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La ciudad de la cultura

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406541_jpg-r_160_240-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxxVagar sin rumbo cuando la cartera está llena, no parece ningún acto de heroísmo más allá que el de tener que pedir dinero cuando este se acaba. No obstante, el simple hecho de caminar sin rumbo, ya conlleva en sí mismo una dificultad, saber a dónde ir. Como decía Óscar Wilde: “lo importante no es elegir, sino saber lo que se quiere”. Ese no saber lo que se quiere tan propio de la juventud, hasta que llega a la mal llamada edad adulta, nos ha dejado múltiples huellas en los universos cinematográficos y literarios a nivel mundial, por lo que no es nada novedoso el planteamiento inicial de esta historia. En esta ocasión, nos llega una nueva versión sobre las necesidades del antihéroe y su reivindicación de la estética de la derrota, de la mano del director alemán Jan-Ole Gerster, donde bajo la ausencia del color y dándole todo el protagonismo al blanco y negro, sitúa a Tom Schilling, en el papel de Niko, como centro de todas sus divagaciones existenciales. Más allá del alcance de sus propuestas, destaca esa estética tan típica de la derrota en la que Niko se sitúa para darle sentido a esta película que, casi siempre marcha lenta, quizá demasiado lenta, en su afán de retratarnos la cándida dejadez del que todo lo tiene, excepto poder de decisión. Aquí, la duda se sitúa como una nube negra sobre el vagabundeo desinteresado de Niko, pero sin acabar de precipitarle por la sima de la desesperación, porque quizá, quien no espera nada, no se pueda desesperar. Ese nihilismo tan individualista a la hora de intentar negarse a uno mismo lo expresa muy bien Tom Schilling con su cara de niño bueno desorientado a la salida del parque cuando no encuentra a sus padres. No obstante, nos hubiese gustado verla romper un vaso o un plato, para de esa forma, poder contemplar cómo reaccionaría ante aquello que de verdad no es esperado, pues su vagabundeo en ocasiones parece demasiado programado. Todo ocurre en un día como en el Ulises de Joyce, pero desgraciadamente el universo que nos propone Gerster no es tan portentoso, ni su éxtasis vital necesita de la tensión o desorientación del protagonista de ¡Jo, qué noche!, de Martin Scorsese, porque aquí, tan solo asistimos a esa especie de plano secuencia infinito en el que el protagonista de Oh boy busca una salida a su propio laberinto, aunque no se esfuerce mucho por buscarla. En este sentido, el romanticismo del blanco y negro se pierde en un intríngulis de documental que nos demuestra eso sí, que las desgracias de la juventud también ocurren en Alemania, el país más poderoso de una Europa en plena retirada del efímero Estado del bienestar, en el que algunos se empeñaron en colocarnos, sin quizá tener la suficiente estructura para financiarlo. Ahí radica una parte de la infelicidad de este joven europeo, derrotado por la aféresis de su propio discurso. Una plática prácticamente exenta de palabras, lo que nos coloca la cámara, casi siempre, muy cerca del rostro de los personajes de esta película, que reivindica el derecho a no ser feliz, en el que para muchos ciudadanos del mundo, sería el mejor resultado de cualquiera de sus sueños. Sin embargo, Niko no acepta, al menos en principio, esa dualidad realidad-sueño como algo necesario, pues a él, de momento, solo le hace falta encontrarse a sí mismo. ¡Suerte, Niko!

 

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