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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Archive for December, 2016

portada1194El cuerpo y el alma, el ser y el deber ser, la razón y el corazón…, como metáforas del esfuerzo inútil del hombre a la hora de buscar el valor de la vida, de sí mismo, y de la felicidad… ¿Cuánto pesa el alma?, ¿qué provecho tiene una vida vivida sin la esperanza del amor?… Si lo que en verdad amamos no pesa y no se puede tocar, porque sólo se encuentra en nuestros más profundos anhelos, qué importancia tiene todo aquello que en verdad no nos deja ser libres por mucho que se cotice al alza en la vida real. Esa búsqueda de la otra vida, ésa que tanto añoramos y que apenas calmamos en la mayoría de nuestros sueños, es la que transita por El negro y la gata, la historia de unos personajes que, de una u otra forma, son el vivo ejemplo del desarraigo existencial que anida en nuestra sociedad, y que además, representan el dibujo de unas vidas que van a contracorriente, y no por ello, son insustanciales. Siempre nos recalcan que el retrato del perdedor es el que mejor encaja en la literatura, y en esta novela hay unos cuantos que, por una u otra razón, se encuentran en ese abismo que acoge a los inadaptados, pues no hay nada más absurdo que buscar el verdadero valor de la vida más allá de lo evidente, lo material, la necesidad del cuerpo, el deber ser o la razón. En este sentido, Camus nos planteaba en su filosofía del absurdo que nuestras vidas son insignificantes y no tienen más valor que el de lo que creamos, y ahí incide Anton Arriola, y lo hace en un ejercicio de rebeldía contra todo lo impuesto, pues indaga en las grietas del alma de su protagonista, el párroco Azurmendi, un cura que ha perdido la fe, pero que no por ello deja de pensar en el gran valor que su labor tiene entre sus feligreses. Sin embargo, esta crisis de fe no es el tema principal de esta obra que, en clave de novela negra o de misterio, nos proporciona la posibilidad de alejarnos del mero entretenimiento para acercarnos a un tipo de ficción que busca plantearnos aquellos interrogantes que de una u otra forma nos asaltan a lo largo de nuestras vidas. En este sentido, el autor nos propone desde el principio el valor y la incertidumbre acerca de dos conceptos: el peso y la levedad. Y ya en la cita de Milan Kundera, que abre la novela, uno y otro en cierto modo quedan acotados, para a partir de ahí, ser desarrollarlos por el autor a lo largo de trescientas páginas en las que se dan cita: el amor y el odio, la amistad y el amor, la religión y el vudú, en una suerte de narración que, aparte de misterio, busca el sosiego de la conversación y el discernimiento de unas ideas a las que, por ejemplo, el padre Azurmendi y su amigo Kundera, se someten el uno al otro.

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el-viejo-rivers-thomas-wolfeA veces, la vida de una persona cabe en apenas veinticuatro horas, pues la repetición de su día a día es tan monocorde como insignificante. Esa es la afirmación que, al menos, se desprende de la descripción que Wolfe hace de un viejo editor, decrépito y trasnochado, que no supo salir a tiempo de su particular madriguera. Decadencias aparte, El viejo Rivers es el retrato de un editor que se mató a sí mismo, sobre todo, si nos mantenemos fieles al estricto sensu que del mismo nos realiza Thomas Wolfe en este pequeño ensayo acerca de las perversiones más ruines y viciosas del ser humano. Wolfe aprovechó, sin duda, esta nouvelle para ajustar cuentas, pero no es menos cierto que lo hizo de una forma brillante, pues ese es el estilo de su escritura, y este relato, al que quizá podríamos definir como de anti poético (sobre todo si lo comparamos con el resto de su obra), no por ello deja de serlo, pues tiene una fuerza en su estilo que no dejará indiferente a quien lo lea. En este sentido, cabe destacar una vez más, que su capacidad de observación del ser humano es infinita, tanto como sus prolíficas y maravillosas descripciones que, en este caso, se detienen minuciosamente en las íntimas perversiones de un viejo editor, el señor Rivers, aunque ahora todos sepamos que en realidad se trata del senil Robert Bridges, antiguo editor de Scribner’s Magazine. Este particular ajuste de cuentas del escritor respecto del editor, también nos permite (de una forma tangencial si se quiere), ser testigos del modo de respirar y comportase de la alta burguesía neoyorquina justo antes del crack del 1929, y a través del retrato del Sr. Rivers, poder acercamos al final de una época que no sólo será la de los locos años veinte, el jazz, el charleston y las flappers, sino también, la de una estructura social que tras la crisis financiera ya no será la misma, pues las viejas costumbres victorianas que ya empezaban a tambalearse por los nuevos vicios y deseos de los jóvenes americanos,  darán con una nueva forma de ver y entender la vida. En nuestro caso, ese podría ser el resultado de la relación del propio Thomas Wolfe con su editor Maxwell Perkins, el sustituto del caduco Sr. Rivers de esta nouvelle, y que quizá, por ello, en un gesto de lealtad y bondad infinita hacia el árbol caído (el viejo editor) por parte de Perkins, éste no quiso que la misma viera la hasta después de su muerte, lo que hizo seis meses después de ésta.

