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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Archive for February, 2017

Bebed cuervos-portada.inddNuestras vidas se componen de etapas, y cada una de ellas, simbolizan la capacidad que tenemos para la transformación de llegar a ser otro, igual que si tuviéramos una suerte de nacer varias veces a lo largo de nuestra existencia. En este sentido, Virtudes Reza en su último poemario  editado por Huerga y Fierro titulado, ¡Bebed, cuervos!, nos propone un doble juego: el del yo contra el otro, y el del yo contra el resto (un resto compuesto por la sociedad y su barbarie, pues en ella nada más que impera la nada más absoluta). Y de esa doble negación nace la imposibilidad del ser que, la voz poética, nos transmite en forma de viaje que ella misma recorre desde un estado inicial hasta el de su transposición en algo contrario, distinto y, sobre todo, nuevo. En esa esperanza que comienza como negación, la palabra nada se convierte en un leitmotiv sensitivo y poético en forma de universo aciago y vacío: «Desesperación en el vacío,/ oasis negro/ de la Nada.» «nada en el silencio,/ el silencio en todo… nadie en la nada,/ la nada en todo.», pero, que a su vez, es una forma de confrontar la oscuridad a la luz que todavía no se busca pero sí se anhela, porque de la misma forma que se declina la negación del yo, no se acepta la realidad sin más. De ahí, que el segundo de los cinco bloques de los que se compone este poemario se llame Ira; una etapa donde la voz poética aún busca al otro aunque no lo nombre, pero en la que ya aparece la esperanza de abandonar la soledad y la rabia que le produce la contemplación del mundo: «No sé seguir,/ la verdad desapareció/ antes de llegar al puente.» Imágenes que se yuxtaponen y nos transmiten la esencia de unos sentidos que ansían denodadamente una salida; una salida al hastío, al hartazgo, a la sinrazón…, de un mundo y una vida tatuada por los malos recuerdos; recuerdos dibujados con tonos oscuros.

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thumb_15851_portadas_bigBorrar las huellas del camino que nos devuelva a casa y huir lejos de lo conocido para ir en busca de una Antártida imaginaria e inexistente. Un lugar en el que nadie nos pueda encontrar, pues nadie será capaz de articular nuestros deseos más allá de la palabra locura. Una locura que nos llevará a reivindicar el aislamiento, la soledad…, y el silencio. Silencio tatuado con las iniciales de un amor que nadie, nada más que nosotros, cree que existe. Sin embargo, es en esa imposibilidad donde reside el encanto o la magia de nuestra desconexión del mundo real. Así, el amor se nos presenta como una mera ilusión con la que pretendemos llegar a otro mundo en el que las reglas son otras y los sentidos no conocen más fronteras que las de nuestro propio deseo. No obstante, intentar abarcarlo todo para luego quedarnos sin nada, nos lleva hasta el final de un camino en el que ya no hay más espacio que recorrer que el de la propia inexistencia. ¿Y si llegamos a ese límite de la montaña donde no existe más terreno que caminar, qué hacemos? Esa es la pregunta a la que se enfrenta Elsa, la protagonista de El silencio de las sirenas, una novela que transita por los límites de ese frío que se apodera de nuestro cuerpo para no dejarle descansar jamás. Novela claustrofóbica y mística a la vez, que trata de buscar respuestas en la oscuridad de las tradiciones más antiguas, porque en ellas, sólo existe el poder de la transmutación de los sentidos. Unos sentidos que en Elsa necesitan de una libertad que tampoco encuentran ni salida ni sentido en un pueblo perdido de La Alpujarra granadina. En ese espacio donde no existe el tiempo, parece que es más fácil flotar en una especie de nube de la que nadie te va a bajar, pero tampoco ahí, ni la singularidad ni la diferencia serán obviadas por los demás. En ese remoto y oscuro edén es donde Elsa se refugia, pues su utopía es donde ha encontrado mejor acomodo para proyectarse. Allí es donde indagará en el aislamiento de un amor que sólo existe tal y como ella lo ha creado en su psique, y con él, tratará de buscar esa libertad que tanto anhela, y de la que sólo podrá disfrutar en otro mundo donde sólo haya que sentir.

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BERLINA_cover_ALTADisfrazar el mundo de sinergias que nos conducen fuera de lo anodino y lo cotidiano hasta depositarnos en las llanuras de lo excéntrico, de lo raramente bello, de lo en verdad necesario, es una muestra de las múltiples cualidades que posee la música sobre nuestros sentidos y, que en el caso de Berlina y su disco Desértico, son una muestra de ello y de la amplitud de fronteras que en ocasiones somos capaces de atravesar a la hora de perseguir nuestro sueño, o esa ansiada libertad que en demasiadas ocasiones no somos capaces de ver aunque la tengamos al alcance de la mano. Sin embargo, Berlina sí sabe dónde está ese botón mágico y lo descubre con distorsiones musicales bajo oscuras pulsiones pop-rock que mezclan el shoegaze más oscuro hasta el post-punk y ese rock psicodélico de los setenta que tan bien ejecutan sus admirados Nudozurdo. The Verve también podría ser otro tronco al que agarrarse en este río de bravas notas y melodías abruptas que reproducen los ecos de aquello que vemos en un tamiz, donde las sombras que se proyectan tras él nos incitan a poseer aquello que soñamos. De la mano de Manuel Cabezalí en la producción, Berlina son capaces de amoldar las distopías a un lenguaje sensorial que recapacita sobre la densidad del aire que respiramos, y, que ellos, conscientes de esa extraña capacidad, nos proporcionan el antídoto necesario para que lo sólido se transforme en líquido y éste a su vez en gaseoso, para que podamos asimilarlo como si el mundo fuese una gran nebulosa. Esa propiedad de romper con lo cotidiano es lo que convierte a las canciones de Berlina en puro éxtasis sonoro que desemboca en propuestas reverberantes como las cuerdas de sus guitarras, y en otras muy densas, tanto, como son capaces de consumar esas mismas cuerdas.

