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Sección: Cine

Detrás del color violeta de sus ojos, se escondía una mujer cargada de una feminidad exhuberante y un temperamento explosivo, que le sirvieron para erigirse en una estrella del cine en la época dorada de los cincuenta, donde Hollywood era una fantástica fábrica de sueños. Pero su impronta de diva también le llevó a acaparar portadas en las revistas y diarios de la época por sus hazañas más allá de los platos de cine, sobre todo, cuando su vida se cruzó con la de Richard Burton, una encuentro que entre otras muchas consideraciones dejó para la posteridad esa gran obra maestra que fue y es ¿Quién teme a Virginia Woolf? interpretación por la que recibió un Oscar, y en la que ella como nadie, supo dar vida a la mujer que concibió el dramaturgo Edward Albee en su obra de teatro homónina.

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De lo primero que hay que advertir a la hora de ir a ver esta película es de su dureza, e incluso cabría decir extrema dureza al final, no apta para espíritus sensibles. La historia que se encierra en este film está a medio camino entre la denuncia entrevelada a los avances médicos por el elevado coste humano de los mismos y la experiencia de unos jóvenes atrapados en el delirio de la inmortalidad y la vida sin límites para la que son utilizados. Ya desde un principio se nos avisa de ambas posibilidades, en el primero de los casos en unos titulares que se superponen sobre la pantalla, y en el otro, a través de las palabras de Kathy mientras observa a otra persona a través de un cristal.

El mayor acierto del film si uno ha ido al cine sin conocer la novela de Kazuo Ishiguro, que de una forma muy inteligente ha adaptado Alex Garland, es la capacidad de sorpresa que va produciendo al espectador a media que avanza en las distintas fases en las que se divide el desarrollo de la película, porque uno, poco a poco va atando cabos en esta aventura de ciencia ficción sobre los sentimientos que se desarrolla en nuestros días, como paradoja de aquello que estamos viendo, y como queriéndonos advertir del peligro que se cierne sobre cada uno de nosotros, y que una forma sutil dirige Marl Romanek, pero que a veces se pierde en la distorsión más sensiblera y simplona.

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La perfección llevada al extremo, causa miedo, desconfianza y sufrimiento. La búsqueda de ese enigma que nunca tiene fin, es la historia en la que se embarca Nina (Natalie Portman), y que la llevará, desde el inicial y angelical cisne blanco, al malvado y demioniaco cisne negro. Esa transformación es lo mejor de la película, pues Darren Aronofsky ha sabido representar a la perfección esta transformación en sus distintas fases, que nos llevan casi sin darnos cuenta a un gótico final digno de cualquier película de terror.

Cisne Negro está rodada en un encadenamiento de secuencias claroscuras que van del blanco al negro casi sin avisar. Unos vaivenes cromáticos que producen desasosiego en el espectador (casi miedo), y con los que el director busca provocar una sensación de desazón en los espectadores, que apenas podrán abandonar en todo el film. Para ello, Darren Aronofsky abusa de los primeros planos del cuerpo y la cara de la bailarina, que a veces inundan toda la pantalla y que consigue que casi te la tengas que quitar de encima. Una excesiva proximidad al espectador, que al igual que el juego de los claroscuros, intentan provocar cierto malestar. Una técnica narrativa con la que el director nos quiere hacer partícipes del sufrimeinto de la increíble Natalie Portman, que por muchas circunstancias, borda el papel tanto en su aspecto más técnico de baile como en la parte de actriz que no escatima esfuerzos a la hora de mostrarnos su auto tortura, lo que sin duda la llevarán a alzar el Oscar en la próxima gala de final de mes. El Cisne Negro que encarna nos deja bien claro que es el papel de su vida hasta la fecha, y el que más le ha cambiado a nivel personal y profesional, con imágenes extraordinarias a la hora de bailar o ensayar, como la de sus atormentados pies (dicen que eran los suyos), así como, en los estados de sufrimiento a los que se deberá enfrentar en su infinito camino hacia la perfección más oscura, en este caso. Un camino que le ayudan a recorrer su profesor Thomas Leroy, interpretado por un solvente Vincent Cassel, y una díscola Lily, papel que interpreta Mila Kunis.

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Cuando se estrenó Desde la Terraza en 1960, la luminosidad de la década dorada de los años 50 de Hollywood se iba apagando. Un desgaste que también acusa este melodrama basado en la novela homónima de John O’Hara, donde la fría mirada de Paul Newman nos va marcando las distintas fases en las que se divide la película, si bien al inicio, su mirada se vuelve más calidad y brillante tras la figura de Joanne Woodward (su mujer en la vida real). Un encontronazo (from the terrace) poseído de una tensa e intensa tensión sexual que sirve de título al film.

El primero de los desencuentros al que se tiene que enfrentar el joven Alfred Eaton (Paul Newman) es a su propio padre, pues éste no le perdona que no haya sido él en vez de su hermano mayor el que falleciera en plena adolescencia. Una confesión paternal que se queda grabada en la inquebrantable memoria del hijo despreciado, que por otro lado, cuenta con el apoyo de su madre, alcohólica, adúltera y abandonada a su suerte por su marido, y que en esta ocasión, es interpretada espléndidamente por Myrna Loy, bajo la clave de las mejores interpretaciones femeninas de mujeres derrotadas made in Hollywood.
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La cinta comienza con la cita bíblica: “no dejar que los malos se escapen, simplemente porque nadie los persigue”. Y de esta forma tan sencilla como eficaz, tenemos condensada en una frase toda la trama de una de las grandes películas que van a optar a la carrera de los Oscar. A continuación, y bajo un pequeño manto de nieve, el cadáver de un hombre asesinado yace en el suelo. Una imagen en apariencia simple, pero cargada de un gran significado, donde la extraordinaria luz con la que Roger Deakins ha filmado toda la película, a la que acompaña la certera música de Carter Burwell, ya nos hacen presentir que estamos ante algo grande, pues en tan poco espacio de tiempo, los hermanos Coen, ya son capaces de ofrecernos una clase magistral de buen cine.

Un inicio que siembra algunas dudas en la continuación, cuando la rapidez y espesura de los diálogos hacen que a veces no se sigan adecuadamente, y ese es un fallo que persigue inicialmente a Mattie Ross (Hailee Steinfeld) pero que afortunadamente nada más empezar la aventura de la búsqueda del asesino se disipa, aunque a su favor, hay que admitir que sirven para darnos todos los datos de la historia. Pero ¿cuál es la principal virtud de esta película?, sin duda, el haber elegido la mirada de una joven de catorce años en el agerrido y despiadado oeste americano para contarnos esta aventura de venganza, lo que nos obliga a situar nuestra mirada desde otro punto de vista, con el que quizá no contábamos al entrar al cine, y que hacen que la película sea en sí misma diferente y genial.

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