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Sección: Cine

Soderbergh citó a las películas El Desierto Rojo de Antonioni y Gritos y Susurros de Bergman como influencias a la hora de afrontar esta fallida película pretenciosamente experimental, y no entendemos por qué, pues sólo resulta vacua, vacía y sin sentido. The Girlfriend Experience te deja frío del principio al final, sin darte la posibilidad de entrar en la historia que relata, que como siempre, se publicita mal, lo que te hace salir más decepcionado y engañado de su proyección. Ese distanciamiento seudo intelectual de las pasiones humanas, que Sorderbergh intenta plantearnos a través de las relaciones de una chica de compañía de lujo (¡qué eufemismo!), es tan erróneo como la posición de su protagonista, Chelsea, cuando intenta dar un nuevo impulso a su negocio en plena crisis económica. Una sobada referencia, que en esta caso, Sorderbegh nos plantea a través de los hombres de negocio con los que Chelsea casi nunca se acuesta y que tan sólo buscan en ella a una amiga o a una confidente de todos aquellos miedos que no pueden, o no son capaces, de expresar en otros ámbitos de sus vidas. Pero por encima de todas esta obviedades, lo que ocurre, es que todo está filmando con tal distanciamiento y con una desfragmentación tan poco acertada, que la película pierde cualquier atisbo de interés, y donde la calidad de los diálogos y su planteamiento dramático es nefasto, por lo que habría que hacérselo notar a su autor (claro ejemplo es el final pretendidamente abierto, pero que sólo resulta incoherente), pero que sin duda, está en el tono bajo del resto de la película.
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La relación entre literatura y el cine es muy extensa, y también, sus aciertos y desatinos a la hora de adaptar una novela a la gran pantalla. A nadie se le escapa tampoco, que una película no ha de ser fiel a la novela que adapta hasta convertirla en una fotocopia filmada de la misma, sino que se debe comportar como cualquier otra película, donde se nos relate una buena historia que seduzca, conmueva y deje al espectador con esa incertidumbre necesaria de las experiencias vitales enriquecedoras, a la salida del cine. Sin embargo, nada de todo eso ocurre en la versión que Tran Anh Hung ha filmado de Tokio Blues. En primer lugar, porque se salta de una forma premeditada el intenso e inmeso flashback en el que Murakami nos da una clase magistral de cómo iniciar una novela y cómo dejarnos sin aliento en su primeras páginas, donde se cuenta todo, pero con la necesidad de saber cómo y por qué, y en este caso, el director vietmanita afincado en Francia rompe ese enigma para, según él, dotar al film de una idea frescura y de presente (algo que no logra). En segundo lugar porque la nostalgia poética de los personajes de Murakami, no se encuentra en los personajes de la película por ninguna parte, porque ese ensimismamiento casi enfremizo de la primera juventud, se sustenta en el silencio y en los primeros planos casi enfermizos de los protagonistas (desgraciadamente ausentes de expresividad en muchos momentos), pero no, en la sucesión de imágenes donde a veces el montaje parece desenvolverse de un modo demasiado caprichoso para una película de ámbito internacional. Eso sí, en el haber de Tran Anh Hung cabe poner la belleza plástica de las imágenes rodadas en el sanatorio donde está internada Naoko.
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El premiado director de cine malagueño, Manuel Jiménez Núñez, presentó el pasado martes a la prensa el documental El pésimo actor mexicano, una biografía muy particular del periodista y poeta Manuel Alcántara. Desde un enfoque novedoso, Jiménez acerca los temas más recurrentes de la existencia y la obra de Alcántara, del boxeo a la literatura y del cine a los cafés, sin olvidar las referencias a la bebida, la conversación y la vida.

El documental, de 52 minutos, se estrenará próximamente en la sección oficial del Festival Documenta Madrid.

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Detrás del color violeta de sus ojos, se escondía una mujer cargada de una feminidad exhuberante y un temperamento explosivo, que le sirvieron para erigirse en una estrella del cine en la época dorada de los cincuenta, donde Hollywood era una fantástica fábrica de sueños. Pero su impronta de diva también le llevó a acaparar portadas en las revistas y diarios de la época por sus hazañas más allá de los platos de cine, sobre todo, cuando su vida se cruzó con la de Richard Burton, una encuentro que entre otras muchas consideraciones dejó para la posteridad esa gran obra maestra que fue y es ¿Quién teme a Virginia Woolf? interpretación por la que recibió un Oscar, y en la que ella como nadie, supo dar vida a la mujer que concibió el dramaturgo Edward Albee en su obra de teatro homónina.

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De lo primero que hay que advertir a la hora de ir a ver esta película es de su dureza, e incluso cabría decir extrema dureza al final, no apta para espíritus sensibles. La historia que se encierra en este film está a medio camino entre la denuncia entrevelada a los avances médicos por el elevado coste humano de los mismos y la experiencia de unos jóvenes atrapados en el delirio de la inmortalidad y la vida sin límites para la que son utilizados. Ya desde un principio se nos avisa de ambas posibilidades, en el primero de los casos en unos titulares que se superponen sobre la pantalla, y en el otro, a través de las palabras de Kathy mientras observa a otra persona a través de un cristal.

El mayor acierto del film si uno ha ido al cine sin conocer la novela de Kazuo Ishiguro, que de una forma muy inteligente ha adaptado Alex Garland, es la capacidad de sorpresa que va produciendo al espectador a media que avanza en las distintas fases en las que se divide el desarrollo de la película, porque uno, poco a poco va atando cabos en esta aventura de ciencia ficción sobre los sentimientos que se desarrolla en nuestros días, como paradoja de aquello que estamos viendo, y como queriéndonos advertir del peligro que se cierne sobre cada uno de nosotros, y que una forma sutil dirige Marl Romanek, pero que a veces se pierde en la distorsión más sensiblera y simplona.

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