Habitación ordenada de ciudad grande de provincias, envuelta en el cálido noviembre estudiantil. Afuera el frío, el tráfago alcoholizado y eufórico, y dentro la intimidad de la cama, las fotografías disueltas entre el horror al vacío y un desorden casual. Paisaje alpino en las imágenes y su media sonrisa, velada, torcida hacia el espectador, difuminada en el maremagno del marco. El cuarto de ella, sí, tenía un silencio de gemidos pasados, una calidez de moderación y un aura a bienestar que atestiguaban los perfumes caros de París, los apuntes de Constitucional y la vela aromática de sándalo o melón que se consumía cuando en la calle, en la avenida principal de la urbe, las churrerías vomitaban su fruto calórico.
Ahora él osaría a levantarse con el baile mínimo de la desnudez, con la garganta rebosante de alcohol y noche y lanas mugrientas; y quizá la dueña de la habitación, ajena a todo, se estaría deslizando suavemente por unas laderas suizas o austriacas, da lo mismo, mientras él, fumando, se incorpora del lecho y curiosea los cajones. Es un invitado casual de otro universo, que apura el cigarro y los segundos; pronto el despertador sonará, el frío del interior espabilará su conciencia y el paraíso de bienestar donde pasó la noche, aquella noche inolvidable de noviembre, quedará agazapado en los rincones más imprecisos de su memoria. Partirá de retorno al nivel del mar, o devorará la meseta castellana, quién sabe, pero en la memoria olfativa retendrá aquella ordenada sucesión de instantes irrepetibles: la suavidad sosegada de un mundo inalcanzable.
Había dormido en aquel piso lujoso, en la ciudad universitaria, aún resonaba el eco simple de la tuna en el botellón de la noche anterior y él, buscándola, devoraba bares, discotecas, despachos de bebidas, a la vez que la luz de otoño, en la villa nazarí y universitaria, iba huyendo hacia la llanura interminable de la vega. La buscaba sí, queriéndola como un imposible o justificando su presencia, años después de licenciarse, en aquellas buhardillas de estudiantes, lujosas, que siempre le fueron vedadas. Que la noche hubiera yacido en la habitación de una de sus mejores amigas le reafirmaba en que el tiempo lo había trasformado en otro ser; aun siendo un elemento extraño y ajeno, dejaba de ser molesto o inoportuno a aquel cosmos de pequeñas duquesas de entre 24 y 30 años donde buscaba su trozo de dicha o su lugar en el mundo.
“Has dormido a pierna suelta”, dijo María, queriendo no importunar el descanso de él; antes de penetrar en el cuarto que quedaba libre en su piso de estudiantes le había dado una llamada perdida a su móvil, como con respeto y temor de no violentarlo en la ruptura del sueño. En la habitación del fondo dormían Fernando y David, mientras que a él le habían cedido el cuarto rey, la estancia soleada del piso, donde había reposado su exceso alcohólico de la noche. Más tarde desayunaron en la recoleta plaza, entre las frondosas acacias y el monumento a la heroína bordadora, detrás de los grandes almacenes que principiaban ya su campaña navideña. Pidió un café muy cargado, doble, y una tostada rebosante de manteca, y María, su amiga, su confidente, un té sin azúcar que era consumido sin ganas, queriendo prolongar una conversación destinada, presumiblemente, a extinguirse.
“Ayer bueno estabas. No dejabas de preguntarme por Carlota. Qué te pasó. Olvídate de esa niña, termina tus oposiciones. Eres mi amigo y no quiero que se te vaya la cabeza en gilipolleces”. María le atacaba con precaución mientras él devoraba con fruición la tostada, apuraba el café y pensaba en el cercano aperitivo. “Mira María, no sé. Me gusta mucho pensar en ella, buscarla, imaginar que soy alguien, no la bazofia que conoces, y que puedo hablarle de tú a tú, ponerme a su altura. Yo qué se tía, ser alguien. Creo que te estoy rallando, pero dime, estas paranoias de los tíos os ponen ¿verdad?”.
María le miró con una calculada indiferencia, abrió instintivamente el bolso y quiso pagar el desayuno. Él se lo impidió, introduciendo las manos en las oquedades de su chupa y sacando la cartera, agitada sobremanera en la madrugada previa. Después pasearía, en la mañana de sábado, por los callejones empinados y las más amplias avenidas de bancos y delegaciones oficiales. Quizá pararían en algún mirador, elevado en aquel barrio patrimonio de la Humanidad, y contemplarían, sin demasiada dulzura, el sol del mediodía sobre la sierra inmaculada y blanca y la luz bermeja sobre la construcción islámica. “Esto mola más con nieve”, recordó María cuando él fumaba, absorto en su rotonda mental, imaginando versos y libros, y rememorando el rostro de la joven estudiante de doctorado francesa, parisina, que cenó con él en su última conferencia en la que, pese a todo, quiso parecer normal, olvidó la repelencia, y bebió con ella rememorando un París apócrifo que se correspondía milimétricamente con el real.
Ahora esas escenas parisinas le doraban sus ojillos, antaño resultones, y ese efecto era incrementado por el porro bien cargado que le había pasado María. En el mirador rasgaba un flamenco apócrifo, interpretado por chicas con rastras y estética ocupa que emulaban a Camarón o a Dylan por un puñado de monedas con los que eternizar su estética de perros y flautas. Sobre el mirador, aún, los dos permanecían sentados, con las piernas colgadas sobre el vacío y envueltos en el dialogante silencio que se establece entre dos personas ante la contemplación de un paisaje. Él rememorando un París, sin aguacero, y la suavidad de Jeanne, apellidada Vázquez, tercera generación del exilio, y su perfección en el busto y en los labios; y María conjeturando un diagnóstico certero sobre aquellas ausencias de su amigo.
Jesús Nieto Jurado





