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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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PortadaParapetarnos en el otro lado, y mirarnos a la cara. Romper el espejo para ver cómo han quedado nuestras cenizas, y a pesar de todo, ser conscientes de lo efímero de nuestra existencia. Semidioses del ahora enmascarados con la luz de una triste luciérnaga en mitad de la noche oscura. ¡Qué difícil es adivinar el designio de nuestras vidas si no  nos atrevemos a romper la cálida inmediatez de una caricia! En ese espacio donde la creación y la fe pugnan por adueñarse del abismo es donde Enrique Clarós sitúa su poemario, Creo en la noche, en el que devoramos uno a uno sus versos teñidos con lo que la propio autor define como reflexión esencialista, que no es otra cosa que la capacidad y la angustia vital que necesita del calor de las estrellas y de la opacidad de la noche para indagar, no en las preguntas, sino en las respuestas. Quien suscribe, en su día dijo que no entendía la literatura como mero entretenimiento, de ahí, que celebre con gran alegría esta forma de crear y creer en la noche, pues ve, lee y siente la poesía como una forma de pensamiento que va más allá de la mera anécdota, para con ello, trasgredir el límite de lo real y transitar por la frontera de la existencia sin tiempo, pues Enrique Clarós, de una forma muy acertada, nos alude a esa posibilidad de transformación en materia del hombre. Ser humano hecho pensamiento, luz, aroma, recuerdo, caricia. Todo ellos repetidos hasta la extenuación, y hasta el punto, de clamar ante la fugacidad de la noche: ¡que somos libres e infinitos como un verso! La espontaneidad y la trascendencia de un verso; la belleza y la hondura de un poema; la universalidad y el significado último de un poemario. Sí, la poesía como una forma de pensamiento y de eso otro que tan bien expresa su autor en la presentación de este poemario: “Y de esta forma explora las fronteras de lo inerte, del vacío, del no-tiempo, de la no-existencia, y traza un espacio mágico en el que los objetos adquieren vida propia y trascendente”. Esa posibilidad de parapetarnos en el otro lado, ese lugar luminoso y oscuro desde el que poder mirar el mundo, y desde el que ser capaces de detenernos en nuestra propia vida. Ese trágico juego de contrarios que es enfrentar al tiempo con el no-tiempo, lo vivo con lo inerte, o la existencia con el vacío, nos hace creer en esa especie de inmortalidad a la que solo se puede llegar a través de la palabra.

Después de todo, Creo en la noche tiene dos claras acepciones a las que asirse según más nos convenga. Creo en la noche como experiencia de fe mientras estamos sumergidos en el terreno de los sueños; ese donde las ilusiones se hacen realidad aunque nunca se materialicen, pero también, como espacio de vigilia y reflexión, de búsqueda detectivesca de las huellas de la verdad silenciosa; esa que se va apoderando de nuestras vidas sin nosotros saberlo. Y también de memoria, de todos y de todo, como una enciclopedia donde todo cabe, desde el amor hasta la muerte. Sin embargo, Creo en la noche también es una mesa de trabajo donde apoyar nuestras conjeturas, en esta ocasión, plasmadas en forma de versos en lo que poder reencontrarnos con todos aquellos que celebramos haber conocido a lo largo del tiempo: Paul Bowles, J.L. Borge, Gabo, R.M. Rilke, F. Pessoa…, pero también como lugar de encuentro con los más allegados: con ella, con él, contigo, conmigo, y así sucesivamente.
Creo en la noche es un estruendoso compendio estético y existencial de lo que verdaderamente importa; una herramienta perfecta en la que apoyarnos para combatir tanto a nuestros miedos como a nuestros deseos más ocultos. Y qué mejor forma de hacerlo que bajo el designio del silencio de la noche, quizá la mejor metáfora que define los contornos de nuestra existencia.

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