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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Sección: Destacados

Se acaba el verano y el otoño pide paso casi sin darnos cuenta. Comienza un nuevo curso y parece que todo funciona y avanza, todo menos los políticos que aún no se han puesto de acuerdo y seguimos sin gobierno, avocados, si antes no le ponen remedio, a las terceras elecciones en Navidad. Aunque, en apariencia, parece que todo funciona mejor sin gobierno, no es así: la crisis económica en la que estamos inmersos puede empeorar si no se la pone fin a esta situación. Menos mal que siempre nos quedará el arte para poder hacer frente a esta situación de hastío y aburrimiento del panorama político, un escape para hacer más llevadero el panorama actual. Así pues, mis recomendaciones para desconectar este otoño que comienza están en el eje Málaga-Madrid-Bilbao y son:

CACEn el CAC, Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, se presenta la primera exposición de David Salle en un museo en España tras más de quince años. En la exposición “Inspired by True-Life Events”, comisariada por Fernando Francés, el artista norteamericano presenta 32 pinturas realizadas desde 1992 hasta la actualidad. En sus lienzos utiliza fórmulas tomadas de diversos campos expresivos con temáticas escenográficas de fuerte impacto emocional. Sus grandes formatos, incluyen una variedad de imágenes que mezclan cultura, palabras y objetos con elementos provocativos.

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978841568992Quizá no exista en el mundo nada más inútil que la búsqueda de la belleza, porque, entre otras cosas, quizá nunca sepamos en verdad qué significa esa utopía de la que sólo entienden los sentidos. Esa incertidumbre en la que se mueve aquello que, en principio no se ve y sólo se siente, es en la que se sustenta una buena parte de la civilización que hoy conocemos, pues el sentido de la inutilidad —incluso dentro de los hallazgos tecnológicos más importantes— ha estado muy presente en todo aquello que nos han proporcionado algo de luz a lo largo de los siglos. No se nos debería olvidar que, un mundo sin emociones, es un mundo sin espacio para esa luz que sólo nos pueden proporcionar hechos tan inútiles como la persecución de esa línea del horizonte que nunca llegamos a alcanzar, o el placer de escribir o un leer un poema por el simple placer de crearlo o leerlo. Por ejemplo, ¿qué sería de nosotros si nos fuera sustraída la lectura de ese libro que, en sí mismo, es capaz de cambiarnos la vida o nuestra visión del mundo en el que vivimos; o si nos sustrajeran la intensa emoción que nos proporciona la contemplación de cualquier obra de arte que, por sí sola, logra que lleguemos a ese lugar que no tiene nombre y que nadie más que nosotros sabe que existe? Si somos de esas personas que perciben el arte en general como búsqueda, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que no hay nada más inútil que un mundo en el que el arte no exista y no sea un espacio para la reflexión y la contemplación…, la contemplación de la belleza, sea ésta lo que sea. En este sentido, podemos seguir afirmando que, tanto la curiosidad como la duda que son intrínsecas al creador, son los motores que no se ven, pero que sí son esenciales a la hora de mover el mundo, pues generan las sinergias que cada uno de nosotros desarrollamos con nuestros sentidos y sentimientos. Un mundo sin la capacidad de la emoción es un mundo oscuro y sin luz, por muy iluminado que esté con múltiples artilugios lumínicos de diversa naturaleza. Y es quizá, por ese afán desmedido por el beneficio y la posesión, por lo que en este tiempo —más que nunca—, se nos olvida con gran facilidad que la esencia del hombre es la misma a lo largo de los siglos, pues nos seguimos emocionando por las mismas cosas. Sin temor a equivocarnos, podemos decir que, igual que nadie es capaz de escapar al miedo a la muerte, tampoco le resulta posible escabullirse del amor cuando ese sentimiento llega a su corazón. Esa capacidad natural que el ser humano tiene de emocionarse, es la que en la actualidad vamos perdiendo en pos de otro tipo de emociones mucho más programadas y que cada vez menos tienen que ver con la esencia del ser humano, pues a medida que avanzamos en una sociedad más tecnificada, nos alejamos de lo verdaderamente importante, pues si no existieran todas estas posibilidades de la emoción como formas de expresión —como por ejemplo, el de la inutilidad de la búsqueda de la belleza—, no existiría un hombre y una sociedad tal y como hoy la conocemos. Esa utilidad de lo inútil, que de una forma tan brillante reclama Nuccio Ordine en su ensayo que lleva el mismo título, es lo que aún nos mantiene vivos, pues no todo es el resultado final en el que el éxito siempre tiene un matiz de beneficio. El crear por el simple hecho de crear y el placer de la contemplación, también son, en sí mismos, valores inherentes al ser humano. La utopía en la que, cada día más, se está convirtiendo la cultura y todas las ramas de la misma, nos está llevando a un desconocimiento cada vez más amplio de lo que somos, dejándonos huérfanos de una parte esencial que también nos pertenece: la de la propia identidad.

