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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Archive for October, 2016

elle-posterLa sombra del mal siempre esta ahí, al acecho de la conciencia humana para no permitirla redimirse de sus pecados así sin más. Si Paul Verhoeven hubiese optado por esta vía, Elle no sería lo que es: la provocación del mal reconvertida en un perverso sueño. Sin duda, el veterano director, en su regreso a la gran pantalla después de diez años de ausencia, ha querido divertirse y, para ello, se ha permitido coger otra de las opciones en las que se bifurca el camino, aunque ésta no sea ni la más esperada ni la más convencional. Elle es un juego que el director propone a su protagonista, y que ésta, acepta como tal para deformar nuestra visión de la realidad en aras de mostrarnos otro mundo: el suyo. Un mundo de turbio pasado, violento y marcado por los demás, lo que provoca en ella la necesidad de una experimentación vital nada convencional. Aquí entran en conflicto la moral y el deseo, pero también la nula necesidad de que el bien prevalezca sobre el mal, o el orden sobre el caos, pues Elle es un universo personal y fílmico que no conoce reglas, salvo las propias, porque su director nos propone entrar en un mundo aparte, para una vez dentro, participar de él a través de la sutileza del engaño y la mordacidad de un tipo de moral a la que no estamos acostumbrados a enfrentarnos, a la que además, hay que añadir unas dosis de humor negro y de denuncia de la estructura familiar convencional que, a lo que se nos muestra, marcha a una deriva sin final feliz. En esa contraposición de luces y sombras, sospechas y sorpresas, vamos avanzando en un discurso fílmico prolongado —quizá demasiado—, del que precisa Verhoeven para mostrarnos su tesis acerca de esa doble moral que tanto nos corroe día a día. Es verdad que Isabelle Huppert está inmensa y sale victoriosa en su batalla frente a la cámara, a la que es sometida por parte de su director, a través de unos primeros planos que no dejan espacio para la mentira, o mediante intrépidos movimientos escénicos que inducen a la sorpresa, pero que tanto en un caso como en el otro, se asemejan mucho a los de un felino. Un juego de expresiones a los que la Huppert se enfrenta desde una gama de matices que van, desde la más pérfida frialdad expresiva, al más perverso y provocativo desmantelamiento del deseo que no conoce reglas.

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xthumb_15179_portadas_big_jpeg_pagespeed_ic_44D-K0m1B3Ya nada volverá a ser como antes. La juventud ya no se tornará ante nosotros como ese último rayo de sol que se despide tras el perfil de la montaña cada tarde ni los héroes de nuestra adolescencia podrán lograr que recuperemos el brillo que desprendían nuestros ojos a cada nuevo reto, aunque éste fuera tan sencillo como darle la mano a la chica que nos gustaba. Hay mucho de esa necesidad de recuperar las sensaciones del pasado en Musa, una elegía —como confiesa su autor— de un mundo que ya nunca más regresará. Esta novela es un largo poema lírico a la muerte de una industria editorial que ya no existe, como tampoco existe esa necesidad de leer y abordar un libro con la inocente idea de que por sí solo te va a cambiar la forma de ver el mundo o de vivir el resto de tu vida. Novela en clave (roman à clef) o de juegos mentales (jeux d’esprit) son sólo dos definiciones que los críticos y el propio autor han manejado para definir este debut literario del veterano editor Jonathan Galassi. Un debut literario que, si bien comienza con una rotunda frase: «Ésta es una historia de amor. Es sobre los buenos viejos tiempos, cuando los hombres eran hombres y las mujeres eran mujeres y los libros eran libros,…», en sus capítulos iniciales se pierde en una profusa descripción —muy al estilo de la gran novela americana— del ambiente y los personajes que después formarán parte de este historia; una historia en la que las cicatrices del mundo editorial están vistas desde la nostálgica mirada de un editor profesional. Esa minuciosidad descriptiva, sin duda, hace perder ritmo y frescura a la narración, sobre todo, si no eres capaz de visualizar la cantidad de nombres que salen a escena. No obstante, lo mejor de la novela comienza en el capítulo dedicado a la Feria del Libro de Frankfurt donde, con una sagacidad capaz de cortar de un único y certero corte el alma más pétrea, el autor nos derrumba cualquier imagen estereotipada que tengamos acerca del mundo editorial. Galassi, gran conocedor de ese ambiente, nos retrata con excelsas dotes de genialidad ese ambiente viciado de grandes, cenas, no menos importantes borracheras y tan millonarios como insulsos contratos publicitarios, de los que dos meses después sus protagonistas ni se acordarán. En este capítulo, sin duda, a todos aquellos que se dedican a escribir le supuraran las heridas, tanto aquellas que le salen cuando se encierra en sí mismo para dar vida y forma a un libro como cuando sean conscientes de esa falta de interés por el hecho literario en sí mismo que, en principio, no debería ser más que el valor de la obra literaria por sí sola. Esta ausencia de un mínimo de ética por parte de los grandes editores está muy bien reflejada y de paso la igualan a la de otros grandes sectores de la industria cultural o financiera.

