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La ciudad de la cultura

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Triunfó el fútbol. Triunfó España. Es el inicio de una nueva novela, una ópera, un cuadro, una película.

Pero ha pasado el tiempo, ganamos una Eurocopa futbolera y el país despertó de un letargo donde dormitaba bajo la normalidad burocrática y trágica de un europeismo de salones enmarmolados. Zapatero obviaba la realidad de su servicio político, “España es un concepto discutido y discutible”, y aquí la famélica legión de los banqueros nos llevaba por la calle mayor de la amargura, con su España en la boca y Suiza, esa Suiza cojonera, en el bolsillo. El fútbol es vital en tiempos de zozobra. Quizá haya dejado de ser un opiáceo, una supraestructura en la nomenclatura del marxismo barbado, para convertirse en un consolador o ansiolítico de multitudes. Los estadios son los parlamentos populares, aunque se vocee una intrasdencencia semanal y apasionada que en nada repercute en la Carrera de San Jerónimo. El fútbol, verdaderamente, conforma un ADN sentimental innegable y, pase lo que pase, se ha demostrado una realidad sociológica impepinable: en este bendito país hay ganas de sacar el trapo rojigualdo; hay una apetencia popular y elitista, intelectual y palurda, en colgar de un mástil un orgullo perdido a golpe de cutrez nacionalista. El Mundial es el detonante para mostrar un orgullo que no hay que entender como manifestación del conservadurismo, sino como vocación general de un pueblo callado, unamuniano, que en ocasiones, cada dos años y calentándose junio, se vuelca en las plazas mayores de Castilla y Aragón, del Sur y del Norte, para reivindicarse en su condición de ciudadano perteneciente a una comunidad vetusta, episódicamente gloriosa: España. (Banderita tú eres roja. Málaga Hoy. Jesús Nieto)

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