su brasa política. Era el mismo y a la vez otro.

En esa entrevista, como ahora, había olvidado a los escritores-presidentes.Estaba, como hoy, apoltronado en en sus canas, mirando, de lejos, con sus ojos  de papel de periódico. Ya no era el flacuchento autor de La casa verde que posaba al lado de un arruinado y calvo Rómulo Gallegos. Ya Doña Bárbara no le cuidaba las espaldas. En ese entonces, como ahora, un Premio Nobel no necesitaba ya de aquellas provincianas compañías.

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El poder del eco de sus palabras por fin se alza sobre la pusilánime verborrea de aquellos que no ven más allá de sus intereses. Vargas LLosa nació con el don de la palabra y su eco, a los que convierte en literatura, no sólo hablada sino también dialogada. Desde La ciudad y los Perros hasta El Sueño del Celta nos ha ido regalando historias y momentos de GRAN LITERATURA, esa extraña rareza humana que se alza por encima del tiempo y de los hombres. Cuando él nos abandone, ahí quedarán sus obras y el eco que ellas por sí solas dejarán en la conciencia colectiva de miles de personas.

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El vicio, el reverso de aquella burguesía a la que Sánchez pertenecía, siquiera por apellido e industrias familiares, le intrigaban de placer, y las amanecidas más o menos absurdas se le depositaron en su piel con consistencia de costra guarrindonga. Alejandro Sánchez no dormía; en su ático céntrico jamás se conoció, ni se conocerá, la luz de sol;  en cambio, un desfile de tinieblas le acompañaba cada noche con vocación nihilista. Algunas veces andaba de farra protocolaria con el concejal de Cultura, don Onésimo Guerra, quien tenía una cierta querencia efébica, ya lo hemos escrito, por la depravación imberbe y por la cocaína. Es más, ambos habitaban el filo sensual de la navaja blanca con buen gusto, cierto control, e, incluso, un saber estar que no desentonaba con quienes habían hecho de la oscuridad compartida una forma de vida, un dandismo de yonki millonario que les libraba de posteriores problemas. Y Bernardo, descubridor algo neófito del mundo, contemplaba aquellos desfiles de bohemia como un anticipo esquivo y constante de la esencia sobre la que descansaba el reverso de la literatura, el envés de la fortuna literaria que perseguía con ansias de marido cornudo. La vida, entonces, a Bernardo se le presentaba como una sucesión de amanecidas dispares y disparatadas, en las que normalmente una anciana poetisa le sugería con desazón sexo, y él declinaba momentáneamente la oferta obnubilado por una musa difusa que lo vigilaba en su ignorancia de cornudo, Carlota, seguro, hasta que el absenta capaba por sus tejidos y ofrendaba a un coño disponible el maná escaso de su presente.

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Y es que Perera, y Alejandro Sánchez, y esa retaguardia de profesionales de la mediocridad le perseguían con la insistencia de un mantra o la persistencia del amor adolescente. Y Alejandro Sánchez, con una cabeza cesárea,  decrépita, calva y cana, con gafas de pasta, fue una adecuación entre cicerone y maestro que lo introdujo en el laberíntico universo de la lírica nocturna. Alejandro Sánchez era un golfista desocupado, un romántico demodé o un humorista en ciernes, superados los cincuenta, en quien el litio y la estabilidad mental andaban reñidos con eso que, más tarde comprendería Bernardo, concebían como normalidad. En su interioridad, Alejandro Sánchez creía habitar una urbe victoriana, vagamente universitaria. Y en ella pontificaba sobre un absurdo sistema de modales que Bernardo, el pobre Bernardo, debía imitar como impuesto revolucionario si quería ser partícipe del sacerdocio de la literatura.

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