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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Desde que me enteré que Siruela publicaría Sombrero y Mississippi (2010), me preparé como quien lo hace para entrevistar o combatir. Leí Las aventuras de Tom Sawyer y las de Huckleberry Finn. Necesitaba conocer el cauce de un río al que jamás me asomé de pequeña. También releí a Beckett y, por supuesto, a Ray Loriga, el escritor de cejas furiosas y brazos tatuados. Volví a él de a poco, entre marzo, abril y varias cajetillas de Marlboro.
Las primeras cien páginas de Sombrero y Mississippi comencé a leerlas con una cerveza y medio paquete de tabaco frente al pabellón Carmen Martín Gaite, a los cinco minutos de comprarlo, en la Feria del Libro de Madrid. Las otras cuarenta y tantas las devoré en el 26, esa misma tarde, de vuelta a casa. Esa semana lo leí de nuevo, en el metro, entonces con un lápiz de Ikea. Desde entonces, el ejemplar reposa en la estantería. Cinco postips amarillos sobresalen de sus páginas como apagadas lenguas de serpiente.

De vez en cuando, cuando paso hacia la habitación, cojo el ejemplar y lo abro al azar. Consigo una frase diáfana. Un balazo redondo, sincero .Hoy he vuelto a coger el libro, esta vez sin abrirlo, y he salido a la calle con él. En Sombrero y Mississipi. Impresiones sobre el oficio de la impresión, el escritor de las cejas furiosas sigue confundiéndome con ensayos a veces elásticos, otras demasiado rígidos.
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Sombrero y Mississippi es un volumen fantástico, tan irregular como acicalado. Un libro de artefactos literarios diseñados por un sujeto que debe pasarse la mayoría del tiempo fumando, frunciendo el entrecejo y pensando en literatura, de lo contrario, ¿en qué otro lugar del mundo que no sea el limbo puede pensarse en la idea de cruzar la distancia que separa el Mississipi (de Mark Twain) del sombrero (de Samuel Beckett)?
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“Frente al río Mississippi un escritor escribe que lo es. Piensa, quien escribe, que Twain creció por aquí e imaginó este mismo río antes. ¿Qué hacer con un río prestado? ¿Robado?”. Hace pausa el autor de El hombre que inventó Manhattan y continúa: “Pero escribir es precisamente decir todo esto, repetir lo que se ha escuchado sin saber exactamente su función, hasta que se le encuentra un lugar, un acomodo, puede que un sentido. Se va formando un escritor entre la charca de lo leído y, como el juego que no merece ni pide más gloria que la que imagina, el escritor, de pronto, piensa que escribe”.
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No hay almíbar gratuito en la barca del madrileño. En Sombrero y Mississippi, Loriga separa aguas, disuelve mareas y en lugar de proclamar la libertad, clama por los méritos para ejercerla.

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