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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Archive for March, 2016

untitledLa distancia entre la realidad y los sueños puede ser tan cruel como nuestra memoria sea capaz de recuperar todos aquellos momentos que por mucho tiempo que pase nunca se nos olvidarán. El olvido, ese gran truco de magia que fue inventado para que nos sintiéramos capaces de mirar hacia adelante con las heridas del tiempo —y la vida— remarcadas sobre nuestras espaldas, es, quizá, el mejor antídoto contra los recuerdos, esa deuda que nunca pagamos al paso del tiempo. Recuerdos que son como tatuajes silenciosos, y sobre todo, testigos de una vida que no siempre transcurre como nos habíamos imaginado; tatuajes sin tinta pero dibujados con la sangre de los sentimientos que en demasiadas ocasiones son como heridas que nunca acaban de cicatrizar. Ese gran dilema que es el paso del tiempo, y, que como muy bien nos apunta Fernando Marías en el epílogo de este gran cómic —Premio al Mejor Cómic Nacional del 2015—, es uno de los grandes temas de la literatura, le sirve a Paco Roca http://www.pacoroca.com /  para plasmar en imágenes y sensaciones, un universo, el propio, para a través de él, crear un testimonio vivo, muy vivo, de lo que es un homenaje, a través de los recuerdos, de la figura del padre ausente. Imágenes que hablan por sí solas (como la que abre esta historia) y que son capaces por sí mismas de encerrar todo el sentido final de una vida.

Elipsis maravillosas que compendian en apenas tres viñetas todo el transcurrir de esa máquina diabólica que es el tiempo, sólo ponen de manifiesto la maestría y la carga emotiva de una historia muy bien narrada, como quizá sólo se pueden narrar aquellas historias que nos atraviesan el corazón. Si la estructura narrativa elegida por Paco Roca es sencillamente genial, no lo son menos sus ilustraciones, y sobre todo, ese colorido tan especial con el que tiñe los sentimientos y los espacios físicos, pues muchas veces, son más delatores que las propias palabras o las ilustraciones que las acompañan, tanto es así, que uno acaba identificándose con esa familia que echa la vista atrás ante la ausencia de aquellos que un día juntaron sus cuerpos para crear la vida de aquellos que ahora les añoran y recuerdan. Ese juego tan macabro que es el de la ausencia de la persona querida, se transforma en La casa en una reivindicación del padre ausente a través de todas aquellas cosas que a él le hubiese gustado hacer y ya no puede. En esa recuperación de sus deseos, nace la posibilidad de devolver a esa casa, que representa el pilar fundamental del germen de toda familia, la dignidad y la gloria que siempre quiso tener y a la que sólo le faltaba una pérgola como símbolo del éxito de un proyecto nacido de un sueño.

Y en ese ahínco de hacer presente al pasado, es donde las viñetas de La casa son el testigo más indeleble de que el hombre es capaz de sumergirse en las turbulentas aguas de los deseos para extraer de ellas los mejores destellos de lo que significa vivir y estar vivo, pues todos sabemos muy bien que nadie estará del todo muerto mientras que haya alguien que le recuerde, y sin duda, Paco Roca ha conseguido que la memoria de su padre siga viva para siempre a través de La casa, una obra que no dejará indiferente a todo aquel que se acerque a ella, pues a través de sus ilustraciones, quizá, sea consciente de que la vida, en sí misma, es un reflejo; un reflejo que casi nunca intentamos atrapar, pues nos comportamos como si nuestra existencia se quedara dentro de la imagen del cristal del espejo que sólo vemos.

thTras la muerte de su padre, el 21 de octubre de 1872, los hijos de Fanny: Herbert y Margaret Lindon, empezaron a buscar potenciales compradores de los recuerdos de su madre. Tras  negociar con la familia Dilke y con R. M. Milnes, Herbert decidió publicar las cartas, en forma de libro, para subastarlas más tarde. «En febrero de 1878 apareció un elegante libro de unas 200 páginas, que fue editado con un prólogo de uno de los hombres más prominentes de la época, H. B. Foran, y bajo el sencillo título de Letters of John Keats to Fanny Brawne». Esta decisión resultó muy acertada, pues la publicación de las cartas, causaron un gran interés en Inglaterra y en Estados Unidos. Las cartas se vendieron en marzo de 1885 por 543 libras y 17 chelines.

