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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Sección: General

Lobo ibérico

Lobo ibérico. Fotografía: Antonio Pulido

Hablar sobre el lobo en el contexto ibérico es lanzarse de cabeza a la controversia. Pese al gran avance mostrado por la sociedad y administraciones públicas en materia de conservación de recursos naturales y valores de biodiversidad durante los cuarenta últimos años, el Canis lupus signatus sigue siendo la única especie emblemática que no posee un consenso general y del que no se tiene clara aún su necesidad de protección, incluso por parte de aquellos quienes tienen encomendada su gestión. Y junto con el zorro (Vulpes vulpes L.) son los únicos carnívoros predadores que no se encuentran protegidos plenamente en todo el territorio nacional. Sobradamente conocida es la historia legendaria y mitológica asociada a la especie así como la evolución del estatus legal que lo avala en la actualidad, por lo que solo cabe hacer una somera mención como antecedente.

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pessoa_logo_tranparent_01Navegar es preciso, pues no se nos debería de olvidar que todo es un sueño, como aquel en el que se sumerge el que sólo crea. «Vivir no es necesario, lo que es necesario es crear». Pessoa, al menos, no se mintió a sí mismo cuando renunció en gran medida a esa otra vida: la real que, para él, no tenía sentido. Sólo trabajaba dos días a la semana como traductor, o como él mismo acotó en una nota autobiográfica: «corresponsal extranjero de casas comerciales», dedicando el resto de los días a escribir, lo que hacía sumido en un caos… Pessoa fue un hombre entregado a sus sentimientos más profundos y a ese último deber intelectual que gobernaba su vida: «tengo el deber de encerrarme en la casa de mi espíritu y trabajar cuanto pueda y en todo cuanto pueda para el progreso de la civilización y el ensanchamiento de la conciencia de la humanidad». Nada, por tanto, distrajo a su espíritu de ese deber último que fue la literatura. No en vano su último texto decía: «no sé lo que traerá el mañana…»

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Decimatio: la crueldad de Roma

[18 February 2016]
SPQR

El senado y el pueblo de Roma

Cuando el bueno de Obélix, el inseparable y fiel compañero de Astérix el galo, dice aquello de “están locos estos romanos” no le falta razón y es que para algunas cosas los romanos eran un poquito animales y si por algo se caracterizaron a la hora de aplicar castigos fue por su crueldad inmisericorde. Durante siglos las legiones de Roma fueron prácticamente invencibles gracias a la férrea disciplina que demostraban en batalla, disciplina que provenía tanto de la buena preparación de sus legionarios fruto de una vida dedicada al servicio militar, como de los durísimos castigos que estos debían afrontar en caso de incumplimiento del deber.

Marco Licinio Craso

Marco Licinio Craso ordenó la diezma de dos legiones

En la vida del legionario el castigo físico era muy habitual y hasta las faltas más leves eran sancionadas con azotes propinados por el centurión con su vitis, una vara corta hecha de sarmiento de parra. En lo que se refiere a las faltas leves los centuriones gozaban de bastante libertad a la hora de decidir si éstas merecían ser castigadas o no, en cambio para penas mayores, especialmente de muerte, se precisaba la aprobación de oficiales superiores. Si un soldado abandonaba su guardia, sin importar el motivo, o se quedaba dormido en su turno era condenado a muerte por apaleamiento o lapidación. Los ejecutores eran, además, sus propios compañeros cuyas vidas había puesto en peligro el infractor. Se repartían unas varas de madera entre los legionarios, el sentenciado era despojado de sus ropas y, desnudo, era rodeado por los demás. En cuestión de minutos era molido a palos hasta morir. Las deserciones se castigaban con igual dureza pero con una muerte considerada indigna, la crucifixión. Con semejantes castigos es fácil suponer que las deserciones o incumplimientos del servicio se redujeron a la mínima expresión en el ejército romano.
Una de las acepciones que el DRAE da para la palabra diezmar es “castigar a uno de cada diez cuando son muchos los delincuentes o cuando son desconocidos entre muchos” Para encontrar el origen de este definición hay que remontarse de nuevo al Imperio Romano, en concreto al peor castigo que podían sufrir las legiones no sólo por su dureza sino por la humillación que implicaba para la misma.
Si una legión era considerada culpable de cobardía, de abandono ignominioso del campo de batalla o de amotinamiento, se podía imponer la pena de la decimatio. Diezmar una legión consistía en ajusticiar a uno de cada diez legionarios. La elección de los desafortunados se dejaba en manos del azar, los soldados eran divididos en grupos de diez y echaban a suertes, sin distinción de rango ni condición, quien era el desafortunado que iba a morir y el elegido era ejecutado por los otros 9 a golpes o lapidado. Si alguien se negaban podían ser condenados todos por lo que era mucho mejor mantener la boca cerrada y cumplir con la pena. Una vez pronunciada la sentencia los legionarios no podían apelar a nadie ya que el general al mando de una Legión era la máxima autoridad y gozaba de plenos poderes sobre sus hombres.

