Detrás del color violeta de sus ojos, se escondía una mujer cargada de una feminidad exhuberante y un temperamento explosivo, que le sirvieron para erigirse en una estrella del cine en la época dorada de los cincuenta, donde Hollywood era una fantástica fábrica de sueños. Pero su impronta de diva también le llevó a acaparar portadas en las revistas y diarios de la época por sus hazañas más allá de los platos de cine, sobre todo, cuando su vida se cruzó con la de Richard Burton, una encuentro que entre otras muchas consideraciones dejó para la posteridad esa gran obra maestra que fue y es ¿Quién teme a Virginia Woolf? interpretación por la que recibió un Oscar, y en la que ella como nadie, supo dar vida a la mujer que concibió el dramaturgo Edward Albee en su obra de teatro homónina.
Sección: Cine
Nunca me abandones: ciencia ficción sobre los sentimientos
De lo primero que hay que advertir a la hora de ir a ver esta película es de su dureza, e incluso cabría decir extrema dureza al final, no apta para espíritus sensibles. La historia que se encierra en este film está a medio camino entre la denuncia entrevelada a los avances médicos por el elevado coste humano de los mismos y la experiencia de unos jóvenes atrapados en el delirio de la inmortalidad y la vida sin límites para la que son utilizados. Ya desde un principio se nos avisa de ambas posibilidades, en el primero de los casos en unos titulares que se superponen sobre la pantalla, y en el otro, a través de las palabras de Kathy mientras observa a otra persona a través de un cristal.
Cisne Negro: la virtud del sufrimiento
La perfección llevada al extremo, causa miedo, desconfianza y sufrimiento. La búsqueda de ese enigma que nunca tiene fin, es la historia en la que se embarca Nina (Natalie Portman), y que la llevará, desde el inicial y angelical cisne blanco, al malvado y demioniaco cisne negro. Esa transformación es lo mejor de la película, pues Darren Aronofsky ha sabido representar a la perfección esta transformación en sus distintas fases, que nos llevan casi sin darnos cuenta a un gótico final digno de cualquier película de terror.
Desde la Terraza: desencuentros de pasiones a destiempo
Cuando se estrenó Desde la Terraza en 1960, la luminosidad de la década dorada de los años 50 de Hollywood se iba apagando. Un desgaste que también acusa este melodrama basado en la novela homónima de John O’Hara, donde la fría mirada de Paul Newman nos va marcando las distintas fases en las que se divide la película, si bien al inicio, su mirada se vuelve más calidad y brillante tras la figura de Joanne Woodward (su mujer en la vida real). Un encontronazo (from the terrace) poseído de una tensa e intensa tensión sexual que sirve de título al film.
El primero de los desencuentros al que se tiene que enfrentar el joven Alfred Eaton (Paul Newman) es a su propio padre, pues éste no le perdona que no haya sido él en vez de su hermano mayor el que falleciera en plena adolescencia. Una confesión paternal que se queda grabada en la inquebrantable memoria del hijo despreciado, que por otro lado, cuenta con el apoyo de su madre, alcohólica, adúltera y abandonada a su suerte por su marido, y que en esta ocasión, es interpretada espléndidamente por Myrna Loy, bajo la clave de las mejores interpretaciones femeninas de mujeres derrotadas made in Hollywood.
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