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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Sección: Cine

58La expiación de la culpa y el dolor no entiende de los argumentos que el desgarro proporciona a nuestra condena, porque ahí es donde la solidez del miedo frente a los recuerdos nos hacer ser vulnerables como sólo lo somos en las encrucijadas de la vida cuando la peor de las desgracias nos estalla delante del corazón. Una condena tan pesada como esa no admite más comparación que la de las plúmbeas cadenas del ancla que pertenece a un pecio perdido en las profundidades abisales del océano sin más posibilidad que la de yacer a merced de los peces y los corales que pronto le colonizarán. La situación es tan inaudita e insoportable que las propias cadenas no son capaces de entender que, la culpa y el dolor, requieren de su propio alimento. Un alimento que siempre viene unido al pasado y a los recuerdos. Un pasado y unos recuerdos que no nos ofrecen la posibilidad del perdón ni tampoco la de la esperanza, pues todo es como un inmenso iceberg que no podemos esquivar por más que lo evitemos a través de los sólidos estados del silencio. Ese silencio que poco a poco se apodera de nuestra vida y no nos deja un resquicio de luz por el que se pueda colar un rayo de vida. Es entonces cuando lo vemos todo de un mismo color: el de la muerte. El dolor es egoísta como lo son el amor, el desamor o la venganza, porque nada queda fuera de sus dominios. Kenneth Lonergan lo sabe muy bien, pues no en vano es el mejor de los espías de las situaciones límites del alma humana. Tanto es así que, en ese universo fílmico que progresa a lo largo de la derrota, no le cuesta presentarnos a sus protagonistas igual de perdidos y desesperados que si tuvieran delante de sus pechos a una manada de lobos hambrientos. Unas alimañas que les impiden llegar a su única salvación: la reconstrucción del pasado. Es entonces cuando comprendemos que la travesía del dolor es fría como una noche de invierno en mitad de un bosque en el que caminamos a la deriva. Y es en esa situación límite cuando nos damos cuenta de que nos conformaríamos con poder dibujar una vez más la frágil línea del horizonte, para de ese modo, buscar un auxilio que nos saque de nuestra pesadilla, pero esta vez, enseguida somos conscientes de que no nos encontramos perdidos en uno de nuestros sueños. Sin embargo, para intentar salvarnos aún pensamos que todo sería más fácil si encontráramos una metáfora que aliviara el peso de nuestros remordimientos, pero la estolidez de nuestros argumentos nos hacen sentir que no hay un verso con la suficiente capacidad de redención para sacarnos de nuestro infierno, porque si de verdad supiéramos descifrar los enigmas que se esconden tras la línea del horizonte con el más impetuoso de los versos no sufriríamos, y siempre navegaríamos en un mar de aguas tranquilas y purificadoras.

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Portada23Editorial
Lola Buendía Directora de TERRAL www.revistaterral.com
LA LECTURA EN CRISIS

Empieza el año 2017 y volvemos a escuchar cuestiones parecidas a las de otros años:

Hay más escritores que lectores. Los españoles leen poco o nada. Las editoriales se quejan; las librerías se ven obligadas a cerrar; a las bibliotecas les han recortado los fondos…Es urgente un plan para el fomento de la lectura…

Según el CIS el 39,4% de los españoles no leyó ningún libro en 2015. Y el 35% no lee nunca o casi nunca. De nuevo las estadísticas no me aclaran mucho. ¿A qué tipo de lectura se refieren? ¿Cuál es el perfil del lector que lee? ¿Dónde se lee más? ¿En qué tramo de edad se realizó la encuesta? ¿Se evalúa en ellas la lectura digital, y cómo?

Que España no es país de lectores, es un hecho recurrente. Sin embargo, hay un exceso de publicaciones tanto en papel como en digital. Pequeños editores se han lanzado a publicar reduciendo el coste de los libros. Con la aparición del ebook, los soportes digitales, las tabletas…, se ha resentido el papel, y las grandes empresas se adueñaron del mercado. Algunas librerías se vieron arrastradas al cierre y muchos artesanos del libro tienen que empaquetar sus herramientas.

El perfil del lector joven ha cambiado y ya no se interesa tanto por la narrativa tradicional en soporte papel y se inclina por el digital. Otro factor es el auge de la narrativa transmedia que se mueve en varios formatos a la vez: comic, series, novela gráfica, libros, tabletas digitales, internet, móvil…, donde los lectores pueden interactuar, amenazando al sector de las librerías y editores al uso, si no se adaptan a las nuevas tecnologías.

Si observamos, veremos que hoy la secuencia del márquetin comercial para captar interés y audiencia suele ser: serie televisiva – gancho publicitario  libro – cómic – formato digital – descargas en internet… De nuevo la imagen echando un pulso a la lectura, o quizás sirviendo de acicate a potenciales lectores. Varios ejemplos recientes los ilustran: Harry Potter, Juego de tronos, El señor de los anillos…han propiciado que las librerías y los editores vendieran libros como nunca.

