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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Archive for June, 2016

image-e1465021139975Los latidos del corazón se resisten a mentirnos cada vez que aceleran su ritmo. Desbocados, nos conducen a esa pulsión en la que la vida se asemeja demasiado a una especie de penumbra, donde una vez que nos tropezamos con ella, no nos queda sino atravesarla. Esa sensación de incertidumbre que nos produce la indefinición es muy parecida a la que nos somete el pasado, pues ir hacia él, es igual que atravesar esa penumbra a través de las puertas abiertas de la memoria que, en ocasiones, nos invitan a ese inesperado: pasen y vean. Sin embargo, afrontar el pasado también es hacerlo desde la memoria serena y caprichosa, esa que acoge a la metaficción literaria, donde realidad y deseo se dan la mano y se separan a conveniencia del narrador. En este sentido, Vicente Valero en su última novela, Las transiciones, nos propone regresar a los setenta y al nacimiento de la democracia en España desde la isla de Ibiza. Una especie de brexit a la española entre la adolescencia y la juventud, el pasado y el presente, la opresión y la libertad, donde de nuevo, se nos invita a vernos tal y como somos, por más que no nos guste. El gran acierto de Valero, una vez más, es fusionar como sólo lo sabe hacer él, los tiempos narrativos y memorísticos de una forma admirable y muy cercana a la técnica de la tensión de los relatos cortos —un servidor les invita a leer el relato que en su anterior entrega, El arte de la fuga, hizo sobre Hölderlin, pues es una pieza maestra del género, en la que el poder de ficción a la hora de recrear una huida es sencillamente maravilloso—. Del mismo modo, en este caso, el narrador juega con el lector y le invita a recorrer los territorios de la memoria de una forma, en apariencia caprichosa, pero que sin embargo no tiene nada de azarosa y sí de inteligente, si bien es verdad que esa portentosa y admirable forma de contarnos la historia que engendra Las transiciones sufre un cierto desgaste o bajón después de la muerte de Franco —si exceptuamos la parte en la que recrea el incidente de Don Alfonso con el caudillo, donde Valero de nuevo se luce como narrador—, quizá, porque a Valero le resulte más difícil sustraerse de aquello que nos narra, dando pie a que la frontera entre autor y personaje se difume demasiado.

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untitledHay mucho vacío en esa soledad que no encuentra ni respuestas ni salidas a todas las preguntas que somos capaces de formularnos, sobre todo, en nuestra juventud, cuando todavía no entendemos cómo funciona el mundo. Sin embargo, esa desdicha del explorador insatisfecho, nos llevará a terrenos que nunca imaginamos y mucho menos que seríamos capaces de vivir. De ahí, que la duda que nos corroe como el más agresivo de los óxidos, sea la mejor compañera de viaje a la hora de reivindicar la lírica confusión de los anhelos juveniles que no entienden más que de grandes ideales teñidos de libertad. Quizá, la mayor abstracción a la que se enfrenta el ser humano a lo largo de su vida, sea la de encontrar esa puerta a la que nos alude Thomas Wolfe en esta nouvelle sobre el sentimiento de soledad de un joven que necesita de respuestas más allá de las obvias pretensiones de aquellos que le rodean. Esa búsqueda de uno mismo, de las certezas que de cuando en cuando necesitamos para seguir avanzando, y de esa última e innata necesidad de recapitularnos con nuestro aciago destino, desembocan en la narrativa de Thomas Wolfe en un torrente descriptivo sin límites; un torrente descriptivo que nos arrasa y enamora a partes iguales. Poético, intenso, arrollador y, por encima de cualquier otro adjetivo, evocador, el estadounidense es capaz de hacernos sentir uno más en ese viaje en solitario a lo largo de la espesura de un hombre y de un país y que, a medida que avanza, demarca el devenir de nuestros días en un simpar juego de choque de trenes: realidad frente a deseo y, donde la arrebatadora fuerza narrativa del autor, deambula por sí misma a lo largo y ancho de la cultura estadounidense en la década de los años veinte e inicio de los treinta. Mientras Scott Fitzgerald secaba todas las botellas de champán en la metaliteraria era del jazz (hasta el crack del 29), y lo hacía sumergido en el mayor de los éxitos, Wolfe deambulaba perdido por la inmensidad de un país que, en su fuero interno, estaba condenado a revisitar los lugares más oscuros. Sólo hace falta leer ese párrafo final que cierra dos de los cuatro capítulos de este viaje a lo largo de la noche y de la vida, para darnos cuenta de la hondura y de las últimas intenciones de este joven escritor que el destino quiso que muriera de tuberculosis con apenas 38 años, y sin haber explorado su verdadero potencial como escritor: «Aquél fue un momento de los tiempos oscuros, aquél fue uno de los rostros oscuros en un extraño tiempo hecho de un millón de rostros oscuros. Y éste que viene es otro».