Los soldados debían ajusticiar a sus propios compañeros

Los soldados debían ajusticiar a sus propios compañeros

Es cierto que este castigo nunca fue habitual ya que resultaba contraproducente por desmoralizante y es que lo de moler a palos a un compañeros no contribuía precisamente a levantar el ánimo de nadie y predisponía a la tropa contra el general que ordenaba la matanza. Aún así hay testimonios de ello. Durante la revuelta de esclavos liderada por el tracio Espartaco, entre 73 y 71 a.C., Marco Licinio Craso recibió el mando de seis legiones de nueva formación que se sumaron a las dos supervivientes de los anteriores cónsules Léntulo y Gelio, vencidas por las tropas Espartaco. Craso consideró que la derrota frente a una turba de esclavos era una vergüenza para las armas de Roma y ordenó la diezma de dichas legiones. Una legión de aquella época venía a constar de unos 5.000 hombres así que podéis haceros una idea de lo dramático que resultaba el castigo. Cada legión se dividía en diez cohortes y podía darse el caso de que el castigo se aplicase, exclusivamente, sobre una de ellas también por sorteo. Los soldados supervivientes debían dormir fuera del recinto del campamento, con el peligro que ello entrañaba, y se les cambiaba su ración de trigo por cebada. La mancha de una decimatio tardaba en ser borrada de la memoria colectiva tanto de la Legión implicada como del pueblo de Roma y los soldados supervivientes se afanaban en limpiar su honor y el de laLegión en el campo de batalla, asumiendo habitualmente operaciones de riesgo que demostrasen su valor.

12065914_10207995307659748_3025777725114378753_nUn redondel de arena que tapa y cierra todos los deseos; anhelos huérfanos de la semilla sobre la que crecer. En ese instante donde el tiempo se detiene, Yerma emula la transición hacia la desdicha que acabará en tragedia. Luz, oscuridad, luz. Baile, danza, miedo, con una luna por testigo. Luna blanca con forma de mujer que se transforma en la perenne vigía de una desgracia. Sí, porque Yerma es la claustrofobia de un deseo. Errática alma de mujer que busca en el lugar equivocado. Las tradiciones, los sueños, la empatía por ser como los demás y la imposibilidad de llegar a serlo llevan a Yerma por otro sendero. Camino plagado de piedras y rutas sin explorar por donde, con el paso del tiempo, nada tiene sentido. Aquí, la desdicha se torna en infortunio, la esterilidad en tragedia y la impotencia en noche oscura. Noche a la que no salva ni una majestuosa luna blanca vestida de mujer. Luna como símbolo de un universo, el de Yerma; luna vigilante y oscura sobre la que se proyectan las sombras de unos personajes que más que bailar, danzan; y que, además, se yuxtaponen y se dicen y se maldicen. Todo al servicio de una causa: la llegada del no nacido; y de una tragedia encerrada por los muros de la tierra de la que nada nace, pues no tiene con qué nacer. Encerrados en las sombras que nos mueven el alma, los personajes de Yerma se ven y se tocan, y lo hacen en la medida que, la barrera de las costumbres se lo permiten, pero también se repelen, porque la realidad es muy distinta al deseo.

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untitled 1¿Qué es ser poeta? Incertidumbre y misterio se entremezclan como un rasguño y su herida. La sangre brota del interior y se derrama para ser contemplada, igual que un anhelo que busca convertirse en realidad. Todo parte de un deseo que nos ronda la cabeza y necesita salir de ella. ¿Qué es ser poeta?, me diréis… quizá todo se reduzca al debate poético entre realidad y deseo, vida y muerte, vigilia y sueño. Keats, en el devenir de su proceso poético, adivinó el camino que más tarde le llevaría a la transformación de la vida y el sueño, a lo que él llamó capacidad negativa; un espacio que no ocupa lugar, pero que es el edén al que todo poeta aspira. La transformación de la realidad a través de la búsqueda de la belleza, donde la ironía ya pierde el pie que la imposibilita llegar a su meta, como muy bien nos apunta Alejandro Valero en la magnífica introducción de las Odas de John Keats, y de los sonetos más importantes del poeta inglés. Muchos han bebido de estas mágicas palabras de Valero para llegar a lo más hondo de la poesía del autor de Oda al otoño, pues desenredan mejor que nadie la madeja del universo trascendente del poeta, y no solo eso, pues dan luz, mucha luz, a todos aquellos que se acercan a ellas. Palabras y testimonios indispensables para todo aquel que quiera abrazar el espíritu y la última llama del alma de John Keats. Aunque en España nadie ha reparado en él como se merece, el pasado 23 de febrero de 2015, y llevados por la euforia de su figura y su poesía, más de un centenar de personas se dieron cita en el salón de actos del Museo del Romanticismo de Madrid para dar fe de su vida y de su obra, y posteriormente en la librería Tipos Infames, donde los actores de la Sala Tribueñe de Madrid, junto a amigos y familiares de quien suscribe, dieron voz a sus poemas, con un recital poético inolvidable, y en el que de nuevo se hizo presente la excelente labor como traductor y conocedor de la obra de Keats, de Alejandro Valero. Esta circunstancia, por sí sola, nos habla de la capacidad de convocatoria y vigencia que, a día de hoy, todavía tiene la poesía de un Keats, que un día se erigió en el héroe de su propia derrota, y con ello, conseguió vencer al ignominioso paso del tiempo desde las cenizas de su tumba, para de ese modo hacerse presente entre nosotros ciento noventa y cuatro años después. Aquel que un día escribió: «aquí yace uno cuyo nombre estaba escrito en el agua», por fin ha visto cumplido su deseo de no pasar al anonimato después de su muerte. Ese agua que él imaginó poco antes de morir, se ha convertido en piedra; piedra dura y firme, donde permanecen y permanecerán sus poemas, y a los que el mundo podrá asomarse para leerlos siempre que quiera.

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