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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Archive for Mayo, 2011

En el panorama actual de la mal llamada música independiente (todo es música y sólo se puede diferenciar entre buena y mala música) es muy difícil encontrar grupos que conjugen a la perfección letra y música en sus canciones, pero Eladio y sus Seres Queridos lo hacen a la perfección, hasta tal punto es esto cierto, que en el concierto que ayer ofrecieron en la Sala Charada de Madrid nos quedó muy claro que su directo está infinitamente por encima de la cuidada producción de su disco, lo que les convierte sin ninguna duda en la gran sorpresa de la temporada. Ayer nos dejaron claro que su música está aquí para quedarse, y no sólo eso, sino que este vigués y su grupo, merecen ser escuchados de principio a fin, pues poseen un buen número de grandes canciones (hoy actúan en Málaga junto a Vetusta Morla con el cartel de no hay billetes colgado de las taquillas del Auditorio Municipal, y desde aquí aconsejamos que no se los pierdan, pues son todo un espectáculo. Sí, un espectáculo musical).
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José Maria Eça de Queiroz.
Diccionario de milagros.
Traducción y prólogo de Juan Lázaro.
Rey Lear. Madrid, 2011.

¿Por qué un eminente escritor realista como [Eça de Queiroz] quiso poner en orden la milagrería cristiana atendiendo al tipo de milagro y no a los autores virtuales de esos mismos milagros? ¿Existía detrás de este empeño alguna razón concreta por la cual quisiera dejar anotado que idéntico milagro había tenido diversas autorías en el espacio y en el tiempo?, se pregunta Juan Lázaro en el prólogo a su traducción del Diccionario de milagros que acaba de publicar Rey Lear.

Cuando murió en París en agosto de 1900, José Maria Eça de Queiroz, dejó empezado y muy lejos de concluirlo, este Diccionario de milagros. Aunque sólo había escrito las entradas correspondientes a la letra A y unas pocas de la B, le había vendido los derechos al editor Pereira, que se apresuró a publicarlo aquel mismo año.

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La insatisfacción existencial, esa cualidad humana tan en desuso en la actualidad, impregnó la vida de este argentino que desde muy pequeño sintió como la vida no era una batalla fácil. Undécimo de doce hermanos, debe su nombre a que el hermano que le antecedía murió, lo que le convirtió en el reflejo de lo que debería de haber sido el otro. Un hecho que lejos de beneficiarle, le dejó marcado para siempre, hasta el punto de ser junto a su hermano pequeño el protegido de su madre.

Esa forma de situarse en la vida, le llevó por la senda del existencialismo, donde intentó una y otra vez arrancar un por qué a su existencia y al mundo en el que le tocó vivir. Su biografía no estuvo marcada por el beneplácito o la benevolencia, muy al contrario, en muchas ocasiones le mostró la cara amarga de la desdicha, como cuando murió su hijo. O de la desesperación, cuando cansado de buscar respuestas a sus preguntas a través de la ciencia como medio más determinante para saciar sus ansias de saber, se dio cuenta que allí tampoco estaba aquello que le carcomía por dentro. Desengañado también de los grandes dogmas políticos y éticos del devenir universal que le tocó en suerte, buscó refugio en la literatura, no sólo a través de la novela, sino también del ensayo. Pero su insatisfacción era tan grande, que sus palabras muchas veces no llegaron a salvarse de su profunda búsqueda de algún consuelo que dejara de lastimarle. Gracias a su mujer, se salvaron Sobre Héroes y Tumbas y Abbadón el Exterminador, como designios de un destino que quiso colocarle entre los elegidos de un universo tan ingrato como el de la literatura.

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La relación entre literatura y el cine es muy extensa, y también, sus aciertos y desatinos a la hora de adaptar una novela a la gran pantalla. A nadie se le escapa tampoco, que una película no ha de ser fiel a la novela que adapta hasta convertirla en una fotocopia filmada de la misma, sino que se debe comportar como cualquier otra película, donde se nos relate una buena historia que seduzca, conmueva y deje al espectador con esa incertidumbre necesaria de las experiencias vitales enriquecedoras, a la salida del cine. Sin embargo, nada de todo eso ocurre en la versión que Tran Anh Hung ha filmado de Tokio Blues. En primer lugar, porque se salta de una forma premeditada el intenso e inmeso flashback en el que Murakami nos da una clase magistral de cómo iniciar una novela y cómo dejarnos sin aliento en su primeras páginas, donde se cuenta todo, pero con la necesidad de saber cómo y por qué, y en este caso, el director vietmanita afincado en Francia rompe ese enigma para, según él, dotar al film de una idea frescura y de presente (algo que no logra). En segundo lugar porque la nostalgia poética de los personajes de Murakami, no se encuentra en los personajes de la película por ninguna parte, porque ese ensimismamiento casi enfremizo de la primera juventud, se sustenta en el silencio y en los primeros planos casi enfermizos de los protagonistas (desgraciadamente ausentes de expresividad en muchos momentos), pero no, en la sucesión de imágenes donde a veces el montaje parece desenvolverse de un modo demasiado caprichoso para una película de ámbito internacional. Eso sí, en el haber de Tran Anh Hung cabe poner la belleza plástica de las imágenes rodadas en el sanatorio donde está internada Naoko.
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A finales de 1936 la guerra civil se libra en torno a Madrid. El frente alrededor de  la capital de España se estanca, no habiendo avances ni retrocesos importantes para ninguno de los dos contendientes. El Frente Central, por tanto, está teóricamente tranquilo y se prevén operaciones en otras zonas.
Durante el mes de diciembre de 1936 habían llegado al puerto de Cádiz las primeras tropas italianas mandadas por Mussolini con el fin de desbloquear la situación bélica en favor de los nacionales.
La dirección de la contienda realizada por Franco desata la intranquilidad italiana y alemana, que quieren un fin rápido del conflicto en el que tengan protagonismo sus tropas, sus materiales y sus novedosas tácticas militares.
Se acordó que las tropas italianas actuaran como fuerza independiente bajo el mando de un general italiano que respondiera directamente ante Franco, con la misión de realizar una acción decisiva que contribuyera a que la guerra se decidiera, gracias a las tropas italianas, del lado de los sublevados.
Tras barajar varias opciones, la acción que se decidió acometer por parte del gobierno de Mussolini fue la toma de la ciudad de Málaga, con el fin de proporcionar un puerto de mar próximo a Italia. (1)
El mes de febrero de 1937 se inicia con el preludio de dos campañas militares muy notables en el devenir posterior del conflicto; la toma de Málaga por los nacionales y la batalla del Jarama en Madrid.
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