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Encadenarse a la libertad como expresión última de la vida, pero no a una libertad cualquiera, sino a aquella que sólo se alcanza con la muerte…, esa fue desgraciadamente, la trágica exaltación de la libertad que persiguió a una buena parte de los más álgidos representantes del movimiento romántico inglés (Byron, Shelley, Keats…) y, que en Remando al viento de Gonzalo Suárez está magníficamente retratada, porque en esta película deliberadamente literaria, la concepción estética que se nos propone alcanza inexpugnables y mágicas cuotas de delirio narrativo y estético que, como en una poesía que sólo busca la belleza en sí misma, se funde en un itinerario de ensueño al que a veces le visita la muerte. En una época donde se inician las revoluciones liberales en Europa, y donde se tiende a romper con el absolutismo y recuperar los valores esenciales de la Revolución francesa de 1789, surge el Romanticismo como movimiento que intenta recuperar la prioridad de los sentimientos y la exaltación plena de la libertad y la belleza. Esa ruptura y esa exaltación, así como, esa necesidad de búsqueda, son el escenario ideal para poner a prueba los límites humanos; límites, a los que Byron o Shelley se enfrentan sin tener miedo a la muerte. Su postura, no obstante, no es temeraria, sino todo lo contrario, pues la podríamos resumir como una forma de estar y vivir ante una sociedad que todavía no estaba preparada a esa superlativa exaltación de la vida. En este sentido, los rasgos hedonistas o de auto contemplación de los poetas románticos, son sólo falsos reflejos de la belleza que sus sentimientos y su obra buscan en la verdadera naturaleza, porque como muy bien expresó John Keats en uno de sus poemas: “la belleza es verdad; la verdad, belleza. Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber”.

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untitled 12Calles sin nombre que, de repente, se convierten en una parte esencial de nuestras vidas, porque son la primera referencia cada día, justo cuando intentamos establecer un nexo de unión con el mundo. Y a partir de ahí desconectar de la senda que hacía un momento nos llevaba por la otra vida, y es justo en ese lugar que nadie conoce y que se comporta como una ciénaga de la que nadie nos puede salvar, donde de verdad estamos a gusto mostrándole a la soledad los rasguños del alma. Una soledad que es el perfecto eco para nuestros sentidos ya marchitos de tanto revés. Si te caes te tienes que levantar, y esa es la lucha que nos muestra el grupo valenciano Modelo de Respuesta Polar que, desde su lejano primer Ep de cuatro canciones (del año 2010) nos van mostrando los rasguños de la otra vida con la maestría y el saber estar que les está dando el paso del tiempo, al que han sabido acompañar de los elementos necesarios y esenciales para ir subiendo peldaño a peldaño en la dura escalera del indie español. Este Dos amigos es una buena muestra de ello, pues la práctica totalidad de las onces canciones que componen su último trabajo, son la expresión más cercana a esa perfección conceptual que persigue a Borja Mompó y al resto de componentes de MRP. La singularidad de su música se mueve muy bien en esos intensos, poéticos y arrebatadores medios tiempos pop que tan bien ejecutan, donde la armonía entre la voz de Mompó y las cuerdas de las guitarras es extraordinaria a la hora de expresar ese desgarro existencial que modelan a sus letras.

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pessoa_logo_tranparent_01Navegar es preciso, pues no se nos debería de olvidar que todo es un sueño, como aquel en el que se sumerge el que sólo crea. «Vivir no es necesario, lo que es necesario es crear». Pessoa, al menos, no se mintió a sí mismo cuando renunció en gran medida a esa otra vida: la real que, para él, no tenía sentido. Sólo trabajaba dos días a la semana como traductor, o como él mismo acotó en una nota autobiográfica: «corresponsal extranjero de casas comerciales», dedicando el resto de los días a escribir, lo que hacía sumido en un caos… Pessoa fue un hombre entregado a sus sentimientos más profundos y a ese último deber intelectual que gobernaba su vida: «tengo el deber de encerrarme en la casa de mi espíritu y trabajar cuanto pueda y en todo cuanto pueda para el progreso de la civilización y el ensanchamiento de la conciencia de la humanidad». Nada, por tanto, distrajo a su espíritu de ese deber último que fue la literatura. No en vano su último texto decía: «no sé lo que traerá el mañana…»

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