Veintidós de diciembre, tres de la mañana. Cruzaba con mi padre el Puente de Triana, en Sevilla, cuando vi en una de sus barandas un candado inscrito con el nombre de una pareja y una fecha. Vane y Mario. Septiembre 2009. Me acerqué. El objeto en cuestión estaba cerrado a cal y canto.
El asunto respiraba un tufillo carcelario, un no sé qué, una cursilería que habría quedado en óxido y mal gusto de no ser porque, a medida que avanzaba, comencé a notar que Vane y Mario se convirtió en Pilar y Curro; Paco y Mary; Concha y Chema. Se trataba de un brote de amor… o celopatía. Los nombres estaban escritos, algunos, con rotuladores. Otros se habían tomado el trabajo –y la alevosía- de grabarlos.






