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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Archive for Marzo, 2011

Los miles de kilómetros recorridos en el año 2010 presentando su anterior Fracciones de un Segundo, en locales grandes y pequeños, fiestas de ciudades y de pueblos y demás festivales indies y no tanto, enseguida nos damos cuenta que han dado mucho de sí nada más acabar la primera audición de este gran disco titulado Demasiado Soñadores. Lo que no sabíamos era que en ese trajín de ida vuelta a su natal Murcia, se estaba gestando el disco en momentos, brillantes momentos podíamos añadir, en los que no han faltado noches sin dormir y reinicios mil hasta dar con la nota y la letra adecuada. Un esfuerzo que ha tenido reflejo en lo que sin más ambages podemos decir que es el reflejo de un disco de plena madurez de un grupo, y que en esta ocasión, el grupo se llama Second y el disco Demasiado Soñadores (quizá hubiese queda mejor in título como La senda de los Soñadores) porque en ese camino de sueños y anhelos que se han trazado, al fin han logrado ver la luz más brillante.

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El crepúsculo dorado (2)

[31 Marzo 2011]

Cuando dejé a Vargas la ciudad del cauce bullía de vida. Decenas de personas, hombres en su mayoría, charlaban reunidos en pequeños grupos frente a las puertas de aquellos fríos y míseros hogares de aspecto extrañamente acogedor. En las caras de todos ellos se adivinaban la resignación, la duda, el miedo incluso, pero en ninguno percibí  tristeza. Es curioso como la percepción cambia las cosas. Con gusto les hubiera regalado parte de esa tristeza que a mí me sobraba aunque supongo que eso hubiera sido cruel por mi parte. Ya tenían suficiente con lo suyo. Muchos de aquellos individuos me saludaron conscientes de con quien había estado hablando, ahí abajo Vargas era un hombre respetado y las noticias volaban. Además, tampoco era la primera vez que se me veía por allí. Me detuve a charlar con tres de los hombres de Vargas, viejos conocidos de la guerra. Las guerras son odiosas, eso no lo discuto, tanto que su mero recuerdo produce nauseas, pero si uno sabe sacarle partido una guerra es el lugar idóneo para conocer gente y hacer amigos. La extraña camaradería que surge entre veteranos es distinta a todas las demás, creo que es cosa de la ira, la vergüenza y las pesadillas que le reconcomen a uno tras la guerra; necesitas compartir toda esa basura de la que no te puedes librar con alguien que te entienda y que no te mire como si fueras un monstruo o un bicho raro. Con alguien que no sienta lástima, repulsión u odio por ti. Esas cosas, lo que uno sufre y hace en el frente, generan y alimentan unos vínculos difíciles de romper. Casi eternos. Unos vínculos peligrosos en depende qué casos. El respeto de aquellos tres hombres hacia Vargas venía de la guerra, lo mismo que su trato para conmigo. Lié cuatro cigarros que nos fumamos envueltos en un silencio salpicado de breves conversaciones hasta que un individuo se acercó a nosotros notablemente excitado. La llegada del mensajero vino precedida por una creciente inquietud que se extendió por el cauce y muchos de los hombres que hasta ese momento habían disfrutado del frescor de la noche se escabulleron rápida y silenciosamente, como topos regresando a sus madrigueras ante la presencia de un depredador. El recién llegado nos comunicó que un par de hombres, seguramente miembros de la Brigada de Información Social, avanzaban por el cauce con intenciones nada buenas. Como ya he dicho ahí abajo las noticias vuelan y desde el mismo momento en que los dos policías pusieron un pie en el río la alarma se extendió entre los chabolistas. No es probable que vinieran a por mí pero nunca se sabe, así que di media vuelta dirigiéndome hacia el Puente del Real para volver a la ciudad que mejor conocía, la de arriba.

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Detrás del color violeta de sus ojos, se escondía una mujer cargada de una feminidad exhuberante y un temperamento explosivo, que le sirvieron para erigirse en una estrella del cine en la época dorada de los cincuenta, donde Hollywood era una fantástica fábrica de sueños. Pero su impronta de diva también le llevó a acaparar portadas en las revistas y diarios de la época por sus hazañas más allá de los platos de cine, sobre todo, cuando su vida se cruzó con la de Richard Burton, una encuentro que entre otras muchas consideraciones dejó para la posteridad esa gran obra maestra que fue y es ¿Quién teme a Virginia Woolf? interpretación por la que recibió un Oscar, y en la que ella como nadie, supo dar vida a la mujer que concibió el dramaturgo Edward Albee en su obra de teatro homónina.

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Como muy bien nos dice Vila-Matas en la brillante presentación de esta recopilación de cuentos, Si te comes un limón sin hacer muecas es un libro infinito, porque tras la brevedad de cada una de las historias, se encierran un sinfín de relecturas tan posibles como convexas, que poseen la asombrosa virtud de la diferencia sobrecogedora, encontrándose ahí gran parte de la grandeza de este libro y del buen hacer literario de Pàmies, que como un buen maestro del arte de la escritura, reconoce que lo más importante del oficio de escritor está en corregir, lo que le lleva a quedarse con lo esencial. Lo que no es baladí, porque lo podemos constatar en cada uno de los relatos de Si te comes…, donde nada sobra ni nada falta. Estando en la brevedad del concepto una buena parte de la genialidad de los veinte cuentos mínimos que contiene este libro, y que lejos de mermarles el valor o el interés, se lo acrecentan.

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Juan Marsé.
Caligrafía de los sueños.
Lumen. Barcelona, 2011.

Así es como imaginamos al ángel de la historia. Vuelto hacia el pasado. Donde vemos una cadena de acontecimientos, él ve una única catástrofe que no hace más que amontonar escombros ante sus pies. El ángel desearía quedarse, despertar a los muertos y recomponer lo que se ha venido abajo.

Con esa cita memorable de Walter Benjamin sobre el ángel de la historia, un texto escrito a propósito del inquietante cuadro de Paul Klee, encabeza Juan Marsé su última novela, Caligrafía de los sueños, que publica Lumen.

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