Sin embargo, la publicación y posterior subasta de las cartas de Keats, tuvo una repercusión que fue mucho más allá del simple interés por la relación amorosa entre ambos, puesto que después de ver la luz las cartas, se acusó a Fanny Brawne de no merecer el amor de Keats. Sir Charles Dilke, en una reseña sobre las cartas en la revista Athenaeum, «dijo que el libro de las cartas era “la mayor acusación de una mujer sobre la elegancia que se podía encontrar en la historia de la literatura”». Louise Imogen Guiney remarcó en 1890 que «Fanny era vanidosa y trivial, casi una niña, a la que los dioses no le dieron el don de “ver más allá” y la hicieron inconsciente». «70 años después de la muerte del poeta “la mayoría de nosotros estamos agradecidos de que Keats escapara a salvo de los deseos de su corazón, y de su peor enemigo, Fanny Brawne”». Richard Le Gallienne, escribió que: «es realmente una irónica paradoja que la mujer desgraciadamente asociada con el nombre de Keats, sea la menos congruente de todas las mujeres transformadas por el genio al que no podía comprender, y receptora del amor que no merecía… La fama, a la que le gusta reírse de los poetas, ha consentido que se glorifique los nombres de muchas de las relaciones menores de los genios, sin embargo, no ha habido nombre más significativo en los labios de Keats que el nombre de Fanny Brawne… Uno escribe, recordando… las torturas a las que ella sometió a un noble espíritu con las coqueterías de sus clases de baile».

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untitled 11Hay mapas en los que no se dibujan lagos ni montañas, pero sí lugares y situaciones que marcan el devenir de nuestras vidas, y que unen y separan, igual que si fueran altas cordilleras. De la misma forma que el amor se convierte, en ocasiones, en un lugar que se parece demasiado a una huida, esa necesidad de cambio también nos proporciona la capacidad de transformase en la reivindicación de los lugares que hemos amado. Entonces, las fronteras ya no están dibujadas en color rojo como límites entre territorios, sino que devienen en una suerte de contradicciones sentimentales que se clavan en nuestras extrañas como la más eficaz de las dagas asesinas. Es verdad, nada es lo que parece, sin embargo, ese miedo innato al compromiso o a aceptar unas reglas del juego que no tenemos nada claras, nos lleva hacia el silencio —el de las mayorías silenciosas—, un espacio que se convierte en un colchón de plumas que nos da calor sin dejarnos marcada ninguna huella en nuestra piel. Algo parecido les sucede a Susana y Tomás, que se enfrentan a sus miedos y temores como animales heridos por las yagas de la vida, y lo hacen, a través de los aeropuertos que, en Suzanne, son la metáfora del tránsito y de la posibilidad de cambio. A pesar de todo, ni uno ni otro se dan cuenta de que la auténtica transformación está dentro de cada uno de ellos, porque el amor necesita de unas muletas donde sustentarse, unos apoyos cuyos nombres, en esta ocasión, se llaman: traición y perdón.

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untitled 14Intentar atrapar la luz, como si eso fuera posible con sólo estirar el brazo y cerrar el puño. Es, en ese punto, donde la evanescencia de una nube se convierte en cielo, o donde los sueños chocan contra la realidad de las esquinas de una habitación mientras intentan convertirse en otra cosa. Ahí es donde el poeta Carlos Oroza  https://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Oroza sitúa su mundo lírico, donde, quizá, confluyen la ficción o el sueño, el espejo o el reflejo, la luz… Évame y todo aquello que no pueda el amor que lo logren las palabras, parece decirnos el orador gallego que, ya, en Eléncar, el primer y extenso poema de este poemario, se nos presenta poroso como una nube, y decidido a transmutarse en un recorrido por el mundo de los sueños, de las sensaciones, del otro, con la ciudad, el aire y ella…, como esqueletos de sus metáforas: «Ayer puse un pie en el aire y vi la ciudad iluminarse por arriba». Aquí, la búsqueda de la luz es un anhelo que persiste en permanecer a lo largo de todo el poema y que es igual a buscarse a uno mismo a través del otro.