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MOSAICO 22Nos dice Alejandro Valero, autor de la brillante traducción que precede la traducción de John Keats, Odas y sonetos que la Editorial Hiperión publicó por primera vez en 1995 que: «Resulta sorprendente que, después de haber transcurrido doscientos años desde el nacimiento de John Keats, casi nada en España corrobore su breve existencia. Más que nadie, Keats es el poeta del que todos han oído hablar o al que han estudiado en los manuales de enseñanza secundaria, dando por sentada su “genialidad”, sabiendo que es “uno de los grandes”. Pero apenas se deja ver su presencia entre nosotros, no ya con una traducción exigente, sino con su influencia en el quehacer de los poetas patrios. Los pocos escritores españoles que se han acercado a la poesía de habla inglesa han pasado por encima de él sin darse cuenta de su verdadera entidad, centrando su mirada en el romanticismo más esplendoroso de un Blake o en el más sosegado de un Wordsworth, de la mano de un Coleridge más versátil. Sólo el “Adonais” de Shelley, traducido en varias épocas, nos ha recordado a Keats, si bien piadosamente. Pero es que la mayor influencia del romanticismo en España, descartando la primera conexión de Espronceda con Byron, ha venido siempre desde Alemania, sobre todo con la obra de Heine y luego Novalis, Hölderlin y los grandes pensadores de la época.»

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_visd_0000JPG00QKMEl amor tiene múltiples representaciones, y se muestra ante nosotros de diferentes maneras, pero el amor que nos describe Elizabeth Smart en Grand Central Station… es un amor líquido: «Todo lo inunda el agua del amor: de todo lo que ve el ojo, no hay nada que el agua del amor no cubra». Todo fluye en este relato cual río del amor, porque para ella, ese sentimiento posee la cualidad de la licuosidad capaz por sí misma de derribar barreras, adueñarse de todos los territorios sin explorar, o inundar cualquier resquicio de nuestras entrañas hasta llegar a la sangre. Amor cristalino lleno de pureza, pero también amor rojo teñido de sangre. Sangre cargada de la pasión capaz de generar una nueva vida…, sangre de menstruación que significa la pérdida del fruto natural del amor.., y sangre limpia que se derrama a borbotones fuera de las venas para dejarnos sin nada. En Gran Central Station… representa la suntuosidad del amor, pero también, el viaje de libertad y dolor que Elizabeth Smart inicia cuando se enamora del poeta George Barker sin conocerle. Su exploración del otro es la posibilidad de proyectar la literatura dentro de la propia vida. Y ella lo hizo cargada de la sinrazón del que cree en sí mismo y en su destino. «El amor es fuerte como la muerte», y ese axioma que reclama en numerosas ocasiones a lo largo de esta novela escrita en prosa poética, es el que la llevó a hacerlo sola y a solas frente al mundo y las convenciones sociales de una época que todavía no estaba preparada para asumir tales retos en la búsqueda de la propia identidad que, además, tienen su representación material más allá de los recuerdos, pues la escritora canadiense los convirtió en novela. A día de hoy, En Gran Central Station… está considerada como un clásico de la literatura, y uno de los hitos dentro de lo que se ha dado en llamar como literatura feminista, pues se encuentra en ese doloroso Olimpo junto a títulos como: Jane Eyre de Charlotte Brontë, Ancho Mar de los Sargazos de Jean Rhys, Al despertar de Kate Chopin, o Una habitación propia de Virginia Woolf. Y quizá haya pasado a la historia de la literatura como un clásico, porque en esa batalla contra el mundo y contra sí misma, Elizabeth Smart asumió el mayor de los riesgos: difuminarse en el devenir de sus días aún a riesgo de perder su faceta creativa, lo que sin embargo no la desanimó para hacer frente a su reto de enarbolar el amor incondicional hacia la persona amada: «El veneno se ha infiltrado en mi sangre. Estoy de pie en el borde del acantilado, pero el fututo ya está hecho». O la condena que lleva implícita su ilícito deseo: «No hay nada que hacer sino agacharse y recibir la cólera de Dios». «La trampa se ha cerrado y yo estoy en la trampa». Porque nada fue igual cuando mucho tiempo después intentó retomar su faceta como poeta y escritora.

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