4.48 es la hora en la que los fármacos que se toman el día anterior para aliviar el infierno de la depresión dejan de hacer efecto, y por tanto, el momento de la noche en la que más suicidios se producen. De una forma tan directa como desgarradora, Sarah Kane dejó escrito su último testamento vital (en forma de obra de teatro), pocos días antes de que decidiera quitarse la vida. Lo que la convierte, en este sentido, en una seguidora del tormento creativo al que también estuvo sometida Sylvia Plath, que al igual que ella, acabó suicidándose cuando apenas contaba 31 años (Sarah no llegó a los 29), un proceso destructivo que Plath dejó plasmado en su famosa novela La Campana de Cristal y que también vio la luz después de su muerte.
Lo primero que hay que decir, es que por muchas circunstancias, 4.48 Psicosis es un texto difícil, al que la inteligencia de Sarah Kane dota de frases cortas y a veces entrecortadas, que muestran a la perfección la división entre la razón y la locura:
El montaje que ayer pudimos ver en la Sala Francisco de Rojas del Círculo de Bellas Artes es la versión que Teatro en Tránsito ha llevado a los escenarios bajo la dirección de Carlos Aladro y la interpretación de una sublime Beatriz Argüello. Este monólogo de apenas 70 minutos, ha sido estructurado en la impactante visión de seis vómitos a los que le siguen siempre la misma frase: una rendija de luz… y al que Beatriz Argüello proporciona el aliento y el talento de las grandes interpretaciones (ya resulta difícil pensar en un montaje de esta obra sin ella al frente). La desnudez de la escenografía, a la que en por momentos acompaña el efecto sonoro de la ópera lírica de Muse o la amable acústica de las canciones de baile de Cher, juega a la perfección con el texto, sobre todo, cuando en los diálogos que consigo misma mantiene Beatriz, el efecto de una doble sombra se posa en el gran rollo de tela que hace las veces de alfombra blanca donde Sara Kane vomita su testamento vital; y sobre el que se alza cual trono divino y terrenal una sencilla escalera de tres peldaños, un lugar elevado lo suficientemente del suelo, como para expresar todo un universo de sentimientos alejados de lo terrenal.
Beatriz Argüello, que da soporte a estos 70 minutos de tortura, sencillamente está perfecta y colosal, manteniendo en todo momento el pulso interpretativo del texto, al que proporciona una gran variedad de registros tanto en los diálogos que mantiene consigo misma como en las batallas internas que libra el personaje que interpreta, por no hablar de su capacidad expresiva con esos vómitos y esas manos que incansablemente buscan sus largas piernas para arañarlas constantemente. Un gran ejemplo de madurez actoral y de fuerza física que mantiene a la obra en pie hasta el final, por lo que no es de extrañar, que el buen número de actores y directores de la escena española que estuvieron ayer presentes en la sala, no dejaran de aplaudir y gritar ¡bravo! al final de una interpretación, sencillamente sublime.