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cartel-techoMirar el mundo desde ese punto de vista que nadie entiende, llegar a ese lugar que nadie ve, o reinterpretar el universo de los sentimientos de una forma distinta, novedosa y tan expeditiva como revolucionaria, deviene en una tumultuosa insatisfacción que, a veces, se paga con la propia vida. La valentía de aquellos que dejan este mundo por decisión propia y por sus propios medios, está forjada en la tenacidad de una lucha en la que se saben perdedores desde el principio, pero que sólo asumen como tal, cuando su espíritu atormentado se queda sin más excusas y sin fuerzas. El agotamiento físico y vital se traspone en una sombra difícil de soportar, y, que sobre todo, no aguanta el imposible equilibrio sobre la cuerda floja sobre la que se sustenta su vida. «El poema nace muerto… Los hijos se mueren y los buenos textos no», nos proclama una Anne Sexton vital y viva dentro de su íntimo tormento. Y esa la única y posible salvación: la poesía que, como deseo de perfección, es válida hasta que la propia insatisfacción la bloquea para dirigirla camino del suicido. Sin embargo, El techo de cristal (Anne & Sylvia) no es una obra de teatro acerca del suicidio, sino un inesperado y productivo encuentro entre dos almas rotas y perdidas que necesitan reencontrase en sus propios reflejos, ésos donde lo invisible se convierte en posible. Bajo un excelente texto de Laura Rubio Galletero, asistimos a través de los vaivenes del flashback a ese proceso de ida y vuelta que sólo el paso del tiempo nos permite afrontar, y desde el que poder afligirnos, reír y llorar junto a los actores que los ponen en pie: Montse Gabriel (Sylvia Plath) en la que destaca su ausencia de histrionismo a la hora de dar vida a la poetisa norteamericana, Luzia Eviza (Anne Sexton) que sobre las tablas desborda de una forma equilibrada la desmesura de Anne, e Ismael de la Hoz que da vida a varios personajes a la vez, entre ellos a Ted Hughes (el marido de Sylvia Plath), y que es el perfecto contrapunto de este viaje a la deriva, pues se convierte en testigo, juez y verdugo de esta intrahistoria. Leer más…

cartelEl artista se diferencia del resto por su forma de mirar el mundo y la realidad que le rodea. Y no sólo por eso, sino también por la transformación que se produce en su interior y que le lleva a reinterpretar lo que sus sentidos le dictan. Así, arte y percepción se convierten en el vehículo conductor a través del cual los artistas, ya sean éstos plásticos o no, modelan el universo que les es proporcionado por la expresividad de sus sentidos en una suerte de transformación de la realidad. Si en vez de referirnos a un único autor, unimos a muchos de ellos, tendremos un caleidoscopio compuesto por las múltiples percepciones de la realidad. Eso es lo que podemos experimentar al visitar la Phillips Collection en el Caixa Forum de Madrid, donde la selección de obras que Duncan Philips inició a principios del siglo XX, le llevó a poseer una de las mejores colecciones de arte del mundo y a abrir el museo que lleva su nombre en la ciudad de Washington en 1921. Sin embargo, en su afán recopilatorio, no sólo precisó del dinero necesario para ir comprando los cuadros, sino que también contó con el don de la oportunidad y del gusto al ir adelantándose de una forma más que reveladora al devenir de las diferentes corrientes artísticas que van desde el siglo XIX hasta mediados del XX, con una sinergia de aciertos entre obra y artista dignas de mención y alabanza. Gracias a él y a esta exposición comisariada por la conservadora de la Phillips Collection, Susan Behrends Frank, podemos contemplar y admirar las diferentes formas que la realidad ha adoptado a lo largo del tiempo bajo la mirada de los artistas que la han reinterpretado. Así, no es lo mismo acercarse a las composiciones de Ingres o Cézanne que a las de Matisse o Picasso, sólo por poner un ejemplo. Estas diferencias, sin duda, van aparejadas también a los profundos cambios políticos y sociales experimentados por el mundo en apenas un centenar de años, lo que conllevó un cambio en las costumbres y en la forma de vida. No obstante, las convulsiones y diferencias de las obras pictóricas de los diferentes artistas, no se refieren sólo a las formas, sino también a los colores y a esa simplicidad compositiva que los artistas van experimentando ante la obra de arte, como si la naturaleza misma de la expresión no necesitara de más argumentos que de una composición binaria de colores o de una distorsión total de la imagen y el color, para de esa forma, obligarnos a reinterpretar la obra de arte más allá de sí misma, en una especie de plano intelectual o filosófico que sobrepasa los límites del propio lienzo. En este sentido, expresionistas, impresionistas, cubistas, artistas abstractos y modernos, sin olvidarnos de los paisajistas del siglo XIX, se van deconstruyendo unos a otros en una rueda que, como la vida, no se para, y nos demuestra las múltiples formas de expresión que caben en el mundo del arte, en el que sin duda, destaca sobre cualquier otra característica, la posibilidad de la contemplación por la contemplación, una magnífica herramienta con la que poder llegar a la belleza, y a partir de ahí, a la esencia de la verdad, como demiurgo de la génesis que mueve y sigue transformando el mundo.

