
Suele ocurrir cuando me tomo una cerveza al mediodía, con el estómago vacío, o por la noche, muy de noche. Me adentro en un raro estado de lucidez. No es que me emborrache, entiéndanme, sino que veo las cosas más claras, o como son. Vamos, que me entra una mala leche muy esclarecedora. En otras ocasiones, no crean, me da por reírme, incluso por emocionarme.
A esta especie de éxtasis urbana contribuye en buena medida mi visita esporádica, pero ya demasiado repetida, al SAE, o al INEM (o al paro, para los amigos). Es como un ritual, poco gratificante. La alarma del móvil avisa: “sellar”. El documento de identidad, el papelito que caduca y que hay que cambiar por otro. “Buenos días”, “buenos días”. “Tome, aquí está”. ¿Alguien sabe para qué coño sirve este sitio? Para registrarte, supongo, para que sepan que sigues ahí, que aguantas, quién sabe si algún día te llaman, si alguna vez el servicio emplea. Si todos estamos igual… tú tranquilo.
De camino a la biblioteca (busco algo útil) y con la mosca detrás de la oreja, me cruzo con la vecina que nunca saluda, a no ser que ya no haya más remedio. Creo que no tengo ningún problema con ella, ni con nadie del barrio. Pero ella mantiene la divertida y absurda costumbre (cada vez más extendida, por cierto), que solo interrumpe cuando le hace falta sal o pimienta, o se levanta con el pie derecho. Entonces se convierte en una mujer amable, encantadora. Tranquilo, tranquilo…
Ni siquiera entre libros me libro de la bilis. Dejo un momento los apuntes para buscar palabras Sobre la libertad. Después de la infructuosa búsqueda, me rindo y acudo a pedir auxilio. Cuál es mi sorpresa, o quizá no tanta, cuando el bibliotecario me mira con cara de “la hemos liado” y me solicita un deletreo. No escuchó bien el nombre del autor: J-o-h-n S-t-u-a-r-t M-i-l-l.
Entonces llego a mi casa, enciendo la televisión y… me tomo una cerveza , bien fría.
Antonio Gómez Rivera