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20160924_221549Refugiado en su música, parapetado en su sempiterna indumentaria negra rematada con unos castellanos del mismo color que aún le permiten bailar como si tuviera treinta años menos, y, sobre todo, varado en esa especie de isla desde la que defiende sus ideas y compone grandes canciones, así se presentó —más allá de la música y el tiempo— Loquillo en Las Ventas de Madrid. Al inicio nos advirtió que, con su madurez, llegó también la poesía de altos vuelos a sus letras; de poesía y de esas palabras irreconciliables con la mediocridad, podríamos añadir. Altura de miras y de música, pues el más puro rock’n’roll ha dado paso al rock a secas: oscuro, duro, impactante e inteligente; una música y un estilo de un hombre hecho a sí mismo y curtido en la disidencia de los que no se conforman con el éxito sin más. Así sedujo Loquillo, o mejor dicho El Loco, a las quince mil almas que abarrotaban el espacio habilitado en el coso taurino de Las Ventas de Madrid el pasado sábado 24 de septiembre; una fecha a recordar en la trayectoria del músico catalán, que también quiso congratularse con el entorno, cuando a modo de intro sonó un pasodoble de los de siempre, de esos que todavía te ponen los pelos de punta de lo profundos que suenan. Un magnífico preámbulo de Viento del este: «Las palabras de poetas./ Enterraron los fusiles./ En valles y mesetas./ Con hambre frío y sed./ Volverá otra vez a soplar/ Viento del este» que suena ya a clásico en esa última vertiente musical de El Loco y su banda, que continuaron con Línea clara y un emergente y rompedor sonido del órgano Hammond que también compitió como nadie con las guitarras al aire del resto de la banda cuando sonó Territorios libres: «No retroceder/ Ni un paso atrás», demoledora declaración de intenciones para el mundo en el que vivimos, pues la presencia de Loquillo en este país, todavía llamado España, va más allá de la música y del paso del tiempo: «Desconfiado como un animal/ que defiende su espacio vital», nos vuelve a recordar en la misma canción, pues quizá, por eso, se mantiene firme como un junco al que no logra doblar el viento de los insulsos y mediáticos perdedores, por muy fuerte que sea éste. Esa nueva fuerza vital de Loquillo está acompañada de un nuevo sonido con el que ha impregnado a sus canciones; unas melodías que las hace más apabullantes y certeras, sin por ello olvidar sus grandes temas de siempre, que empezaron a sonar con Planeta rock, para de nuevo sumergirse en las guitarras oscuras que se aliaron con El mundo que conocimos: «El espacio que habitamos, los instantes que compartimos./ Las personas que tratamos, todo el tiempo que perdimos./ Mis adicciones privadas, tus amores furtivos./ Los besos cautivos burlando el destino./… ¿Dónde está? ¿Dónde fue la Europa que ganamos?/ ¿Dónde está? ¿Dónde fue la España que perdimos?»; una gran letra para una gran canción —de lo mejor de la larga noche—, no en vano el público no dejó de gritar: Loco, Loco, Loco…, mientras la escuchaba. Gritos a los que él respondió con un: «Madrid, aquí me tienes». Con Viaje al norte sube al escenario Robert Grima de Los Negativos, la única colaboración de esta fiesta que no conoció ni himnos ni fronteras ni banderas, más allá de la que esgrimieron sus seguidores con el famoso logotipo del grupo. «Vayas a dónde vayas/ encontrarás espejismos», nos recuerda a continuación en Cruzando el paraíso, donde los teclados de Raúl Bernal suenan a tope igual que si emularan un himno al amor, sin duda, preludio del primer delirio de la noche cuando suena El Rompeolas —el público se levanta de las gradas y andanadas y comienza a bailar— bajo sonidos country, a los que siguen Memoria de jóvenes airados: «Nosotros que somos los de entonces», y la polémica La mataré, que el público, sin embargo, corea con un largo oh. oh, oh…., hasta llegar a El ritmo del garaje: «Tu madre no lo dice no/ pero me mira mal. Quien es ese chico tan raro con el que vas…», para cerrar la primera parte del concierto.