Otro año más vuelve a elaborarse El plan de fomento de la lectura del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Al parecer, los anteriores no han dado el resultado esperado. Los cinco objetivos generales que contempla El Plan, vuelven a ser tan inconcretos, que me recuerdan a más de lo mismo.

En los medios informativos vuelve a repetirse el mismo mantra de todos los  años: hay que emplear más recursos, dar más horas de lectura en las aulas, ofrecer más visibilidad al libro, que Rajoy y los líderes políticos aparezcan con un libro en la mano, dotar mejor a las bibliotecas…

En las bibliotecas de mi entorno lo que sobran son libros y se difunde la lectura en diversos clubes de lectura. Me consta que también se fomenta en las aulas. Sin embargo, me inclino a pensar que no es solo cuestión de más recursos, sino de cambiar la estrategia y adaptarse a los nuevos intereses y perfiles de los lectores. También es lectura la que se hace a través de los numerosos blogs literarios y culturales, en los que se puede participar, así como en las variadas páginas webs que abarcan un abanico temático amplísimo: arte, literatura, historia, ciencia, informativos…, que han desplazado al libro en papel, siempre amenazado, pero que no desaparecerá para los nostálgicos y amantes de este formato.    Estoy segura que encontrarán el medio de compaginar ambos para que la lectura no desaparezca.
Lola Buendía López– Directora de la Revista Terral – ISSN 2253-9018

image006La pulsión narrativa de Thomas Wolfe es intensa como un rayo perdido en la noche, lírica como un verso robado al mejor de los poetas, y memorable y melancólica como una combinación de whisky y láudano a partes iguales. Y, sin embargo…, su forma de escribir nos habla, sobre todo, de la insatisfacción, de la búsqueda de algo de luz en la oscuridad, de la infelicidad de un espíritu atormentado. Las palabras, en ocasiones, se vuelven en el peor potro de tortura para quien las escribe y también para quien las lee, y, sin embargo…, su poder de hipnosis es tan fuerte como la más potente de las drogas. Es muy difícil salir ileso del universo creativo y literario de Thomas Wolfe y de esas descripciones infinitas (véase la del inicio de la novela corta El niño perdido, o la del inicio de la también nouvelle Especulación), teñidas de una tensión poética prodigiosa, única, envolvente y soñadora como pocas veces podremos leer. No es baladí que Jack Kerouac dijera que algún día le gustaría escribir algo parecido a la novela El niño perdido, antes mencionada, y que la tildara de obra maestra, o que Faulkner dijera que era el mejor escritor de su generación, posicionándose él, a su vez, en segundo lugar. Nada es mesurado ni calculable en este prodigio de las letras que era incapaz de dejar de escribir tal y como nos muestra la película El editor de libros. Apenas había tiempo y espacio en su vida para un pequeño chapoteo de sus botas en el agua del mar mientras miraba embelesado el horizonte, para que todo comenzara a fluir dentro de su cabeza a un ritmo endiablado, como endiablado era el carácter de un escritor encerrado en sí mismo y en su mundo. Egoísta y narcisista hasta la enésima potencia, y, sin embargo…, tan cercano al alma humana, pues pocos como él han llegado a describir aquello que los demás no ven, pero que una vez que saben que existe, ya no pueden pasar sin ello o sin el recuerdo que les produce cuando lo leen. Este mago de las letras, indagó en la parte oscura del ser humano y la desgranó para todos nosotros, para que supiéramos definirla con sus palabras. ¿Entonces por qué nos extrañamos tanto del histrionismo de Jude Law en su papel de Thomas Wolfe en El editor de libros? En demasiadas ocasiones, muchas más de las que nos imaginamos, hay una clara disfunción entre el artista y la persona, y éste, es un claro ejemplo de ello. Después de leer su prosa, nadie se imagina a un prestidigitador de la letras como Wolfe abandonado al ímpetu de su prosa, las mujeres y el alcohol, en un papel más cercano a un músico de jazz que al de un escritor, pero es que él era eso: un jazzista de las letras, de estilo libre e improvisación constante que, sin embargo, era capaz de crear grandes obras literarias. Su portentosa memoria, sin duda, le ayudó mucho a la hora de realizar sus majestuosas descripciones, y la figura del padre ausente (de los 6 a los 16 años vivió a solas con su madre, en una vivienda que ahora se ha convertido en lugar de peregrinación literaria en su Asheville natal), que tanto le marcó. De sus pasos por las universidades de Carolina del Norte y Harvard datan sus primeras tentativas como dramaturgo y su fracaso como tal, lo que le llevó a decidir a ser novelista. Su primera novela importante es El ángel que nos mira (1929). Al año siguiente, en 1930, Sinclair Lewis, Premio Nobel de Literatura de ese año le cita en su discurso al recibir el premio. Su segunda novela larga se editaría en el año 1938 (Del tiempo y el río), el año de su muerte en el Hospital Johns Hopkins en Baltimore a causa de una tuberculosis miliar que le inundó el cerebro de tumores.

