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ISSN 1989 - 5658
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Encadenarse a la libertad como expresión última de la vida, pero no a una libertad cualquiera, sino a aquella que sólo se alcanza con la muerte…, esa fue desgraciadamente, la trágica exaltación de la libertad que persiguió a una buena parte de los más álgidos representantes del movimiento romántico inglés (Byron, Shelley, Keats…) y, que en Remando al viento de Gonzalo Suárez está magníficamente retratada, porque en esta película deliberadamente literaria, la concepción estética que se nos propone alcanza inexpugnables y mágicas cuotas de delirio narrativo y estético que, como en una poesía que sólo busca la belleza en sí misma, se funde en un itinerario de ensueño al que a veces le visita la muerte. En una época donde se inician las revoluciones liberales en Europa, y donde se tiende a romper con el absolutismo y recuperar los valores esenciales de la Revolución francesa de 1789, surge el Romanticismo como movimiento que intenta recuperar la prioridad de los sentimientos y la exaltación plena de la libertad y la belleza. Esa ruptura y esa exaltación, así como, esa necesidad de búsqueda, son el escenario ideal para poner a prueba los límites humanos; límites, a los que Byron o Shelley se enfrentan sin tener miedo a la muerte. Su postura, no obstante, no es temeraria, sino todo lo contrario, pues la podríamos resumir como una forma de estar y vivir ante una sociedad que todavía no estaba preparada a esa superlativa exaltación de la vida. En este sentido, los rasgos hedonistas o de auto contemplación de los poetas románticos, son sólo falsos reflejos de la belleza que sus sentimientos y su obra buscan en la verdadera naturaleza, porque como muy bien expresó John Keats en uno de sus poemas: “la belleza es verdad; la verdad, belleza. Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber”.

Remando al viento es un flashback narrativo, en el que Gonzalo Suárez nos propone, —a través de Mary Shelley y su viaje a las heladas aguas del Ártico—, encontrar las claves de su monstruo Prometeo, y donde asistimos a la aventura de un recuerdo que el destino se encarga de manchar de negro. Historias de terror dentro de vidas vividas como historias con destinos trágicos que, irónicamente, se dan la mano bajo el reflejo de la luz de la luna en villa Diodati, muy cerca de Ginebra y a propuesta de Byron, cuando éste propone a sus invitados crear una novela de terror. A partir de ese momento asistimos al bello encuentro con la muerte, bajo el símbolo de la belleza mezclada con tempestades, monstruos que sólo ven aquellos que van a morir y aguas subterráneas o en libertad que lejos de simbolizar la pureza del alma son el vivo ejemplo de la muerte del hombre contra la naturaleza que ama. Es verdad, Mary Shelley también estuvo allí —la historia de la literatura no lo ha olvidado—, e hizo de su imaginario Prometeo un monstruo de carne y hueso dentro de sí misma. Su voz, 200 años después, todavía resuena entre nuestros recuerdos de una forma viva y nítida. Tanto es así que aún somos capaces de escucharla cuando nos dice:

Byron, la primera noche, siguiendo la propuesta de Polidori, nos hizo leer esas tenebrosas historias fantasmagóricas alemanas, traducidas al francés, que a mí no me provocaron ninguna necesidad de abordar el mal de una forma distinta a como yo le había concebido desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, tú, Shelley, quisiste construir una historia de fantasmas como Byron, y eso fue lo que quizá, a la noche siguiente, te llevó a tener esa visión que he llegado a comprender que tú interpretaste como la confesión que le hice a mi hermanastra Claire de ese último deseo de poseer a Byron y concebir un hijo de él, ¿o quizá fue al contrario y viste a Claire pidiéndote que quería concebir un hijo tuyo?

En la segunda noche en Villa Diodati, desnudos encima de la cama, nos suspendimos en la oscura necesidad de las palabras preñadas de confesiones, y, mientras tú leías, yo me acerqué a ti para preguntarte: «¿no tienes frío…, y sueño?, realmente pareces una serpiente —No despiertes a la serpiente, no sea que/ ignore cual es el camino a seguir— ¿Qué viste en el jardín?». Y tú me contestaste: «nada de lo que veo es nada si no lo comparto contigo… estás en cada página que leo, en cada palabra que escribo, en cada pensamiento y paisaje». «¿Pero qué has visto en el jardín o no fue en el jardín?», de nuevo te acucié con mis impulsos ávidos de amor y de celos. «Mi respiración es tu respiración, pero creo que mi mirada no es tu mirada… que alguien me miraba y pensé que eras tú. Tuve miedo porque tus pensamientos no eran mis pensamientos…». Nunca quise apoderarme de lo ajeno hasta aquella noche, porque el reflejo de la luna que se apoderó de mi cuerpo días después y de tu imaginación en aquel fatídico instante, me lo hizo entender así. Aquellos días en los que no hubo verano y todo era un devenir de nubes y tormentas, se consumó dentro de nosotros la necesidad de desafiar al mundo con las palabras. Byron y tú creasteis unas historias de fantasmas que nunca fueron acabadas, y Polidori nos habló de la anécdota de una mujer que miraba por una cerradura. Excusa perfecta para retar al destino en una noche de un verano boreal. No es de extrañar que más tarde tú vieras ojos en mis pezones y no simples pechos henchidos de deseo. Un equívoco que fue suficiente contratiempo para que la otra vida, aquella que yo consideraba como propia, fuese capaz de traspasar la barrera de los vivos para crear a un ser distinto; un ser nacido de la imaginación y la inteligencia de una escritora. Un ser distinto…, ese fue mi gran error, concebir la vida más allá de mis recuerdos y no ser más astuta a la hora de preservar la que la naturaleza me concedió por tres veces. Hijos de Mary Shelley, volver del averno para decirme que estoy equivocada. Soy mala como una bruja que proporciona la muerte a aquellos que quiere. El amor a la oscuridad, el amor teñido de sombras que zigzaguean en las cuchillas de la noche…, esas hojas afiladas por el mal me atrapan y me cortan a cada momento, a cada suspiro por el que ahora se me escapa la vida. Hijos de Mary Shelley que ya no podéis volver a mí, busco vuestro perdón y compasión hacia una mala madre que no os supo proteger de la muerte. Ese fue mi castigo por querer apoderarme del fuego sagrado de la vida. Yo no soy Dios, pero quise serlo y, aunque con las palabras resucité a mi monstruo, con mis deseos no fui capaz de devolver la vida a mis hijos ni poseer el espíritu del hombre al que amé.

A buen seguro, el nacimiento de Frankenstein no fuese así, tal y como aquí se ha narrado, pero sí puede servirnos de muestra para revivir, una vez más, a aquellos personajes que dieron vida y, sobre todo leyenda, a la famosa noche del 16 de junio de 1816; la noche en la que se vislumbró, entre las tinieblas, la primera luz del más famoso de los monstruos de la literatura.

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