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Sección: Antropología

Hace más de 300.000 años Europa estaba habitada por unos hombres de complexión fuerte, dotados de una musculatura extraordinariamente desarrollada y una capacidad cerebral que alcanzaba 1.500 cm3, muy por encima de cualquier otro “homo” incluyéndonos a nosotros, Homo Sapiens Sapiens.

Evolucionaron en Europa durante cientos de miles de años en condiciones de aislamiento geográfico y genético como ejemplo de su extraordinaria adaptación al clima frío del Pleistoceno. Reciben el nombre de Homo Neanderthalensis por encontrarse en 1856 un cráneo en el valle Neander (Alemania), aunque cabe subrayar que en 1848 ya se encontró un cráneo “Neandertal” en Gibraltar al cual no se le dio en ese momento ningún valor arqueológico. Hoy Gibraltar es el último lugar donde Neandertal dejó huella de su existencia hace 30.000 años.

Neandertal vivía en cuevas de forma temporal y su comunidad solía configurarse en grupos de veinticinco a treinta  miembros. Cazadores, carroñeros y hábiles recolectores debían ingerir diariamente el doble de consumo calórico para mantener su actividad física y mental. Poseían conocimiento de la tecnología del fuego y además disponían de una complejidad social marcada por el conocimiento del simbolismo a través de rituales y ceremonias. Aunque se constata presencia de un lenguaje, este sería limitado fonéticamente. Sus herramientas de piedra alcanzaron el perfeccionamiento a través de la técnica de Levallois consiguiendo lascas cada vez más alargadas y cortantes, sin duda una ventaja para la eficiencia en la caza mayor.

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…..y en tanto que el cabello, que en la vena del oro se escogió, con vuelo presto por el hermoso cuello blanco, enhiesto, el viento mueve, esparce y desordena…” (Garcilaso de la Vega soneto XXIII)

Es bien cierto que la sexualidad está presente en la expresión a través del tratamiento de nuestro cabello. Grandes poetas, y otros apasionados de la femineidad a lo largo de la historia, han otorgado al cabello en generosa longitud y reflejo dorado, la expresión directa de una dulce e idealizada sensualidad añorada. Múltiples ejemplos artísticos de citada belleza los que encontramos reflejados en La Venus de Botticelli, La Venus de Urbino de Tiziano, los desnudos de Edgar Degas o en sonetos de Luis de Góngora, siendo el cabello femenino un aspecto estético que coquetea con especial connotación sexual.

Durante el tortuoso Medievo, el cabello negro y sobre todo de color rojizo  protagonizaron su etapa más oscura. El Clero asociaba el color negro y rojo al pecado y al infierno, al desorden y a la lujuria, y no dudaron en predicar que se trataban de los colores que enarbolaban la inmoralidad. Se estima que la Inquisición fue responsable de entre cuatro y nueve millones de muertes, la gran mayoría de ellas mujeres. Controversias de la historia y también de la razón humana que los mismos clérigos justicieros en limpiar el mundo del color del pecado, precisamente hicieran uso de estos colores como protagonistas indiscutibles de su vestimenta, que obtuvo entonces y mantiene aún símbolo de distinción, poder y riqueza.

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