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La ciudad de la cultura

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Hay que adaptarse a los nuevos tiempos,  aunque a veces esa adaptación suene a pura resignación. Eso ha debido de pensar Umberto Eco, quien ofrecerá una versión más “ágil” de la novela que le llevó a la fama. Aún no se sabe en qué quedará El nombre de la rosa.
Pretende el autor italiano acercar el libro a los “nuevos lectores”, a las generaciones digitalizadas, acostumbradas a la liviandad internauta, al consumo vertiginoso, al clic sin piedad. ¿Qué chalado se va a tragar ahora, en la era del puré, de lo breve mil veces bueno, este insoportable armatoste encuadernado?
Sospecho que un maratón deja de ser eso, maratón, cuando le restan kilómetros. Reconozco que la novela próximamente pulida es densa. Vaya si lo es. Pero si le mutilamos las reflexiones filosóficas, teológicas e históricas que contiene, ¿sigue mereciendo el mismo nombre?, ¿o su esencia queda transformada, ya no es igual, ni peor ni mejor, sino distinta?

Asegura la editorial Bompiani que la intriga permanecerá intacta. Habrá que ver cómo puede Eco salvar las estimulantes pesquisas del agudo Guillermo de Baskerville, acortando, o eliminando, parte de las brillantes discusiones que se escuchan en la abadía de los Apeninos. Sin embargo, la tristeza, anecdótica e individual al fin y al cabo, que esta reinvención de El nombre de la rosa pueda ocasionar a quienes tanto disfrutaron de la novela, es lo de menos. Lo de más es lo que de sintomático tiene, a mi juicio, el remozado libro que en octubre llegará a las librerías italianas.
Hay algo de claudicación en este asunto. Puede que ciertos pasajes se presten a un ajuste. Quizá las alforjas hayan de pesar menos. Ahora bien, sugerir que la obra, tal como la conocemos, es poco recomendable para el lector digital de hoy, es rendirse a una evidencia que inquieta, por mucho que se intente ignorar. Es afirmar (y la certeza es contagiosa cuando quien habla es un semiólogo, perspicaz estudioso de la cultura contemporánea) que la profundidad narrativa, que la dilatada exposición de una historia y de un argumento, es inasumible en un mundo donde cada vez es más ensalzada, como condición indispensable, la brevedad, la economía de medios. Loable cualidad que en tantas ocasiones, asómense a Internet, se torna en cómoda palabrería exhibicionista.
La falta de tiempo, la velocidad de la vida…
¿Seré un apocalíptico?
Antonio Gómez Rivera

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