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cartel-de-sullyEn un mundo donde cada vez hay más personas dispuestas a levantar fronteras entre Estados, ciudades o pueblos; o donde, cada vez más, prolifera la reivindicación de una bandera —o la quema de la misma— como acto teñido de un falso heroísmo, por mucho que les pese a sus protagonistas, no hay nada mejor para contrarrestarlos, que darse un aire de esa libertad auténtica y genuina que, en la sociedad en la que vivimos, ya sólo está al alcance de las acciones individuales despojadas de todo escudo, emblema o estandarte. Esa libertad individual fomentada a lo largo de toda una vida, es el único arma en verdad eficiente que nos queda contra el poder establecido que, por mucho que nos pese, ya ha dejado de ser un poder que defiende las libertades y los valores esenciales de convivencia entre las personas, para convertirse en una mera transacción de impuestos cada vez peor gestionados. En este acoso con derribo al que nuestros políticos someten al sistema llamado democracia, muy de vez en cuando, emerge una figura que, por sí sola, nos devuelve algo de esperanza. Esto representa, en sí mismo, Sully; un Sully que, bajo la batuta inteligente de Clint Eastwood nos devuelve una parte de su mejor cine y una de las mejores actuaciones de Tom Hanks, pues con su dirección y su interpretación, nos devuelven a ese edén con el que ya habíamos perdido todo el contacto, y que en sí mismo, representa el regreso a la esperanza de un héroe por accidente. Ese abnegado e incomprendido sesgo de docentes, padres, hermanos mayores y guardianes de la buena voluntad del mundo, pueden estar satisfechos, pues según parece, todavía hay personas que son capaces de dar la vida por el prójimo y, de paso, alzarse como paradigmas de aquellos valores que nos son tan meticulosamente inculcados desde pequeños, pero que después, también al parecer se nos olvidan demasiado pronto. Sin embargo, el valor de Sully no está en ese matiz ni en su triunfo sobre un rácano sistema sustentado en los valores mercantiles y monetarios. El verdadero valor de Sully está en su humildad, en su integridad, en esa innata búsqueda de la verdad que en su interior se transforma en pesadillas que no le dejan dormir ni descansar, porque: «¿y si después de salvar a todos los 155 pasajeros y tripulantes no actué bien?», se pregunta nuestro héroe. Esa duda sincera es la que por sí sola todavía es capaz de conmover a las personas de buen corazón, pero ésta, es una voluntad que por sí sola no derrumba las barreras de las compañías aéreas que, esta vez, el destino ha querido que fuesen derrotas por sus propias armas y artimañas.

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image004La realidad es tan subjetiva como la ficción, pues admite tantas reinterpretaciones como ojos la ven. La necesidad de reconstruir ese caos le lleva al escritor a levantar un mundo: el propio. Un mundo en el que todo fluya tal y como él lo entiende, aunque ese fluir sea el mayor de los caos imaginables. Sin embargo, fuera de los límites de ese universo propio del autor, en demasiadas ocasiones, se comete el error de querer ver los rasgos del artista más allá del hecho creador en sí mismo. A esa locura que no admite explicaciones es a la que se enfrenta un inconmensurable Óscar Martínez, tanto en sus irrenunciables posiciones bizantinas entorno a la literatura y su obra, como en sus debilidades más de andar por casa, lo que de una forma irresoluble e inesperada le lleva a estar atrapado en la frontera que divide la realidad de los sueños, porque qué difícil es hacerle entender a los demás, que la minúscula línea de transita entre la realidad propia —la del autor—, y la de la ficción, no es algo sobre lo que haya que discutir una y otra vez, pues la obra y la literatura son otra cosa, quizá, la contemplación de un amanecer tras otro sin otro mérito que el de atesorar ese sentimiento que nos produce poder seguir viviendo. Una vida, que en el caso del protagonista de El ciudadano ilustre, se vuelve pesadilla, pues la imaginación ajena también es cruel con la realidad propia. Aquí, el reflejo de una vida en apariencia exitosa, se retuerce con la tiranía del paso del tiempo que, una y otra vez, se muestra impasible respecto de aquello que nunca llegamos a admitir. En este sentido, la visión que los demás perciben del éxito es tan desastrosa y errónea que aquel que la sufre nunca llegará a entender que, al menos en la literatura, está fomentada en largas horas de aislamiento y en ese desajuste que el escritor manifiesta respecto del mundo que le ha tocado vivir. De ahí, proceden las obsesiones creativas y los fuertes caracteres de muchos escritores que pasan su vida en busca de la obra perfecta. De esa perfección no hallada, también habla esta sarcástica película argentina que lleva camino de convertirse en el hallazgo fílmico del año allende de sus fronteras, por el número de premios que va acumulando.

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