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994492_726326890750310_4678688217498534407_nAtaviarse con las vestimentas más clásicas para enfrentarse a los nuevos tiempos conlleva, por una parte, una fe ciega en la propuesta que se lanza al universo, y por otra, la más íntima y honda convicción de que aquello que sentimos y necesitamos expresar está anclado en las raíces más profundas de nuestros sueños. A ese territorio inhóspito y extraño es a donde se han ido Deniro a buscar los nueve temas de su último disco, Sueño que arde, un compendio de canciones deudoras del sonido rock de los noventa a las que el grupo madrileño ha sabido teñir con sus propios barnices, dando como resultado unas melodías que transforman las esencias de aquello a lo que han acudido para inspirarse, pues la intensidad hipnótica de sus melodías no dejan indiferente a nuestros sentidos y gustos musicales, ya que a medida que vamos aumentado el número de escuchas de este elepé apreciamos con mayor nitidez la gran cantidad de matices que se esconden detrás de unas intensas guitarras que afilan sus cuerdas a lo largo y ancho de cada una de las canciones, a las que acompañan muy bien el resto del grupo con Dave Gómez en la función de cantante; una nueva propuesta que a Deniro le sienta muy bien, y con la que gana enteros a la hora de armonizar el resultado final de los temas. Dave Gómez se ancla con seguridad en las melodías impetuosas del grupo madrileño, donde hasta las aguerridas guitarras de la banda, consiguen transmitirnos la intensidad diseminada en potentes ritmos necesaria en un grupo de rock como Deniro.

En esa lánguida espera de los sueños es donde Deniro se ha apostado para irrumpir como un rayo en una tormenta y difuminar de un solo golpe de guitarra las coordenadas más clásicas del rock, que ya se manifiestan de una forma nítida en el tema homónimo que abre el cd; un rock con matices reivindicativos: “desde aquí voy cantando libre con la ingenuidad de un niño saltarín… no eres músico si no le lloras a nadie, nadie llorará como tú”, en la que ya se despejan las dudas a la hora de concebir y matizar el concepto intensidad, pues Sueño que arde es pura dinamita musical. Un reguero de pólvora incandescente que se sigue arropando en las guitarras en Entre tú y yo, y que le permite al grupo componer una melodía más larga jugando a darle mayor protagonismo, si no lo tenía ya, a la batería, mientras escuchamos: “no pensar es lo mejor, todos harán lo mismo y no será un error… dónde irá, no hay dolor… es entre tú y yo”, que nos sirve de excusa perfecta para arribar a una de las grandes canciones del disco, Haima de cristal que, cual cúpula transparente, nos deja ver y oír este majestuoso medio tiempo que no se distrae de esa lluvia sonora que intenta mojarnos todos los sentidos: “contigo lucharé”, sin duda, una de las mejores canciones del disco, pues sabe jugar con las atmósferas que nos crean los ambientes propicios para soñar mientras la escuchamos. Un factor ambient que de nuevo se transforma en puro rock con Cruce de caminos, donde el pulso de la intensidad se vuelve más nítido y claro para que no decaiga la fiesta. Una senda que continúa con Éxodo, donde quizá el sonido se vuelva más oscuro e irreverente, y con el que Deniro se muestran más intransigentes: “correrás más que la muerte, terminarás sin tener miedo a nacer”, en una especie de reivindicación de salto al vacío: “hoy ya no tienes que creer”. Esa falta de fe que se convierte en irreverente con Tengo tu nombre, un tema donde la opacidad de su sonido es más que evidente y en el que las estridencias rebotan sus ecos hacia el interior: “es la guerra, pero esta vez no fallaré, tengo tu nombre”.
Mi canción es la vuelta a esa necesidad última de volver a reencontrarse con los medios tiempos, en los que las melodías se apoderan de nuestros sentidos en un juego parecido al que el viento nos invita a jugar cuando miramos al mar desde lo más alto de un acantilado; una sensación de libertad muy parecida a la de volar. Esta es otra de las canciones más sobresalientes del disco pues en ella se distingue más la esencia del grupo, ya que su introspección a la hora de buscar nuevos sonidos es más diáfana. Una propuesta que se repite en Esta no es tu piel, en la que incluso adivinamos el sonido de unos teclados que dan una mayor profundidad a la música de Deniro que, parecen haber perdido el miedo a reencontrarse consigo mismos, pues este tema es un regreso al origen de la vida. Búsqueda que se cuartea con el riff final que es El luchador, una nueva carga de adrenalina para que no se nos olvide esa intensa lluvia de melodías rock de los noventa que Deniro atesoran en el baúl de sus composiciones.

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