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untitled 1222Entrar en La Librería Encantada es hacerlo, a través de las cortinas del tiempo, a un espacio, un lugar y un mundo que ya no existe, porque entre otras cosas, ni podríamos contaminarnos con el humo de la pipa del Sr. Mifflin ni tampoco percibir el gusto por las buenas lecturas que ponderan sus opiniones y los sentimientos más íntimos de su vida. Desprovistos de su parnaso, pero con local fijo en Brooklyn, Roger y Hellen siguen protagonizando historias metaliterarias, donde el libro, en sí mismo, es el verdadero protagonista. Esta es una novela escrita a través de grandes frases, de sentencias y diálogos tan esclarecedores como épicos, que sustentan al río de la vida de una forma prodigiosa. La primera parte de la misma es un compendio de certezas libreras, librescas y literarias (eso sí, hay que tener en cuenta que fue escrito al terminar la Primera Guerra Mundial), de ésas, que no dejarán indiferente a todo aquel que ame los libros. Es verdad que, en esta ocasión, el devenir de la acción de la novela nos muestra una intriga, que no por ello, nos hace tildar a la misma de novela de suspense, sino más bien, de una narración más cercana a las intrigas postbélicas existentes contra los alemanes tras la finalización de la Primera Gran Guerra, lo que por otro lado, le sirve a Christopher Morley para mostrarnos a través de la literatura y los libros, los diferentes puntos de vista sobre las guerra y el ser humano, en una nueva demostración de esa simbiosis metalitararia entre el autor y su obra que, en este parnaso estático de Brooklyn, vuelve a volcar sobre el Sr. Mifflin: «Gracias a Dios que soy librero, traficante de sueños, belleza y curiosidades de la humanidad y no un simple mercachifle ¡Aun así, cuán indefensos quedamos cuando tratamos de explicar lo que ocurre en nuestro interior.» Esa sustancia interior de la que estamos formadas las personas es la que recoge una y otra vez cada línea de esta novela de situación que desgrana ese tipo de sabiduría del día a día y de la vida que, normalmente, dejamos escapar por esa atención mayúscula que nos provocan las causas más absurdas. Ese punto de observador estático que Roger representa es, sin duda, un perfecto equilibrio de la sinrazón a la que en demasiadas ocasiones condenamos a nuestras vidas, teniendo su punto más original en la nutrida relación de lecturas que nos presenta, como si todo aquello que en verdad necesitamos para vivir estuviera dentro de las tapas de un libro: «…el hecho de que usted haya creído que valía la pena venir hasta aquí me produce interés. Refuerza mi convicción en el esplendoroso futuro que le aguarda al negocio de los libros. Sin embargo, le diré que ese futuro no reside meramente en sistematizarlo como un negocio. Reside más bien en dignificarlo como una profesión. De nada sirve mofarse del público porque desea libros de mala calidad, baratijas y engañifas… El apetito por las buenas lecturas está más generalizado y es más persistente de lo que usted podría imaginarse, aunque todavía de una manera inconsciente. La gente necesita de los libros, pero no lo sabe. Generalmente las personas no saben que los libros que necesitan ya existen».