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Lobo ibérico

Lobo ibérico. Fotografía: Antonio Pulido

Hablar sobre el lobo en el contexto ibérico es lanzarse de cabeza a la controversia. Pese al gran avance mostrado por la sociedad y administraciones públicas en materia de conservación de recursos naturales y valores de biodiversidad durante los cuarenta últimos años, el Canis lupus signatus sigue siendo la única especie emblemática que no posee un consenso general y del que no se tiene clara aún su necesidad de protección, incluso por parte de aquellos quienes tienen encomendada su gestión. Y junto con el zorro (Vulpes vulpes L.) son los únicos carnívoros predadores que no se encuentran protegidos plenamente en todo el territorio nacional. Sobradamente conocida es la historia legendaria y mitológica asociada a la especie así como la evolución del estatus legal que lo avala en la actualidad, por lo que solo cabe hacer una somera mención como antecedente.

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Encadenarse a la libertad como expresión última de la vida, pero no a una libertad cualquiera, sino a aquella que sólo se alcanza con la muerte…, esa fue desgraciadamente, la trágica exaltación de la libertad que persiguió a una buena parte de los más álgidos representantes del movimiento romántico inglés (Byron, Shelley, Keats…) y, que en Remando al viento de Gonzalo Suárez está magníficamente retratada, porque en esta película deliberadamente literaria, la concepción estética que se nos propone alcanza inexpugnables y mágicas cuotas de delirio narrativo y estético que, como en una poesía que sólo busca la belleza en sí misma, se funde en un itinerario de ensueño al que a veces le visita la muerte. En una época donde se inician las revoluciones liberales en Europa, y donde se tiende a romper con el absolutismo y recuperar los valores esenciales de la Revolución francesa de 1789, surge el Romanticismo como movimiento que intenta recuperar la prioridad de los sentimientos y la exaltación plena de la libertad y la belleza. Esa ruptura y esa exaltación, así como, esa necesidad de búsqueda, son el escenario ideal para poner a prueba los límites humanos; límites, a los que Byron o Shelley se enfrentan sin tener miedo a la muerte. Su postura, no obstante, no es temeraria, sino todo lo contrario, pues la podríamos resumir como una forma de estar y vivir ante una sociedad que todavía no estaba preparada a esa superlativa exaltación de la vida. En este sentido, los rasgos hedonistas o de auto contemplación de los poetas románticos, son sólo falsos reflejos de la belleza que sus sentimientos y su obra buscan en la verdadera naturaleza, porque como muy bien expresó John Keats en uno de sus poemas: “la belleza es verdad; la verdad, belleza. Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber”.

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