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16JUNY-melero-granEntre las rendijas de ese brillo oscuro que desprenden los perdedores se pierden esta vez las palabras de Rafa Melero, y lo hacen a través de la monotonía de la derrota, a la que él, sin embargo, consigue sacarle grandes dosis de luz y acción a lo largo de las doscientas cuarenta y nueve páginas con las que cuenta esta novela. Ful es ágil, entretenida, desbordante en ocasiones y entrañable en otras, porque la historia que protagoniza Ful (Fulgencio) es un elixir de contrastes que no defraudará a los seguidores de su autor en particular y a los lectores de novela negra en general, aunque en este ocasión, Rafa Melero se haya ido hasta la otra orilla para darle la voz protagonista a los malos. La trama, el tempo y la concepción de la novela poseen grandes dotes fílmicas, incluso se la podría comparar —salvando la distancia del tiempo, claro— a aquellas películas del lumpen catalán de los primeros años ochenta como la dirigida por Vicente Aranda, Fanny Pelopaja. Sin embargo, como ya ocurría en las dos primeras novelas de Melero —las dedicadas a su mosso d’esquadra, Xavi Masip— hay un enorme poso social que subyace por debajo de la trama. Un poso social que, sin duda, hacen de las novelas de este escritor catalán un fiel reflejo de aquel tipo de novela negra que es un calco de la sociedad que describen y de las personas que las protagonizan. En este caso, Ful y el resto de sus amigos, incluido Pepe el Mosso son, sin lugar a dudas, el anhelo de lo posible. En este sentido, todos aquellas personas que hayan vivido en un barrio del extrarradio de una gran ciudad, se verán plenamente identificadas —más allá de las historias personales de los personajes que nos retrata en esta oportunidad Melero—, en las imágenes que éste nos proporciona, pues se comportan como un teatro cuyos escenarios delatan tanto la escasez de oportunidades con las que ya nacen muchas personas como también la iniciativa equivocada de muchas de ellas, pues como nos relató el propio autor hace unos meses en la presentación de la novela en la librería Lé de Madrid: sus protagonistas son el resultado de un encadenamiento de malas decisiones. De ahí que, aparte de ser una profunda oda a la amistad entre aquellos que sí aprovecharon sus oportunidades y los que no, Ful es también la foto fija del anhelo de lo posible, porque en demasiadas ocasiones, al apelativo de imposible, sólo le faltó algo de coraje y valentía en la vida. Un coraje y una valentía que, si devienen en cobardía y dejadez, nos dejan fuera del escenario principal y nos convierten en meros espectadores de todo aquello que en verdad deseamos, porque los personajes de Ful no sólo anhelan una gran cantidad de dinero, sino también esos otros sentimientos más apegados al corazón como son: el amor, la amistad y la familia, símbolos identitarios con los que  se forja mejor y se hace más visible la propia identidad. Esa identidad que, sin embargo, marcha a la fuga tras esa estética —tan literaria como poco recomendable fuera de la literatura— de los perdedores, pues eso es Ful, el oscuro reflejo de unos perdedores que en su huida se mienten a sí mismos diciéndose que son tan pobres que nada más que necesitan dinero.

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