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la rosa de papelNos dice la directora de este montaje de la obra de Valle-Inclán que: «Reconocer la fealdad abre el camino a la sensibilidad y a la belleza», y no le falta razón a Irina Kouberskaya, porque la carga de crueldad, egoísmo y avaricia es enorme en cada uno de los personajes de esta pieza teatral que forma parte del Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte del autor gallego. Ellos, representan como nadie, ese reflejo oscuro del alma humana, un reflejo que, sin embargo, nos lleva hasta la fealdad que nos deposita en la verdad del alma. Como decía el personaje de Luces de bohemia, Max Estrella, para definir al esperpento: «una tragedia que no es tragedia», y es cierto, porque los personajes de La rosa de papel nos muestran todo aquello que, siendo intrínseco al ser humano, en demasiadas ocasiones intentamos esconder, ese quizá sea uno de los grandes aciertos a la hora de descubrir una vez más al gran público este melodrama de marionetas, pues el mundo se desmorona a marchas forzadas en demasiadas ocasiones sin que apenas nos demos cuenta de ello. La fealdad y lo grotesco, el horror y lo lírico se dan la mano en un juego de contrarios que nos llevan de viaje por una senda en la que se aúna lo poético y lo salvaje, mostrándonos de nuevo, ese ambivalente juego de reflejos entre los espejos que conforman el alma humana. Tal y como se recoge en muchos de los estudios que se han realizado de la obra de Valle-Inclán, él utilizó el esperpento como una herramienta crítica, y como un retrato deformado de la sociedad y los personajes de su tiempo. Esa fue su forma de gritar contra el horror decadente que le tocó vivir, como en esta ocasión y en cada uno de sus montajes hace Irina, pues nos somete a ese proceso de introspección y reflexión sobre aquello que en realidad soñamos ser y lo que en verdad somos, en una mágica propuesta entre realidad y ficción que de la mano del dramaturgo gallego nos traslada a ese otro mundo de voces y meigas, de oscuridad y nieblas, de aguardiente y muerte en el que el costumbrismo más ancestral parece sacado de un cuento de brujas más próximo al surrealismo que a otra cosa.

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image006La pulsión narrativa de Thomas Wolfe es intensa como un rayo perdido en la noche, lírica como un verso robado al mejor de los poetas, y memorable y melancólica como una combinación de whisky y láudano a partes iguales. Y, sin embargo…, su forma de escribir nos habla, sobre todo, de la insatisfacción, de la búsqueda de algo de luz en la oscuridad, de la infelicidad de un espíritu atormentado. Las palabras, en ocasiones, se vuelven en el peor potro de tortura para quien las escribe y también para quien las lee, y, sin embargo…, su poder de hipnosis es tan fuerte como la más potente de las drogas. Es muy difícil salir ileso del universo creativo y literario de Thomas Wolfe y de esas descripciones infinitas (véase la del inicio de la novela corta El niño perdido, o la del inicio de la también nouvelle Especulación), teñidas de una tensión poética prodigiosa, única, envolvente y soñadora como pocas veces podremos leer. No es baladí que Jack Kerouac dijera que algún día le gustaría escribir algo parecido a la novela El niño perdido, antes mencionada, y que la tildara de obra maestra, o que Faulkner dijera que era el mejor escritor de su generación, posicionándose él, a su vez, en segundo lugar. Nada es mesurado ni calculable en este prodigio de las letras que era incapaz de dejar de escribir tal y como nos muestra la película El editor de libros. Apenas había tiempo y espacio en su vida para un pequeño chapoteo de sus botas en el agua del mar mientras miraba embelesado el horizonte, para que todo comenzara a fluir dentro de su cabeza a un ritmo endiablado, como endiablado era el carácter de un escritor encerrado en sí mismo y en su mundo. Egoísta y narcisista hasta la enésima potencia, y, sin embargo…, tan cercano al alma humana, pues pocos como él han llegado a describir aquello que los demás no ven, pero que una vez que saben que existe, ya no pueden pasar sin ello o sin el recuerdo que les produce cuando lo leen. Este mago de las letras, indagó en la parte oscura del ser humano y la desgranó para todos nosotros, para que supiéramos definirla con sus palabras. ¿Entonces por qué nos extrañamos tanto del histrionismo de Jude Law en su papel de Thomas Wolfe en El editor de libros? En demasiadas ocasiones, muchas más de las que nos imaginamos, hay una clara disfunción entre el artista y la persona, y éste, es un claro ejemplo de ello. Después de leer su prosa, nadie se imagina a un prestidigitador de la letras como Wolfe abandonado al ímpetu de su prosa, las mujeres y el alcohol, en un papel más cercano a un músico de jazz que al de un escritor, pero es que él era eso: un jazzista de las letras, de estilo libre e improvisación constante que, sin embargo, era capaz de crear grandes obras literarias. Su portentosa memoria, sin duda, le ayudó mucho a la hora de realizar sus majestuosas descripciones, y la figura del padre ausente (de los 6 a los 16 años vivió a solas con su madre, en una vivienda que ahora se ha convertido en lugar de peregrinación literaria en su Asheville natal), que tanto le marcó. De sus pasos por las universidades de Carolina del Norte y Harvard datan sus primeras tentativas como dramaturgo y su fracaso como tal, lo que le llevó a decidir a ser novelista. Su primera novela importante es El ángel que nos mira (1929). Al año siguiente, en 1930, Sinclair Lewis, Premio Nobel de Literatura de ese año le cita en su discurso al recibir el premio. Su segunda novela larga se editaría en el año 1938 (Del tiempo y el río), el año de su muerte en el Hospital Johns Hopkins en Baltimore a causa de una tuberculosis miliar que le inundó el cerebro de tumores.

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