Inventa una palabra nueva para mí y llámame Évame: «…la única palabra que definía en lo que me convertía en ese instante; en una mujer, y ella en mí. Es un homenaje a la mujer». Así definía Carlos Oroza el segundo, y de nuevo extenso poema de este libro, en el que el viaje sigue siendo indeterminado porque es a través del otro y del mundo de los sueños. Su fuerza onírica procede del ojo con el que queremos ver y mediante el cual percibimos todo el mundo, tanto el nuestro como el que se expande fuera de los límites de lo imaginable, de lo permisible y de lo material. Todo, en este caso, es una singladura de nubes y deseos, y de imágenes que sólo transitan por el paisaje de lo imposible. En este sentido, la poesía de Oroza es como esa luz que no entiende de obstáculos, pues atraviesa puentes, nubes y fronteras, esquiva paredes y transforma el mundo en otra realidad a medio camino entre lo ficticio y lo surreal, lo imposible o lo inasequible, el aullido y el llanto. Los ritmos internos de sus poemas son caprichosos, armoniosos, lúcidos, exigentes e incoherentes, pero todos ellos emanan de esa oralidad clásica de la que nace su poesía: «Ascender/ Ser a lo lejos sin fin el silencio que toma la forma en el cero/ Su estímulo por la circunvalación/ Su cerebro/ El cero/ El punto de partida/ El regreso/ El eterno retorno de aquellos que van a donde nosotros ya estuvimos/ Un suspense/ Una nota olvidad/ U otra vuelta por el entramado de las sombras».

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1456565206-23-1Sumergirse en una nube para seguir flotando en un mar incorpóreo e infinito por el que poder transitar a través de los límites que difuminan la realidad y la ficción. Mares de nubes y atmósferas tan irreales como el agua que no moja, pero que sí nos deleita los sentidos. Y guitarras cortantes, luminosas y oscuras a un tiempo, que nos marcan la senda de unos juegos que un día soñamos. Soñar, sumergirse, caer…, para luego subir, saltar y alzarse a la cumbre más inaccesible donde sólo llegan los soñadores, porque La fuerza mayor es caminar hasta la punta del desfiladero desde la que poder observar el infinito, como infinitas son las múltiples secuencias musicales de este disco debut donde se nota que el cuarteto murciano, Viva Suecia, han volcado la esencia de su alma. Raras veces ocurre, pero en ciertas ocasiones las virtudes artísticas asoman a la primera, y aquí estamos ante una de esas demostraciones.

Las buenas maneras musicales del grupo ya nos quedaron muy claras cuando telonearon a McEnroe en el último concierto que los vasco dieron en Madrid (Sala But). Y este larga duración no es sino la confirmación de aquellos sonidos, injustamente entrecortados, por los cortes eléctricos que padecieron ese día. Sin embargo, las sensaciones permanecen en el recuerdo, y en La fuerza mayor quedan plasmadas, pues Viva Suecia http://www.vivasuecia.com/ se muestran vigorosos, eléctricos, potentes y portentosos, para decirnos que su propuesta musical es válida, y que han llegado para sumarse a la ya consolidad nómina de grupos murcianos en el panorama indie español. Los ecos y las reverencias de la música pop de los noventa son el sustento de estas canciones que consiguen iluminar la oscuridad en una sinergia de fronteras que, en su letras, van desde el realismo sucio a lo Bukowsky hasta la vertiente más existencial de la vida.

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